La
Jornada Semanal de México - 20 de
marzo de 2005
Maneras
de recordar a Susan Sontag
Ricardo
Bada
Tuvimos en Colonia hasta el 9 de enero, en el Museo Ludwig, una exposición
de sesenta cuadros de Edward Hopper que me ha dejado boquiabierto: ¿cómo
es posible llegar a ser un tan gran artista sin pintar otra cosa que lo
que veía? Pero la reflexión inmediata no era otra sino ésta:
¿De qué otro modo pintaron Velázquez, Goya, Rembrandt,
Vermeer, Durero, Renoir?
El hecho de sobrevivir en Colonia y que
la exposición Hopper fuese aquí, y que vinieran tantos amigos
desde tantos lugares tan distintos y tan sólo para verla, se tradujo
en que nolens volens también yo la gozase. Con harta suerte,
porque la verdad es que acudí allí acompañando a una
amiga argentina, tan sólo para dejarla en la cola, pero al darme
cuenta de que excepcionalmente no había cola (¡eso es lo que
llamo harta suerte!), entré con ella al sancta sanctorum.
Y fue bueno que así fuese porque
me llamó la atención un hecho que nunca había percibido
a pesar de conocer bien la obra de Hopper, aunque sólo en reproducciones.
Recién acá, en el Museo Ludwig, enfrentado a los originales,
fue donde me saltó a la vista. En toda la obra de Hopper hay un
único varón que está leyendo, y lo hace por motivos
profesionales, pues se trata de un contable, en una oficina. A cambio son
muchas las mujeres que aparecen leyendo en sus cuadros, y todas, todas,
todas, sin excepción, lo hacen por gusto, por placer, porque les
da la real y republicana gana de hacerlo. Y en el momento de descubrirlo
(puede que se trate de un mediterráneo, de la pólvora, puede
que lo hayan descubierto antes que yo muchos críticos y analistas
de la obra de Hopper, pero no me importa, porque yo lo hice por mis propios
medios visuales y sin tener ninguna infraestructura informativa al respecto),
en ese momento, les digo, se lo crean o no, pensé en Susan Sontag:
"Seguro que ella ya lo descubrió." No podía saber que estaba
muriéndose, y de hecho murió pocos días después
de que yo hiciera esa observación.
Una sola vez en mi vida vi a Susan Sontag,
y fue cuando la presentación de la traducción al español
de su novela En América, que congruentemente se llevó
a cabo en la Casa de América, en Madrid. Si la memoria no me falla,
en abril o mayo de 2003. Y aquella presentación se hizo en forma
de un diálogo que mantuvo con José Luis Cebrián, académico
de la Española y primer director que fue del diario El País.
Y lo que recuerdo de aquella paupérrrima performance, que
era como si un peso pesado se batiese (con una mano atada a la espalda)
contra un peso mosca, es que en un momento determinado el peso pesado interrumpió
lo que estaba contando y le preguntó a su interlocutor que cuándo
fue que las mujeres habían conseguido el derecho al voto en España.
A lo que el señor Cebrián contestó que después
de la muerte de Franco. Y lo peor del caso es que sólo fuimos tres
o cuatro las personas que protestamos diciendo en voz alta: "No, no, no,
en 1931, con la República." Pero como siempre sucede en estos eventos
oficiales, a menos que quieras armar un escándalo, nuestras voces
pasaron desapercibidas.
Desde ese día tuve la convicción
de que Susan Sontag vivía con un montón de ideas inexactas
acerca de la historia de España, y –por extensión– no sólo
de ella. Pero el patriarca de las letras chicanas, el gran narrador Rolando
Hinojosa, a quien se lo conté cuando ella murió, me replica
por e-mail desde Austin/Texas que no, y me arguye por qué:
Lo de Cebrián
me hizo recordar lo que escribió Nicolás de Cusa en su trabajo
On Learned Ignorance, es decir, Ignorancia aprendida. Cita,
entre otros (Pitágoras, Sócrates, Salomón), a Aristóteles,
que nos dice que debemos saber que somos ignorantes. También cabe
decir que aunque ella no haya dicho nada, también puede ser que
haya oído las tres protestas. ¿Por qué? Porque eran
una minoría y ella era una campeona de los que no sólo no
tienen voz, sino que tampoco tienen público. Lo más lógico
era que ella ya sabía la respuesta y que cuando Cebrián metió
la pata, pensó: "Si se debate con un ignorante, mejor es no meneallo."
Para mí que no hizo la pregunta porque no sabía. Era una
oportunidad de abrir más el diálogo. Cuando Cebrián
lo cerró, y la mayoría, ella hizo lo que hace cualquier huésped
invitado. No se puede decir que no habló por cobardía, y
el que lo piense es que no la conocía a fondo. Cuando este país
metía la pata, fuera quien fuera, ella era una de las primeras voces,
y muchas veces la primera y –desgraciadamente– la única hasta que
otros veían cómo iba la corriente y se trepaban al tren.
Me
parece que Rolando tiene razón y que es más gentil recordarla
así, por su coraje y su valor personales, por sus méritos
incuestionables. Sobre todo porque la veo como alguien que leía
por gusto, por placer, en un Hopper. Por cierto, también la veo
como protagonista de uno de los relatos menos conocidos de Julio Cortázar,
Fantomas contra los vampiros multinacionales, publicado en México
en 1975: es un relato que incluye varias ilustraciones tipo cómic,
y en una de ellas se ve a Susan Sontag en una clínica de Los Ángeles,
con las dos piernas escayoladas, hablando al teléfono con el narrador
(en el que reconocemos al propio padre de los cronopios), a quien una vez
increpa como "dromedario argentino" y otra como "gaucho insípido".
En la última viñeta del cómic Susan pregunta: "Fantomas...
¿vendrás a verme?"
Es mucho lo que he leído acerca
de ella con motivo de su muerte. Pero al pensar en lo que fue su vida,
en lo que fue su lucha contra el establishment estadounidense, inevitablemente
se me vienen a la memoria unos versos de T.S. Eliot que ella con toda seguridad
también suscribiría:
"En un mundo de fugitivos,/ el que marcha
en dirección contraria/ parece que huye."
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