Rodolfo Walsh - rodelu.net |
28 de marzo de 2007
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Brecha
de Uruguay - 11 de agosto de 2006
Me llaman Rodolfo Walsh*
Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no
terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por
ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después
descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y
eso me gustó.
Rodolfo Walsh
Nací en Choele-Choel, que
quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por
varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a
los 8 años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el
que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me
quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular:
limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más
burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto:
criptógrafo en Cuba. Mi padre era mayordomo de estancia, un
transculturado al que los peones mestizos de Río Negro
llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear
avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje
físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los
caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única
herencia. Éste se llamaba Mar Negro, y marcaba 16 segundos en
los 300: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona
de la desgracia, provincia de Buenos Aires. Tengo una
hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio
de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable
resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El
mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi
profesorado en letras. Mis primeros esfuerzos literarios
fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de
sexto grado. Cuando a los 17 años dejé el Nacional y entré en
una oficina, la inspiración seguía viva, pero había
perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos
acrósticos. La idea más perturbadora de mi adolescencia fue
ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir
sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha
que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a
silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres
novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo
hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la
diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más,
porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación
masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de
mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo
exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden
nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso.
Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí
que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de
escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una
determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado
por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora
hay momentos en que me siento disponible para cualquier
aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la
hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una
cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en
pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en
aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un
texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente
lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura
es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la
propia estupidez. * “Nota autobiográfica”, título original
de este texto, fue escrita en 1965 y recogida por primera vez
en un volumen por Jorge Lafforgue en un número doble y
monográfico de la revista Nuevo texto crítico, 12-13,
Stanford, 1994.
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