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Adelanto exclusivo Radiografía de los tupamaros "La izquierda armada. Ideología, ética e identidad en el mln-Tupamaros" se titula un libro de la historiadora Clara Aldrighi que la editorial Trilce publicará esta semana. BRECHA reproduce a continuación pasajes del trabajo en que la autora reconstruye el marco histórico y teórico en el que esa organización guerrillera desarrolló su accionar en los años sesenta y setenta. Clara Aldrighi El enfrentamiento entre el Estado y la guerrilla. [...] A partir de
1968, y con más intensidad desde 1971, se produjo en Uruguay un
proceso similar al que afectó a los países europeos en la
primera posguerra, acertadamente definido por George L Mosse como "brutalización
de la política", y que fue el fundamento de la expansión
de los fascismos y particularmente del nazismo.
[...] La polarización internacional, el temor inspirado por la
revolución cubana y la expansión guerrillera en América
Latina, influyeron en la hostilidad de las derechas civiles y militares
hacia el conjunto de la izquierda, cuya nueva vitalidad y crecimiento fueron
percibidos como una amenaza. Y esto ocurría mientras en el país
se afirmaba paralelamente el consenso hacia las propuestas de reformismo
moderado y defensa de la institucionalidad de Ferreira Aldunate, el candidato
presidencial más votado en 1971. Su sector, al igual que otros ubicados
en el centro político, se mostró impermeable a estas formas
extremas de hostilidad.
Mediante la retórica del "enemigo interno", el gobierno y parte
del sistema político expulsaron virtualmente a los tupamaros de
la comunidad nacional. Ya no eran sólo disidentes o delincuentes,
sino extraños, ajenos, enemigos. Se justificaba este enfoque mediante
una operación cultural: el subversivo era transformado en un estereotipo
que encarnaba todo lo negativo, la antítesis de los valores que
la sociedad aceptaba como propios y por lo tanto representaba la mayor
amenaza para su estabilidad. Como denunciaba casi diariamente El País,
se trataba de enemigos cuyas finalidades políticas eran idénticas
a las del Partido Comunista: imponer una sociedad totalitaria "de estilo
nazi o soviético".
Los "sediciosos" dejaron de ser considerados compatriotas, pertenecientes
a la misma comunidad cívica. Cuerpo extraño a la nación,
que debía extirparse sin miramientos. [...] El discurso excluyente,
con sus imágenes y mensajes irracionales, preparaba a la población
para que aceptara el empleo de técnicas más o menos secretas
de guerra "sucia", permitiendo la deriva hacia el terrorismo de Estado.
Que se volvió un efectivo instrumento de gobierno hasta 1984 -cuando
muere el último preso víctima de torturas- con finalidades
intimidatorias y disuasivas de la oposición política.
Cuando el policía o el militar se enfrentaban al "subversivo"
se encontraban en una situación psicológica por la cual las
leyes que protegían de la agresión, la persecución,
la crueldad, a los integrantes de la comunidad nacional no se extendían
a este tipo de individuos. Se les negaba no sólo los derechos de
los combatientes, sino también los de los delincuentes.
Relatan los tupamaros encarcelados en octubre de 1969, a consecuencia
de la toma de Pando, el tratamiento brindado por la Guardia Metropolitana:
"Apresados, esposados y en el suelo, ni un solo compañero o compañera
se salvó de ser golpeado. Puñetazos, patadas, culatazos,
en la cara, en la cabeza, en los testículos, en cualquier parte
del cuerpo. Se le suben encima, caminan sobre ellos hundiendo a cada paso
el taco de las botas. Buscan las heridas para machacar allí, donde
más duele, mientras gruñen, ríen, insultan y amenazan
de muerte. 'Hay que matarlos a todos.' 'De aquí no salís
vivo, hijo de puta.' Esgrimen armas cortas y largas, colocan los caños
en la cabeza, en la sien, en la nuca, en la boca, en el pecho, mientras
ajustan y presionan el dedo en el disparador, haciendo sentir así,
y más de una vez, el gusto de la muerte a sus prisioneros. Todos
pegan, todos amenazan. Terminan unos y vienen otros. Se disputan el turno,
la presa y la herida para golpear. Los que han terminado, recomienzan.
Una jauría interminable e insaciable, un festín de fieras".
Las muertes de policías como represalia por el uso de la tortura
o producidas accidentalmente en operaciones de desarme, cohesionaron a
la institución policial y se volvieron una preciosa arma de propaganda
contra la guerrilla. "Estamos en la primera fila de una guerra declarada",
observaba un funcionario policial en 1970 en el homenaje fúnebre
a un camarada.
[...] La retórica del "enemigo interno" anulaba toda posibilidad
de negociación y fue creando un clima que presentaba como aparentemente
ineludible la adopción de medidas cada vez más coercitivas,
de legislación especial y finalmente el pasaje a la esfera militar
de la represión de la guerrilla. En este sentido, podría
compararse el caso uruguayo con otras situaciones históricas donde
el Estado aplicó la represión contrainsurgente dentro de
los límites de la ley, no consintiendo la violación de los
derechos humanos, preservando el sistema democrático liberal y el
Estado de derecho y sin apelar a la construcción de un "enemigo
interno".
A fines de 1971, excluida del horizonte político toda perspectiva
de conciliación, el momento del enfrentamiento decisivo parecía
encontrarse cercano. Los intensos debates ideológicos y políticos
en la prensa, en el interior de la izquierda, en el Parlamento, revelaban
que lo que estaba en juego era el poder del Estado y su posibilidad de
implementar el reajuste conservador económico-político que
perseguían las derechas desde el gobierno. Todos los instrumentos
de que disponía el Estado habían sido gradualmente lanzados
a la arena en una ofensiva destinada a asegurar el triunfo de esta política,
primero para sofocar el movimiento popular, más tarde contra las
organizaciones guerrilleras.
Las consecuencias de este enfrentamiento fueron determinantes para la
guerrilla como para el resto de la izquierda y, en definitiva, de todas
las fuerzas políticas y sociales del país. La violencia se
adueñó de la vida política: un régimen basado
en la violencia autocrática fue impuesto desde 1973 por las Fuerzas
Armadas hasta las bases de la sociedad. Se utilizó para imponerlo
la coacción más tosca y brutal y una propaganda ideológica
primitiva. Para obtener paz social y eliminar toda oposición se
recurrió al terror, el asesinato, la tortura, la cárcel,
el control ideológico, el adoctrinamiento y el disciplinamiento.
El sistema implantado por la dictadura -un Estado policial opresivo-
no pudo ofrecer valores satisfactorios a la mayoría de la ciudadanía
uruguaya, habituada por décadas de sistema democrático representativo
a las complejidades del pluralismo en la vida política y al ejercicio
de los derechos individuales.
Las posibilidades del mln de influir en el sistema político,
condicionando la toma de decisiones en un sentido favorable al cambio social,
fueron prácticamente nulas. No logró modificar los alineamientos
políticos dentro de los partidos mayoritarios, fragmentar a las
elites civiles o militares, establecer alianzas eficaces con sectores de
las mismas, atenuar la propensión del Estado a la solución
represiva. El ala derecha de los partidos tradicionales supo en cambio
desplegar una eficaz capacidad de control político y social, que
le permitió reprimir con brutalidad al movimiento popular y a las
organizaciones guerrilleras. Atendiendo a los resultados en el mismo 1972,
el conflicto con el Estado fue perdido por el mln. La derecha autoritaria,
ocupando puestos clave del poder estatal, tuvo la capacidad de reprimir,
limitar y finalmente, mediante el cambio de régimen político,
eliminar a la organización de la escena política hasta 1985.
El triunfo de la dictadura en 1973 significó un fracaso de la
democracia liberal, pero también de la guerrilla y del movimiento
obrero y popular organizado.
¿Conciliación o intransigencia? Si bien los gobiernos
de Pacheco y Bordaberry no demostraban ninguna voluntad de modificar su
estructura constitucional ni de democratizar el acceso al poder económico,
tal como lo proponían los tupamaros, podrían haber considerado
a este grupo de uruguayos insurrectos como parte de la comunidad nacional
y ensayar con ellos el camino del diálogo, del compromiso, del acuerdo
político. Que no excluía, por otra parte, la aplicación
de la represión dentro de los límites de la ley.
[...] El desafío del mln a la clase política, en especial
el ejercido directamente a través de los secuestros de algunos de
sus representantes -el presidente de ute Ulises Pereyra Reverbel, el juez
Daniel Pereira Manelli, el fiscal Guido Berro Oribe y el redactor responsable
del diario Acción, Homero Fariña- acrecentó la polarización
política y la tendencia intransigente de la derecha.
En un editorial en forma de carta abierta a Homero Fariña, a
pocos días de su secuestro en febrero de 1972, Acción fundamentaba
la imposibilidad de conciliación entre "el Uruguay" y sus enemigos
tupamaros: "Para ellos vivimos en la mediocridad batllista. Somos cosmopolitas.
Estamos de espaldas a la que ellos llaman 'patria grande'. Tenemos que
ser liberados, liberados de nosotros mismos, y -como a los esclavos se
les libera y no se les argumenta ni se les convence- nos asesinan, nos
agreden, intentan quitarnos día a día cada una de nuestras
más firmes convicciones comunitarias. De vez en cuando tienen éxito
(a ti te lograron secuestrar, por ejemplo, también, en Soca, fusilaron
a dos policías) y tal cosa les interesa mucho más que la
popularidad. Pero esos no son sus grandes éxitos, sus grandes triunfos,
porque su pretensión es otra, liquidar esto que se llama Uruguay".
El editorialista de Acción -periódico que expresaba las
ideas de un sector político con responsabilidades de gobierno- manifestaba
los sentimientos de odio que le suscitaba la guerrilla, exhortando, pese
a ello, a mantener la moderación y el respeto de la ley.
[...] Desde muchos meses atrás el terrorismo de Estado ya cobraba
sus víctimas entre estos individuos considerados "no uruguayos".
Pocos días después de la publicación de este editorial,
Ibero Gutiérrez -militante periférico del mln de 21 años-
sería muerto por un Comando Caza Tupamaros.
[...] El mln demostró su disposición al acuerdo en 1969,
1970, 1971 y 1972. Aunque su proyecto político era revolucionario,
no era tan maximalista como para no apreciar el valor de reformas en sentido
democrático, obtenidas en la estructura estatal y el sistema político
existentes. Pero la derecha política, que controlaba el poder del
Estado, clausuró en todas las oportunidades las posibilidades de
negociación.
[...] La disposición a las tratativas por parte del mln obedecía
también a motivos tácticos: el reconocimiento político
de la organización, de su fuerza e incidencia en las relaciones
de poder.
En 1970 el movimiento propuso la liberación de los presos políticos
y sindicales, el pase inmediato de todos los presos a la justicia y la
irradiación de su programa por los medios de difusión, a
cambio de la vida de Dan Mitrione. El rechazo del presidente Pacheco a
la negociación se fundamentó en el carácter criminal
del movimiento. [...] En setiembre, el mln ofreció el cese temporáneo
de la lucha armada, a cambio de una plataforma de reivindicaciones democrático
liberales. [...] Las negociaciones entabladas entre el mln y las Fuerzas
Armadas entre junio y setiembre de 1972, según testimonios y documentos,
no representaron el intento frustrado de establecer una estrategia común
de ataque a las instituciones democráticas y de preparación
de un golpe de Estado de inspiración peruanista, que contaría
con el apoyo de la guerrilla. Fueron impulsadas, por parte del mln, sobre
la base de la permanencia del sistema parlamentario. [...]
El mln consideraba a las Fuerzas Armadas como otro poderoso grupo de
presión sobre los poderes públicos, en condiciones de contrastar
la fuerte influencia de los grupos de presión empresariales. Partía
de la comprobación de que la tradicional "autonomía relativa"
del poder político en Uruguay había sufrido, en especial
desde 1968, un fuerte menoscabo.
Las conversaciones mantenidas por los dirigentes tupamaros con la oficialidad
se proponían lograr una sensibilización política que
les llevara a promover algunas de las reformas socioeconómicas reclamadas
por la izquierda. Se ofrecía el cese de las hostilidades a cambio
de una amnistía parcial y de medidas de reforma que no podrían
obtenerse, según el mln, sin el acuerdo de las mayorías parlamentarias.
Pero junto a estas negociaciones que procuraban la pacificación,
el mln también colaboró con un núcleo de oficiales
en una serie de operaciones para el desenmascaramiento y la represión
de ilícitos económicos. Esta iniciativa, de breve duración,
provocó una reacción defensiva en los partidos tradicionales
y modificó las lealtades hasta entonces manifestadas hacia las Fuerzas
Armadas.
[...] La izquierda creyó que las Fuerzas Armadas habían
modificado su visión de los tupamaros y por extensión, también
del conjunto de la izquierda y del movimiento sindical, haciendo posible
un ámbito de encuentro para la pacificación y hasta el acuerdo
programático. Observaba Zelmar Michelini: "Tras los tupamaros, las
Fuerzas Armadas conocieron muchísimas de las realidades del país
y, en el contacto de los cuarteles, tomaron conocimiento de muchísimos
problemas que antes no habían apreciado en su total dimensión.
Mucho antes que el gobierno, las propias Fuerzas Armadas y grupos numerosísimos
de oficiales se dieron cuenta de que aquellos jóvenes no eran monstruos,
degenerados, sinvergüenzas ni mal nacidos. Eso trajo, naturalmente,
la exigencia de reprimir no sólo la violencia de las armas, sino
la violencia de arriba, que había motivado toda la subversión".
[...]
Las vertientes ideológicas. El mln fundamentaba frente a la opinión
pública su estrategia inspirándose en dos grandes vertientes
ideológicas: la revolucionaria socialista y la revolucionaria liberal.
Su carácter de movimiento y el peso de la propia historia uruguaya
lo situó en la encrucijada de estas dos tradiciones, en muchos aspectos
contradictorias. Ambas teorías, a lo largo de los dos últimos
siglos, habían promovido el cambio político mediante la violencia,
para poner fin a lo que se entendía como opresión.
[...] Desde esta perspectiva [socialista], el mln consideraba que aunque
existiera "democracia representativa, régimen 'legal' y gobierno
electo, el ocultamiento de la explotación, la violencia y la dictadura
de clase detrás de formas legales constitucionales, etcétera,
táctica que a la oligarquía le ha rendido y ha operado casi
un siglo en nuestro país, es uno de los factores que más
contribuye a impedir la toma de conciencia revolucionaria a grandes sectores
del pueblo".
[...] En la ideología del mln, la teoría revolucionaria
socialista se conjugaba, en algunos aspectos, con la revolucionaria liberal.
El ciclo de las revoluciones liberales europeas del siglo xix, realizadas
para derrocar no sólo tiranías o monarquías absolutas
sino regímenes constitucionales conservadores, fue promovido por
minorías que actuaban "en nombre del pueblo". Se trató de
revoluciones que pretendieron, y generalmente obtuvieron, mediante el recurso
a la violencia, la ampliación y profundización de los derechos
políticos y las libertades civiles. No sólo reivindicaban
el respeto de las normas constitucionales existentes, en caso de que fueran
desconocidas por un gobierno arbitrario, injusto u opresor, sino que aspiraban
a modificar el orden jurídico constitucional. Se trataba, por lo
tanto, de revoluciones vinculadas al estatismo democrático.
[...] Explicando los motivos de su insurgencia en una "Carta abierta
a la Policía", los tupamaros sostenían tener "una profunda
fe en el pueblo uruguayo, del cual hemos salido y al cual hemos visto engañar
y explotar impunemente. [...] Por todo ello nos hemos colocado al margen
de la ley. Es la única ubicación honesta cuando la ley no
es igual para todos; cuando la ley está para defender los intereses
espurios de una minoría en perjuicio de la mayoría; cuando
la ley está contra el progreso del país, cuando incluso quienes
la han creado se colocan impunemente al margen de ella cada vez que les
conviene. Para nosotros ha sonado definitivamente la hora de la rebeldía
y ha terminado la hora de la paciencia".
[...] La prensa de izquierda de mayor ascendencia entre los tupamaros
-al menos entre quienes no habían tenido una precedente militancia
marxista-leninista- y su área de apoyo, en especial el semanario
Marcha, consideró al movimiento como heredero de la tradición
revolucionaria liberal de la historia uruguaya. Uno de los textos cruciales
para la comprensión del consenso obtenido por el mln se hallará
en el editorial de Carlos Quijano escrito a raíz de la toma de Pando
y de la muerte de tres tupamaros en octubre de 1969.
La sociedad que Quijano deseaba ver lograda en su país, al que
veía doblegado material y moralmente, podía alcanzarse siguiendo
el ejemplo de hombres elevados a la estatura de héroes, dispuestos
a luchar y morir por fines públicos, patriotas que "en el error
o en la verdad, amaron a su país, hasta morir por él" .
[...] Quijano advertía que en un país en el cual se manifestaba
tan violentamente el abuso de autoridad, la oposición de las nuevas
generaciones podía, dadas las tradiciones nacionales, emprender
el camino de la insurrección. "Uruguay no es tierra pacífica,
sino tierra purpúrea, para decirlo con las memorables palabras de
Hudson. Tierra de combate. Y que a la violencia del poder siempre ha dado
respuesta con la violencia de los perseguidos. En los ciento sesenta años
que van de comienzos del siglo xix a nuestros días, cien fueron
de cruento batallar. Algo más muestra el camino. El país
es una creación continua. No es obra de la generación que
pasa, ni de la generación que asciende y reclama para cumplir sus
sueños y sus afanes un lugar en esta tierra."
[...] En la ideología del mln [...] se reivindicaban también
aspectos ético-políticos que debían caracterizar a
los militantes, como la honestidad moral e intelectual, entendida como
coherencia entre el pensamiento y la acción, la primacía
del deber frente a la realización personal y al hedonismo, la dignidad
del individuo frente a las adversidades y padecimientos que traía
consigo la lucha: clandestinidad, cárcel, tortura o muerte. Señala
Julio Marenales: "Lo que nos importaba era la conducta del individuo, no
lo que hablara. Es decir, su sentido de responsabilidad, la concordancia
entre lo que pensaba, decía y hacía. Esta coherencia era
el valor más importante, y en ese sentido Sendic fue un ejemplo,
aunque no el único".
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