Rodolfo Walsh - rodelu.net |
28 de marzo de 2007
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Página12
de Argentina - 27 de Octubre de 2005
El último día
Lilia Ferreyra Mujer y compañera de Rodolfo Walsh
Hace
28 años me separé de Rodolfo en
Constitución, sin saber que ese mediodía radiante de marzo iba a quedar clavado
en mi memoria. Fue el último día que vi su sonrisa cuando le dije que no se
olvidara de regar esa noche el almácigo de lechugas que habíamos sembrado la
tarde anterior en el jardín de nuestra casa en San Vicente. Era la 1.30 cuando
cruzó la calle Brasil apretando bajo un brazo el portafolio donde llevaba las
primeras copias de la Carta de un Escritor a la Junta Militar. Había cumplido
con lo que también fue su última apuesta: terminar y distribuir esa carta al
cumplirse un año del nefasto gobierno de Videla, Massera y Agosti. Los meses
previos habían sido dolorosamente intensos. La muerte de su hija Vicki en un
enfrentamiento con fuerzas militares y el allanamiento de la casita en el río
Carapachay donde solíamos pasar los fines de semana, nos habían obligado a salir
de la Capital Federal, el “territorio cercado”. Así llegamos a San Vicente, en
el conurbano bonaerense, donde Rodolfo, en su integralidad como intelectual y
militante, imaginó el tiempo por venir trabajando en sus escritos literarios y
políticos sin dejar de pertenecer a la organización Montoneros. En ese largo
verano, comenzó a definir la estructura de la Carta a la Junta, pulió el cuento
Juan se iba por el río, organizó sus papeles en carpetas con los despachos de la
Agencia Clandestina de Noticias y de Cadena Informativa; otras que clasificó con
los títulos de sus futuros cuentos, como El 27 (un relato sobre su padre y su
infancia en el campo), y también una en cuya carátula escribió “Los caballos”,
donde guardó las páginas de sus memorias sobre su relación con la política, la
literatura y la vida. La noche del 24 de marzo terminó de teclear en la
Olympia portátil la última copia de la Carta. Había ganado la apuesta. Salimos
al jardín bajo la claridad del cielo estrellado y, como tantas otras veces,
señaló las constelaciones. Desde afuera, la casa, iluminada por dentro con las
lámparas de querosén, se veía cálida y protectora. Caminamos por el pasto recién
cortado; todo estaba listo para recibir el próximo sábado con un asado a
nuestras primeras visitas: su hija Patricia con su marido y sus dos hijos, María
de tres años y Mariano, recién nacido. Al día siguiente, tomamos el tren a
Constitución. Al llegar, hizo unos llamados para arreglar encuentros con
compañeros que colaborarían en la distribución de la Carta. La primera de esas
citas era caminando por San Juan, entre Sarandí y Entre Ríos. No llegó a la
segunda, prevista para las 15 horas. Alrededor de las 2 de la tarde, un grupo de
tareas de la ESMA lo había emboscado en las inmediaciones de la avenida San
Juan. Al notar que se les escapaba, lo acribillaron con su poderoso armamento
pese a que Rodolfo sólo llevaba una pistola Walther PPK calibre 22.
Sobrevivientes que vieron su cuerpo en la ESMA cuentan que su torso estaba casi
cortado en diagonal por la ferocidad de los impactos. Esa noche, el grupo de
tareas destruyó la casa de San Vicente y robó todo lo que había en su interior.
Y lo más íntimo e insustituible, sus escritos inéditos. En 1972, al enumerar
en su diario las cosas que quería, Rodolfo incluyó la “revelación de lo
escondido” y la “esperanza insobornable”. Hoy, la detención de los responsables
de su desaparición demuestra que esa esperanza insobornable por la Justicia abre
las puertas para la revelación de lo escondido, aunque hayan pasado 28 años de
impunidad.
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