Rodolfo Walsh - rodelu.net |
28 de marzo de 2007
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Brecha
de Uruguay - 11 de agosto de 2006
De la vida y de la muerte
Hace hoy 15 años, un pelotón emboscó a Rodolfo J Walsh.
El marino Alfredo Astiz debía entregarlo con vida para su
interrogatorio en la sala de torturas.
Horacio Verbitsky
El autor de Operación masacre le arruinó el
plan al empuñar la diminuta pistola Walther ppk de calibre 22
que escondía en el sitio menos previsible, inútil para romper
el cerco de quince bocas de fuego pero elocuente sobre su
voluntad de no dejarse tocar. Cinco prisioneros conocieron los
preparativos de la operación, y uno vio luego en la Escuela de
Mecánica de la Armada (ESMA) el cadáver segado por las balas y
los objetos que le secuestraron. En ese lapso se han
difundido noticias inexactas: que cultivó una estética de la
muerte, que su secuestro y asesinato ocurrieron en represalia
por su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”.
Walsh habría sido así o un fanático de la dialéctica
falangista de los puños y las pistolas o un ingenuo
desesperado que desafió con su catilinaria a un gobierno
sangriento y se sentó en su casa, que todos conocían, a
esperar la consumación del suicidio por mano ajena, como en un
cuento policial. Una y otra descalifican sus opciones
vitales. Desde la caída de su hija Vicki en una casa
rodeada por el ejército en 1976, Rodolfo supo que la capital
era territorio sitiado que debía abandonar. La organización
Montoneros le ofrecía un pasaje hacia Roma, pero él buscaba en
el mapa de la provincia de Buenos Aires la ruta de las lagunas
del sur para iniciar su parte en lo que describió como el
repliegue de las masas “hacia su propia historia, su propia
cultura y su propia psicología”. Con la falsa identidad de un
profesor de inglés retirado compró una casita en San Vicente.
Metódico, empezó por desmalezar el terreno cubierto de yuyos.
En la tierra, que le daría los medios para subsistir, y en el
simultáneo reencuentro con la escritura buscaba otra forma de
vida. La casa, con piso de ladrillo y bomba de agua manual,
no tenía gas ni luz eléctrica; pero Rodolfo estaba
entusiasmado. Perseguía hormigueros con una estaca, cortaba el
pasto con una guadaña, ordenaba carpetas y escribía. Había
trocado el fusil de la guerra, que antes que nada reconoció
perdida, por la máquina de escribir de la que brotaban sus
cartas polémicas, inspiradas en las invectivas latinas. Su
compañera Lilia lo recordó recitando, en un tono entre épico e
irónico: “Quosque tandem, Videla, abutere patientia
nostra!”. La conducción de Montoneros aceptó que firmara la
“Carta...” pero objetó el párrafo según el cual no era la
represión sino la miseria del pueblo, planificada por la
política económica, la peor violación de los derechos humanos.
Rodolfo descartó esa censura, inspirada en una exaltación
romántica de la sangre. Cuando discutía políticas, señalaba la
diferencia entre una vanguardia y una patrulla perdida. En la
intimidad, arrojó con furia contra la pared un ejemplar de la
revista Evita Montonera, donde autodenominados comandantes
predicaban las retóricas consignas bélicas del jet-set
revolucionario internacional. Le parecían una burla a la gente
que a duras penas conseguía sobrevivir. El 24 de marzo pasó
en limpio y firmó la “Carta...”, con su texto original, y el
cuento “Juan se iba por el río”. Casi había concluido otro
sobre su padre jugador. Haber alcanzado ese día era una
apuesta ganada y se propuso festejarla conociendo a su primer
nieto varón, hijo de Patricia. Urgió a Lilia a cubrir la cama
con una colcha floreada y colgar las cortinas de algodón de
las ventanas. Por la tarde removieron la tierra y sembraron un
almácigo de lechugas, siguiendo las directivas desde el
alambrado de un vecino amistoso cuyos hijos correteaban
alrededor. Por la noche, la luz de querosén se reflejó en las
cortinas, una amarilla, la otra roja. Lo conmovían la calidez
y la hermosura de su nueva casa. Pensaba en su padre, en sus
hijas y en sus nietos. Gozaba de la vida. El viernes 25 por
la mañana se colocó el sombrero de paja de su disfraz de
jubilado y, mientras Lilia encargaba dos quilos de asado para
la fiesta, siguió hasta la estación. El dueño de la
inmobiliaria le alcanzó en el camino los papeles de la casa,
que guardó en su portafolios de plástico. La viuda de uno de
los compañeros muertos con Vicki le había escrito una carta
desgarradora sobre la falta de solidaridad de la organización,
que no cuidaba de ella o de sus hijos. Decidió hacerse cargo,
y esa tarde debía combinar el encuentro para llevarla a su
casa, debilitando su propia seguridad, construida con tanto
cuidado. Por no perder el tren, y la cita con quien le había
trasmitido aquel pedido de ayuda, cometió la imprudencia de
llevar el título consigo. En la mesa de tortura ese
compañero había entregado la cita: caminando por San Juan, de
Entre Ríos hacia el oeste. Cuando el mayor del ejército Juan
Carlos Coronel abrió fuego, nadie sabía de la “Carta...”,
cuyas primeras copias fueron arrojadas al buzón minutos antes.
La dirección que les permitió asaltar la casa clandestina la
encontraron entre sus papeles. Se habían separado en
Constitución. Él volvería a San Vicente esa misma tarde. Lilia
el sábado, guiando a su hija y el nieto. —No te olvides de
regar las lechugas –lo despidió ella. Rodolfo sonrió.
Levantó la mano y se perdió entre la gente. * Reproducido
de “Rodolfo Walsh”, Jorge Lafforgue (editor), Nuevo texto
crítico, No. 12-13, junio de 1994
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