José Antonio Vera José Antonio Vera
24 de mayo de 2008

Mapa de Paraguay

Paraguay

Ensalada colorada
y de los otros

El Partido Colorado Paraguayo, derrotado después de 60 años de absolutismo, en su desazón está mostrando más ingredientes que una ensalada alsaciana, o rusa o mixta al queso, o los de la tan conocida rioplatense “olla podrida”.

José Antonio Vera

Lejos del refinamiento de la mesa italiana, que en gran medida se le debe a china y a Marco Polo, quien habría traído a Florencia una buena muestra, aquí en este Paraguay que quiere salir del letargo político y cultural, aparecen groseramente mezcladas las papas con las manzanas, el jamón, los champiñones, el salchichón al ajo, la lengua ahumada, la remolacha, el apio, el vino, el pescado, el pepinillo, las anchoas, el vinagre y los infaltables aceite, limón, sal, pimienta, laurel, perejil y otros que, para agradar al gusto y paladar locales, debe llevar mucha grasitud y mandioca.

Una exhibición de esa mezcla, en personas e ideas, se realizó el pasado fin de semana en las afueras de Asunción, cerca del Lago Azul de Ypacarai, que hizo célebre una canción antes de volverse marrón su agua, por efecto de la contaminación de desperdicios, hospitalarios entre otros. El escenario fue la colonial casaquinta de Pompeyo Lugo, hermano del recién electo Presidente Fernando Lugo Méndez.

La convocatoria reunió cientos de simpatizantes, unánimemente preocupados por la pérdida del gobierno que, como primera respuesta están obligados a mostrar voluntad unitaria y amistosa por encima de los intereses personales y de grupos, tal lo que se desprende de los encendidos discursos a favor de recuperar el partido en base a la conquista de su dirección por el dueño de casa, una vez que se logre reunir una asamblea o un congreso extraordinario.

En la actualidad, el Presidente colorado es el alicaído Jefe de Estado Nicanor Duarte Frutos, quien acaba de reiterar su intención de continuar, junto a su función de Senador, que asumirá el uno de julio. Impedido por ley de ejercer la titularidad partidaria y la presidencia de la república, al mismo tiempo, nombró sucesor interino a Alberto Alderete, en el último año.

El recuerdo de la caja de Pandora

Electo el 20 de abril, pero sin asumir hasta el 15 de agosto por mandato constitucional, Fernando Lugo derrotó en las urnas a la candidata oficialista Blanca Ovelar al frente de una heterogénea Alianza Patriótica para el Cambio (APC), suma de movimientos sociales y sindicales, organizaciones políticas y el Partido Liberal Radical Auténtico, segunda fuerza electoral del país y primera de esa coalición ganadora. Los votos de miles de colorados deseosos de un cambio, hastiados de la corrupción, la mediocridad y la descomposición económica y social del país, también contribuyeron a esa victoria.

Haciendo de la impunidad su principal coraza, desde hace 60 años los dirigentes colorados tienen copadas las primeras plazas en todas las instituciones del país, pero ahora muestran inequívocos signos de abatimiento y generan un vacío administrativo que, a lo sumo, pretenden llenar delegando ciertas funciones “al nuevo gobierno”, actitud que en los últimos días aparenta alguna rectificación, como presunto resultado de la buena relación que ha establecido Lugo con los principales referentes colorados, en especial con Duarte Frutos.

El exObispo concita cada día más apoyo popular, por su bonomía y su franqueza para responder a todo lo que se le pregunta, pero la magnitud de los problemas nacionales es tal que, poco después de recibir la banda presidencial, dentro de tres meses, corre el riego de emular a Pandora, al comenzar a abrir la escondida, la siempre oculta caja del Estado. Saldrá alguna cosa buena?. Décadas de inexistencia moral, alimentan grandes dudas.

Unión obrera-campesina y vía socialista

Pompeyo Lugo, residente por muchos años en el extranjero, en especial en Estados Unidos, quien retornó al país no hace mucho tiempo, presuntamente en poder de una considerable fortuna, se muestra siempre como un apasionado colorado, reacio a la autocrítica profunda que requiere la trayectoria de su partido, al que, en plena campaña electoral de su hermano, a quien ahora, elegido Presidente, promete apoyo, amenazaba con desencadenar todo tipo de movilización para que “el glorioso partido se mantenga en el poder”.

Flanqueado por su hermana Mercedes, designada primera dama de la nación, en virtud de la soltería del hermano Presidente electo, y por musculosos guardias, Pompeyo informó que el objetivo de ocupar la conducción colorada se está alcanzando con la instalación, “en todo el país”, de grupos de trabajo que tienen por objetivo la reconquista del partido, cuya misión prioritaria debe ser la de “apoyar al nuevo Presidente de todos los paraguayos”.

Una vez consolidado su gobierno, a partir del 15 de agosto, “empezaremos a construir una patria nueva, el Paraguay Socialista”, afirmó a este periodista, delante varios adherentes.

Suficiente carne asada, sin vino ni cerveza, numerosos cuatro por cuatro, algunos militares y diversos personajes caídos en desgracia en los últimos años, tras gozar de los privilegios del poder y el enriquecimiento, animaron el encuentro. Aparte de Pompeyo, quien pidió perdón al pueblo por las sombras que han obscurecido la vida del partido, “muy inferiores a sus luces”, ningún participante mencionó la más mínima autocrítica por la ignominia en la que sometieron por décadas al país, postura que sigue alejando cualquier intención rectificadora, la cual, solamente, podría gestarse entre grupos de jóvenes militantes no contaminados.

Hombres y doctrina siguen fallando. Orgánicamente el Partido Colorado está descuartizado, con cuatro o cinco fracciones, producto de un colosal desgaste interno que lo implosionó. Hace diez años que la masa colorada, de bajo nivel cultural y adiestrada para obedecer a un líder, carece del cacique con el que está familiarizada desde la década del 50, cuando uno de ellos era Epifanio Méndez Fleitas, tío de los hermanos Lugo, por vía materna, e inspirador y referente muy citado últimamente, de una de las fuertes corrientes militantes del coloradismo que quieren levantar cabeza.

A nivel ideológico, la ensalada tiene de todo. Duarte Frutos, en plena campaña electoral, definió al partido como socialista humanista, buscando arrastrar algunos votos del sector de izquierda disconforme con la alianza de Lugo con los liberales, a quienes un buen porcentaje de paraguayos asimilan a los mismos vicios de los colorados. La diferencia estribaría en que estos últimos ocuparon el poder, por más de medio siglo, y los otros la llanura.

Pompeyo, a su turno, dice que su base es la unión obrera-campesina y que su norte es el socialismo e, históricamente, los dirigentes han presentado siempre al Partido Colorado como agrarista, al tiempo que repartían latifundios de miles de hectáreas entre los amigos y daban parcelas de diez o veinte a los campesinos pobres, sin título de propiedad, que aún reclaman, y sin ninguna atención crediticia de subsistencia temporal, ni semillas, ni programación productiva ni mercado, y sin aportarles mínimos servicios sociales en rutas, transporte, educación y salud.

¿Quiénes son los ocupantes?

Esa paternalista entrega de tierra, le permite aún a los colorados hablar de que el General Alfredo Stroessner realizó una reforma agraria. Desde 1944 y con 35 años de tiranía, y los 19 que lleva la mal llamada transición a la democracia, que sólo ha sido una transacción, las familias rurales pobres se han visto obligadas ha entregar alguna hija adolescente a los mismos patrones. Luego sus gallinas y cerdos, después los árboles y, por último, la misma tierra a precio de hambre.

Usureros nacionales, miembros del círculo más íntimo del tirano, y aventureros y oportunistas extranjeros, entre ellos algunos pocos inversionistas, pecadores por codicia, pero la mayoría especuladores huyendo de la justicia de su país, como algunos estafadores jerarcas bancarios y criminales nazis, han aprovechado muy bien la marginación de los pobres del campo paraguayo, víctimas de un Estado que responde a una estructura injusta de la explotación de la tierra, con campesinos que, en algunos casos, perciben 20 dólares por mes de salario.

Por la década del 60, Paraguay tenía ocho millones de hectáreas de bosques, pero ahora sólo quedan árboles en unas 700 mil, producto de una salvaje deforestación, que ha generado un crimen ecológico y etnológico, porque a destruído grandes reservas naturales y expulsado a la población tradicional, para instalar inabarcables plantaciones de soja transgénica, rociada con diversos tóxicos que producen enfermedades y muertes entre los pueblos vecinos. Los niños constituyen el grueso de las víctimas.

Diferenes expertos, como Ramón Foguel, calculan que en territorio paraguayo hay unos 500 mil brasileños, muchos con alto nivel económico y estrechas relaciones con las autoridades del Estado. En diversos casos actúan con una conducta inescrupulosamente colonialista, lo cual genera sentimientos de rechazo entre la población local, en una reacción que se comenzó a intensificarse después de la victoria presidencial de Fernando Lugo, el 20 de abril pasado.

Funcionarios de Itamaraty, que nunca levantan la voz y la mayoría son formados para hablar con delicadeza y actuar con agresividad, reaccionan lamentando que los paraguayos se comporten de esa manera, olvidando que miles de niños fronterizos pobres asisten a las escuelas y a los centros de salud brasileños, víctimas del olvido y la marginación en que los ha postrado la política gubernamental colorada. Similar situación penosa se produce en la frontera suroccidental paraguaya con la utilización de los colegios y hospitales argentinos.

Diplomáticos del gigante vecino, que recuerdan que somos hermanos y estamos integrados en el MERCOSUR, mientras se llevan casi gratis 45 por ciento de la energía de la Represa de Itaipú, no hacen referencia tampoco a sus compatriotas narcotraficantes que cultivan la marihuana en las tierras paraguayas o al tráfico de vehículos y maquinaria rural robados en su país y traídos a Paraguay para ser utilizados aquí o llevados de contrabando a Bolivia para ser vendidos ahí, entre la maraña de ricachones que también viven al margen de las leyes.

¿Sólo los pobres violan leyes?

Días atrás, en una manifestación de campesinos sin tierra, en el nororiental departamento de San Pedro, donde el religioso Lugo vivió dos décadas, fue quemada una bandera de Brasil y se reclamó al Gobierno que haga respetar la soberanía y exija a esos agroexportadores extranjeros el respeto a las leyes nacionales, al código laboral y el pago de impuestos.

La quema del símbolo patrio brasileño generó en Paraguay un fuerte malestar en los medios de prensa y entre la patronal rural, olvidados de sus campañas de insultos contra los poderosos vecinos cada vez que se descubre aftosa en sus propiedades. Según ellos, que distan mucho de vacunar la totalidad de su hato, contraviniendo acuerdos sanitarios internacionales, son sus colegas de la otra orilla del Paraná que introducen animales enfermos.

Otro olvido grave, de esos mismos sectores, es que unos tres años atrás, colonos brasileños quemaron una bandera paraguaya en territorio paraguayo y, en ese momento, no hubo ninguna condena periodística ni de los patriotas empresarios nacionales. Fernando Lugo, a su regreso de la Cumbre de Lima, pidió a los campesinos que abandonen ese tipo de gestos.

Desde muchos años, poderosos facendeiros, sin residencia legal muchos de ellos y la mayoría de su personal, e introduciendo maquinaria y semillas de contrabando, vienen produciendo en tierra paraguaya pero los beneficios jamás contribuyen al bienestar del pueblo, porque atraviesan enseguida la frontera, dejando sólo malos recuerdos y una tierra cada día más empobrecida. Son ocupantes ilegítimos, aunque malas leyes los amparen.

Una señal inequívoca de que las cosas pueden empezar a cambiar en Paraguay, se está dando en las últimas semanas. A diferencia de un largo rosario de años de represión, con orden judicial o no, con incendios de humildes rancheríos, violaciones, abusos de todo tipo y asesinatos de campesinos, en los últimos intentos de éstos por ocupar tierras fiscales o con dudosos títulos de propiedad o de áreas improductivas en latifundios de 15 a 30 mil hectáreas, la exsangüe integridad física de los sin tierra, ha sido respetada por la policía.

Sólo fueron detenidos por un día diez indígenas que comenzaban a instalarse en una propiedad de Soljancic, un agresivo ganadero enemigo de toda reivindicación de justicia social, Presidente de la Asociación Rural hasta hace 15 días, quien es acusado de anexar en forma inconsulta 700 hectáreas contiguas a su hacienda, que los nativos consideran fiscales y que reclaman para ellos. Como se ve, los ocupantes no son sólo pobres, la diferencia es que éstos no poseen alambre.

Olvidados por el Estado, los campesinos no tienen más remedio que hacerse oir, muchas veces utilizados por dirigentes oportunistas, en cuyas propuestas de solución también hay ensaladas de todo tipo, entremezcladas con actos de corrupción y de componendas con delincuentes políticos.

Un tema que persisten en denunciar las organizaciones campesinas, es el de la ocupación de tierras fiscales por conocidos dirigentes rurales, quienes habrían agrandado sus campos en forma ilícita, simplemente corriendo las alambradas, lo cual les ha permitido amasar fortunas para que sus hijos integren la oligarquía rancia que coexiste en Paraguay, mediante el dinero malhabido, la posesión de títulos universitarios falsos y la politiquería interna y de extrafronteras.

El electo Presidente Fernando Lugo, entre sus primeras declaraciones, ha prometido ordenar la realización de un catastro nacional, para conocer la situación de los títulos de propiedad en el campo, y ver si merece respeto la documentación presentada y si se corresponde con la superficie que figura. Similar labor espera al nuevo gobierno en las áreas urbanas, donde se verifica montañas de irregularidades, como la clonación de documentos.

No hay que sorprenderse. En Paraguay, lo legítimo es escaso pero abundante la ilegalidad. Basta un sólo ejemplo, de muchos fáciles de confirmar. Los últimos sobrevivientes de la Guerra del Chaco, de 1932 al 35, con más de 90 años de edad los pocos que quedan, tienen una jubilación como Combatiente por la Patria, pero son pocos los que la cobran porque otros, con sus documentos falsificados, todos los meses retiran el dinero, con la complicidad de una administración estatal corrompida hasta su médula.

18 de mayo de 2008


José Antonio Vera
Periodista uruguayo radicado en Paraguay
jvsolmar@yahoo.es
 
PORTADA JOSÈ ANTONIO VERA