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28 de marzo de 2007
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Página12
de Argentina - 1 de de abril de 1995
Carta a Rodolfo Walsh
Pese a que nací el mismo año que Rodolfo Walsh, siempre lo consideré un
maestro. Pese a su asesinato por los sicarios de Massera, Rodolfo sigue hoy más
vivo que nunca a través de sus escritos y su ejemplo. Por eso, en el aniversario
de su muerte le escribí una carta sabiendo de antemano que me va a responder
desde sus libros, cada vez que yo los vuelva a releer. Esta fue mi carta:
Osvaldo Bayer
"Querido Rodolfo:
Tu carta a la Junta Militar lo previó todo, denunció todo, dijo todo. La
escribiste aquí, en tierra y de frente. Basta comparar tus límpidas, escuetas
verdades, con el último decreto de los militares que decretó la autoamnistía de
los generales en huida, el firmado por aquel Bignone, el único oficial de la
historia que entregó a sus propios soldados para que los asesinaran. Vos, con la
palabra allí, de frente, sin moverte. Los generales con sus picanas, sus
pentonavales, sus capuchas, que ya pensaban en la fuga. Desde el momento en que
cerraste el sobre con tu misiva ya comenzaba la derrota del plomo. Tu palabra y
tu ética, Rodolfo. Por eso tu nombre ya está en una esquina porteña. Tan pronto,
contigo, la Historia hizo su selección. Vos el 'terrorista', listo a la
discusión otra vez. Los occidentales y cristianos Videla, Massera y toda su
cohorte de amanuenses ya en el techo de la basura de la historia, por los siglos
de los siglos. Vos, sin títulos, sin premios. Es que marcaste a fuego, sin
proponértelo, al resto de los intelectuales argentinos. Los hubo quienes se
sentaron a la diestra del dictador a la mesa servida del triunfo de la picana y
hubo otros que no oyeron ni vieron ni hablaron cuando los balazos te fueron
llevando la vida. Habrás sonreído cuando leíste la nómina de intelectuales que
ahora adhieren a tu recuerdo. Los que te negaron al tercer canto del gallo hoy
se apresuran a aplaudirte. ¿Y que dirán aquellos científicos de las letras,
faraones y mandarines de cátedras e institutos que te calificaron esteta de la
muerte? Hoy se apresuran a poner tus libros en las vitrinas oficiales. Pero
nunca le diste importancia a esas cosas. Con tu máquina de escribir te metiste
en los intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería, de
los azuzados. Mientras otros se dedicaban a cuchilleros o hacían romanticismo
con antiguos generales fusiladores, vos -decepcionando a los críticos literarios
consagrados- te metías en la actualidad: ¡oh pecado!, y todas sus mafias. Algo
imperdonable para el olimpo y los repartidores de prebendas. Pero ni reparabas
en esto. Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la
calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos, eras el Agustín
Tosco de las redacciones. Agustín Tosco ¿te acuerdas de ese muchachón en overol
que hablaba de cosas como justicia e igualdad, dignidad y deber? Palabras que no
figuran más: hoy todos nos empujamos por aparecer en tapa. Te tomaste en serio
la palabra. Exageraste en eso de la verdad. Además siempre creíste que había
llegado el momento de descifrar ya los jeroglíficos y las claves. Dedicabas tu
tiempo a eso mientras los otros trepaban, trepaban. En una sociedad maestra del
trepar soñabas con implantar normas que permitieran un país donde todos tuvieran
una canilla con agua y maceta con malvones. ¿Por qué tu insistencia si ya se
había demostrado que todos esos intentos terminaban como le fue a Rosa
Luxemburgo, con un balazo en la nuca y con el rostro en un charco de lodo?
Cometiste otro gran error que tampoco los mandarines de las letras podían
perdonarte: hiciste la mejor literatura con un estilo directo, claro, preciso,
como el de un maestro primario rural. Te entendían y te entienden todos.
Rompiste el mito sagrado que un intelectual debe ser un travesti de las palabras
y no un sembrador de quimeras y rebeldías. Tu más grande pecado fue hacer arte
literario puro con sólo los siete colores primarios.
Te arrojaron vivo al mar, te enterraron como NN, te quemaron en una pira. Y
aquí estás, en medio de Buenos Aires. Tan rápido la historia puso las cosas en
su lugar. Pero éste es el primer paso. Porque ahora queremos saber el nombre y
apellido de tus asesinos. En sí, ya los sabemos pero exigimos que lo digan los
jueces y el gobierno. Porque no vayamos a creer que todo se arregla con una
plazoleta. Porque seria cínico si no pusiéramos aquí también, en una placa, el
nombre de tus asesinos. No aceptaríamos que los jueces nos digan que ya no es
posible por las leyes de punto final y obediencia debida. Porque en ese caso
tendríamos que poner el nombre de los que te asesinaron por segunda vez: los
legisladores que votaron esas leyes, el espurio salvoconducto del crimen. Pero
no nos mintamos. Si hoy estuvieras vivo te calificarían con los remoquetes que
acostumbra el 'peronista' que está en la Casa Rosada: 'ultraizquierdista' o
'infiltrado al servicio de los intereses extranjeros'. Pero vos seguirías
imperturbable. ¡Las cosas que tendrías que decir! Vos que estuviste en aquella
CGT de los Argentinos tendrías tanto que hablar del señor Cassia y de la
flexibilización, y de la venta de armas para matar a otros latinoamericanos, y
de los bastones largos contra los pañuelos blancos de las Madres, y de los
ministros de la dictadura que te asesinó y que hoy son ministros de la
democracia... y de los pibes en las calles que jamás tendrán un canilla con agua
y una maceta con malvones. Por algo quisieron silenciarte. Pero no lo lograron.
Tus libros están de nuevo en bibliotecas y colegios. Con ellos se formarán
nuevos curiosos de la verdad. Porque la ética es como una cadena sin fin que
viene desde el comienzo de la Historia. Y gracias a esa ética y gracias a los
Rodolfo Walsh que se fueron dando la mano, hoy todavía hay vida en este mundo.
Gracias Rodolfo. Qué alegría nos ha dado el verte de nuevo entre nosotros, para
siempre".
Transcrita por Leonardo G. Vita el 6 de abril de 1995 de Página/12 del
primero de abril de 1995
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