La
Jornada de México - 31 de diciembre
de 2004
Entrevista / Susan Sontag escritora
estadounidense
La palabra
puede ser caricia,
pero
debe decir la verdad
En México todo es desorbitado;
hay amor por el gigantismo
En el medio universitario mexicano
-dijo Sontag-, entre los jóvenes con quienes he estado, las mujeres
me parecen más sensibles, más curiosas, más dispuestas
a cuestionarlo todo, a interrogarse a sí mismas, a plantearse problemas.
No es cierto que sean pasivas
Elena
Poniatowska/II y última
Susan Sontag, premio Príncipe
de Asturias en 2003 y la voz crítica más contundente de Estados
Unidos, la que se opuso con vehemencia al "programa imperial" de George
W. Bush, la que denunció la atrocidad de las guerras, la de Vietnam,
la de Kosovo, la de Irak, murió el martes 28 de diciembre a los
71 años de leucemia en el hospital Memorial Sloan Kettering Cancer
Center, donde la atendían desde 1975, cuando le diagnosticaron cáncer
de mama.
Filósofa, hizo ensayos notables
sobre la fotografía, la enfermedad como metáfora, el sida,
el kitch, el dolor, la tortura, pero lo que ahora más impresiona
es su crítica a la política estadunidense al lado de intelectuales
de la talla de Noam Chomsky, Norman Mailer y Gore Vidal.
En 1993 tomó parte importante
en la fundación del Parlamento Internacional de Escritores, creado
en Estrasburgo para luchar por la libertad de expresión y proteger
a los autores perseguidos y ese mismo año viajó a Sarajevo,
donde montó Esperando a Godot, en medio de las balas.
El 17 de agosto de 1993 la estrenó
en Sarajevo y el alcalde la nombró "ciudadana de honor".
Sontag vio venir el fascismo en Estados
Unidos y lo denunció. Por su postura política y por su literatura,
en 1999, Francia le dio la Legión de Honor, en grado de comendador
de la Orden de las Artes y las Letras.
Voy a hacer la película
sobre México que Eisenstein no hizo
En 1974 le hice otra entrevista en
la ciudad de México. Susan en esos años hablaba más
de cine que de literatura. "What are you doing now?" -era su primera pregunta.
La última vez que la vi fue en el coloquio que dirigió Carlos
Fuentes en el Festival del Centro Histórico al lado de José
Saramago, Juan Goytisolo, Edna O'Brien y sobre todo J. M. Coetzee, cuya
espiritualidad saltaba a la vista, pero entonces ya no la entrevisté.
-¿Sabes?, ya voy a hacer la
película sobre México que Eisenstein no hizo. Eisenstein
sólo tocó una de las culturas. Yo pretendo abarcar las tres
culturas.
-¿Has ido a la Plaza de las
Tres Culturas, la de Tlatelolco?
-Sí. Me fascina tu país;
su contradicción, el hecho de que la arquitectura esté concebida
para hombres que tienen una altura de dos metros cuando los mexicanos son
más bien pequeños.
-La que tiene dos metros de alto
eres tú, Susan.
-Sí, aquí nada está
hecho a escala del hombre. Todo es desorbitado; hay un amor del gigantismo
que a mí me deja con la boca abierta. ¡Qué museo el
de Antropología; es como para un cíclope! De hecho, desde
que desciendo del avión empiezo a abrir la boca; todo me parece
in-cre-í-ble, lo que dice la gente es in-cre-í-ble, verla
moverse, ver su ropa, todo me asombra. Vivo en un perpetuo estado de asombro,
siempre estoy interrogándome, siempre estoy dispuesta a aprender
algo nuevo.
-Susan, tú eres escritora,
¿qué diablos estás haciendo metiéndote en el
cine?
-Pero sigo escribiendo; tengo cuatro
libros listos para su publicación; trabajo ahora mismo en cuatro
libros. ¿Tú sabes lo que es eso? (se ríe) Tengo un
libro de relatos que ya está terminado, un libro de ensayos, una
novela, mi tercera novela, ¿recuerdas las dos primeras: El bienhechor
y Estuche de muerte?, y un pequeño libro sobre la idea
de la Revolución Cultural. El año pasado estuve varios meses
en China y me fascinó lo que vi. ¡No sabes cómo me
impresionó! Todo el mundo tiene su lugar en la comunidad. En vez
de la lavadora, la licuadora y todos estos utensilios irracionales de la
sociedad de consumo, los viejos son los que hacen las compras, guisan la
comida en forma comunitaria, cuidan a los niños. Ninguno se va al
asilo para ancianos, ninguno se vuelve loco o neurótico porque ya
no sirve para nada; todos son necesarios y conservan su dignidad y no se
hacen esos ridículos estudios sobre geriatría. A los 55 años
los chinos se retiran, pero sirven en otros campos: niños, cocina,
lavado; se sienten útiles, nadie los rechaza. Quince por ciento
de la población está en los centros urbanos, es decir, es
gente de ciudad, y 85 por ciento es gente del campo. Sí, sí
es cierto que todos los chinos se parecen, que hombres y mujeres se visten
igual, pero a mí esto me gustó; me gustó que las mujeres
me miraran derecho a los ojos, me gustó su actitud responsable.
Además, las mujeres siguen teniendo hijos a pesar del uniforme.
Así es que, como verás, sigo escribiendo.
-Pero, ¿y el cine?
-En 1969 y en 1971 filmé en
Suecia Dúo para caníbales y Hermano Carl.
-¿Por qué en Suecia?
-Porque allá encontré
productor. Son dos películas de ficción con actores, etcétera.
Terres promises (Tierras prometidas), sobre la guerra de
Israel, la filmé en 1974. Judía yo misma, filmé a
las tropas israelíes en los campos de batalla y en los Altos del
Golán y aunque la palabra documental no me gusta, podría
considerarse así dentro de su género, puesto que se trata
de un testimonio sobre la guerra de Israel.
En el Centro Universitario de Estudios
Cinematográficos, Sontag mostró su película sobre
Israel. Acompañada de su hijo David Rieff y por su productora, Nicole
Stéphane, dulce como un campo de trigo, Susan dio una pequeña
charla sobre Tierras prometidas, siempre con su boquilla entre los
labios. "No -respondió Susan Sontag-, no soy sionista, sino simpatizante
de Israel". Algún joven le hizo ver que la película era parcial,
unilateral, y David Rieff, asistente de director y de fotografía,
aclaró que había costado 80 mil dólares, lo que Nicole
Stéphane corrigió diciendo que sólo habían
sido 30 mil reunidos en el mismo Israel. A propósito de la guerra
de Vietnam, Sontag aseveró: "Estaba en su derecho: el agresor era
Estados Unidos.
En el caso de Israel se trata de
dos derechos que se confrontan: el de los palestinos y el de los israelíes
y ambos tienen razón".
Años más tarde, Susan
habría de condenar la ocupación de tierras palestinas por
los israelíes, como habría de tener una postura disidente
frente al atentado en contra de las torres gemelas
en Nueva York el 11 de septiembre
de 2001, que hizo que muchos estadunidenses la consideraran antipatriota.
Cuatro libros a la vez
-¿Y cómo puedes trabajar
en cuatro libros a la vez?
-Así ha sido siempre: tengo
varias cosas sobre mi mesa de trabajo.
-¿Y qué te hace creer,
Susan, que tú podrías hacer la gran película sobre
México?
-En primer lugar, porque no es un
país que desconozco; viví los 13 primeros años de
mi vida en Tucson, Arizona, en el territorio suroeste robado a los mexicanos,
e hice muchos, pero muchísimos viajes a la frontera. Conozco bien
el norte de México y esta relación data de mi infancia y
todo lo que proviene de la infancia se vuelve siempre íntimo y entrañable;
por esto, siento que tengo una relación íntima con México.
Además, me llama poderosamente la atención no sólo
la cultura precortesiana y la de la Colonia, sino esta cultura moderna
importada y en cierto modo impuesta por los estadunidenses. Todo me fascina:
el sadomasoquismo mexicano, la atracción por todo lo que es mórbido,
este laboratorio de las tres culturas. Lo que no soporto es la falta de
curiosidad; el hecho de que nada se te mueva por dentro. Oye (se ríe),
¿viste mis canas? Hace dos años no las tenía.
-Susan, ¿por qué eres
feminista? ¿Qué es lo que te impulsa a ello?
-Mira, Elena, incluso aquí
en México, en el medio universitario, entre los jóvenes con
quienes he estado, las mujeres me parecen más sensibles, más
curiosas, más dispuestas a cuestionarlo todo, a interrogarse a sí
mismas, a plantearse problemas. No es cierto que las mujeres sean pasivas
y menos inteligentes que los hombres. Lo son tanto o más. Lo que
sucede es que sólo ahora se están atreviendo a levantar la
voz, a hacerse oír. Si tú te encuentras entre un grupo de
mujeres, fíjate bien, verás qué bien hablan, con qué
lucidez plantean sus problemas; me refiero a mujeres solas. Si llegan los
hombres, entonces, por toda una serie de resortes ancestrales, se callarán,
se harán a un lado, volverán a la sordina anterior, a resguardarse
a la sombra del hombre. Por eso creo que es muy importante que las mujeres
sean agresivas. ¿Por qué no habrían de serlo? Los
hombres sí son agresivos.
-¿Y el exhibicionismo? ¿Qué
piensas de él? ¿No te parece a veces que el feminismo lleva
a un exhibicionismo desorbitado,
a desplegar toda una serie de facetas
que antes se escondían? ¿Por qué de pronto las mujeres
se complacen en contar lacras o en mostrar como en un quirófano
su vida sexual?
Un aborto no es una lacra
-Un aborto no es una lacra, Elena.
Yo no cuento lo que me ha sucedido; mi vida, mi casamiento con Peter Rieff,
con quien escribí Freud, la mente y el moralista, mi separación
siendo aún muy joven y después mi divorcio, el nacimiento
de mi hijo, David Rieff; mis dos abortos, uno horrible en condiciones atroces,
otro en un hospital sólo para exhibirme; lo cuento porque trato
de ver por medio de estos acontecimientos, trato de ver lo que soy, lo
que voy a ser. Soy muy ambiciosa: quiero ser una gran escritora, por esto
observo tanto; quiero ser también una gran cineasta. Escribir y
filmar, además del feminismo, son mis intereses. No quiero esconder
mis ideas, quiero decirlas porque al hablarlas se clarifican, incluso para
mí; nada de falso pudor.
-Entonces, ¿no crees en el
misterio?
Sonríe y se ríe como
si le explicara a una niña algo que difícilmente pudiera
comprender, y me da una palmadita en un hombro.
-¡Mira qué bonita está
tu blusa, te ves muy bien! Claro que creo en el misterio, creo que la palabra
no es sólo un borbotón de sonidos que salen de una boca,
creo que la comunicación no es únicamente una avalancha de
discursos y de peroratas. Creo que la palabra puede ser caricia (se ríe),
pero la palabra de verdad, tiene que decir la verdad.
-¿Y el silencio no es también
la verdad?
-Ay, Elena, ¿cuándo
vas a París? Ahora me tengo que ir a Cuernavaca, a ver a Ivan Illich;
es mi gran amigo, lo quiero porque me enseña cosas que siempre resultan
verdaderas. ¿No lo conoces? ¿Nunca has ido?
Susan Sontag se despide con la desenvoltura,
la seguridad que caracteriza todos sus actos; no hay en ella nada cohibido,
no hace el menor movimiento en falso:
pertenece a la raza de los conquistadores, los que usan la mente para llegar
a donde se lo proponen.
Ahora que ha muerto Susan nos va
a hacer mucha falta, mucha más falta que antes aunque podemos leerla
y leerla mejor que antes. Ojalá y la fotógrafa Annie Leibowitz,
que compartió sus últimos años, comparta también
las múltiples fotografías que debe de haber tomado de ella.
Hasta el último momento debió ser hermosa porque antes que
nada era hermosa por dentro. La inteligencia es la joya más perdurable,
la más dura, la más cortante y, en el caso de Susan Sontag,
fue la más alta en su corona.