En
los años sesentas del siglo pasado se evidenció la crisis
terminal del peculiar y hasta entonces relativamente estable modelo social
que había regido en Uruguay por más de medio siglo. Como
consecuencia, estalló un impetuoso proceso de luchas populares que
la democrática oligarquía de la Suiza de América no
vaciló en reprimir con la misma mano dura de los gobiernos gorilas.
El encausamiento revolucionario de esa marea social se debió en
gran medida a las acciones del Movimiento de Liberación Nacional(MLN-Tupamaros).
De la misma manera, puede afirmarse que este surge como una respuesta a
esa situación. Llamados cariñosamente en la calle “los Tupas”,
su nacimiento está ligado a la recia figura y las ideas de Raúl
Sendic, de cuya muerte se cumplieron ayer 15 años.
La ejecutoria de este hombre de origen
campesino, que ordeñaba vacas a la vez que acudía a la primaria
y al liceo, llegó a hacer de él probablemente la figura política
más admirada y querida de su país. Sendic militó desde
la adolescencia hasta su último día en las luchas sociales
uruguayas y su funeral se convirtió en una de las mayores manifestaciones
de duelo de la historia oriental. Fue líder estudiantil en su juventud
y más tarde dirigente del Partido Socialista, pero su trayectoria
dista mucho de la de un político al uso. Dedicó gran parte
de su vida a convivir con los trabajadores agrícolas, los más
exprimidos en Uruguay, cuyos sindicatos ayudó a organizar, y se
involucró personalmente en el reclamo de sus demandas.
Los Tupas escribieron uno
de los capítulos de creatividad revolucionaria más valiosos
de nuestra América en el siglo XX, que encierra importantes lecciones
para las luchas presentes. Estudiarlo, sin obviar sus errores, es obligado
para quienes sueñan y luchan por otra América Latina posible.
De su legado brillan virtudes que es imposible no asociar a las de Sendic.
Entre ellas, el cuestionamiento de los dogmas, la decisión de afincar
su acción en la tradición revolucionaria nacional y latinoamericana,
su práctica consecuente del internacionalismo, la ética política
y la frescura de su actuación y lenguaje, ajenos a las liturgias
y códigos de la izquierda encartonada. No menos importante, su irreverente
sentido del humor.
Los Tupas tenían
definidos objetivos antimperialistas y antioligárquicos y comprendían
que en los países dependientes estos no podían lograrse hasta
las últimas consecuencias sin transitar al socialismo. No menospreciaban
la lucha legal y lo demuestra la tregua que decretaron para facilitar las
elecciones de 1971. Veían la lucha armada como un instrumento ineludible
de defensa de las masas ante un régimen represivo en proceso de
fascistización, que posteriormente permitiría la toma del
poder por el pueblo. Nada más opuesto al pensamiento de Sendic que
proclamar como vanguardia a la organización que había fundado.
Consideraba indispensable para alcanzar la victoria el logro de la unidad
y las relaciones fraternales entre todas las fuerzas de izquierda y construir
un gran frente donde tuvieran cabida todos los que suscribieran el programa
de la liberación nacional, por encima de credos ideológicos,
religiosos o militancia política. De esta visión no excluía
a los miembros de los partidos políticos tradicionales.
La revolución cubana fue,
junto a la resistencia de Vietnam, el acontecimiento internacional más
influyente en el Uruguay de aquellos años. Al estímulo de
la crisis del sistema dominante y en torno a la solidaridad con ella se
forjó la unidad de la izquierda y se radicalizaron sectores obreros,
de capas medias y estudiantiles que convergieron en la creación
de la Central Nacional de Trabajadores(CNT) y luego en el Frente Amplio.
En ese contexto el accionar de los Tupamaros produjo un crecimiento exponencial
no solo de sus filas, sino de las de toda la izquierda uruguaya.
Pese a que Sendic siempre consideró
determinante en su actuación posterior su visita a Cuba y la influencia
de su revolución, esto no lo llevó a una actitud de calco,
lo que explica la conclusión tupamara de que en las condiciones
de Uruguay la lucha armada debía desenvolverse en el escenario urbano.
Sendic no se rindió nunca
ni ante la prolongada tortura de sus captores. Sigue vivo hoy en Jenín,
en Fallujah y donde quiera que se luche por la dignidad humana. De él
puede afirmarse lo que Martí dijo de Bolívar: “Tiene aún
mucho que hacer en América”.
Angel
Guerra Cabrera
aguerra12@prodigy.net.mx