José Antonio Vera |
7 de septiembre de 2008
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Paraguay
Pubertad política
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José Antonio Vera desde Asunción
Los primeros choques políticos, de los muchos que seguramente sufrirá el pueblo paraguayo para acceder a la democracia formal, esa que raramente trae justicia pero que, al menos, instala las relaciones sociales en un marco de relativa legalidad, han comenzado con apasionada virulencia entre los principales actores de los centros del poder que, casi sin excepción, exhiben la incoherencia, contradicciones e improvisación que caracterizan a ese inolvidable y necesario período de la pubertad.
Los sucesivos escándalos públicos, vergonzantes para mucha gente digna, quizás resulte finalmente un elemento dialéctico positivo en el actual proceso social paraguayo, porque alimentan el interés del pueblo en la actividad política. La discusión y el diálogo callejero, intrafamiliar y en lugares de trabajo y estudio, están tomando otra dimensión, se animan, y el silencio, ese témpano de hielo impuesto durante tantos años de represión, comienza a romperse.
Además y muy importante, el pueblo está perdiendo el miedo, dice lo suyo, en medio del desorden orgánico instalado en el país, con un gobierno esperanzador pero que no gobierna y una oposición ausente, por incapaz y descabezada.
El primer ejemplo de esa nueva actitud sicológica de la mayoría de la población, se dio el 20 de abril, con la derrota en las urnas del todopoderoso Partido Colorado, tras 61 años de poder casi monárquico, y el segundo, la victoria alcanzada el mes pasado por un grupo de estudiantes que ocupó la Universidad Católica y forzó la renuncia del Rector José Antonio Moreno Rufinelli, conocido diplomático y represor estronista, apuntalado por la Conferencia Episcopal Paraguaya.
Decencia vs. Indignidad
El pasado miércoles, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Víctor Núñez, fue abucheado e impedido de hablar en un acto en presencia del mandatario, en ocasión de la presentación de un informe de la Comisión Verdad y Justicia, acerca de las miles de víctimas de la tiranía del General Alfredo Strossner, entre 1954 y 1989. El jurista debió abandonar el estrado bajo acusaciones de corrupto, delincuente y cómplice de tantos años de horror.
Lugo pidió perdón en nombre del Estado, flotando en el ambiente los recuerdos del sometimiento de poblaciones enteras, las torturas, violaciones, robos, los desaparecidos y los asesinados a la luz del día, todo en nombre de la lucha contra el comunismo y en defensa de la democracia que dirigía el gobierno de Estados Unidos, el menos democrático del mundo por su condición de cabeza imperial.
El Teatro Municipal fue el escenario de la repulsa popular al Ministro de la Corte, el mismo sitio que, paradojalmente, 15 días atrás había visto al pueblo de pie rindiendo un emocionado homenaje al escritor uruguayo Eduardo Galeano, tras pronunciar una conferencia profunda y alegre que, entre otros muchos méritos, tuvo el de reunir a ricos sensibles con pobladores de La Chacarita, uno de los barrios más míseros de Asunción. La decencia, aunque no siempre, a veces retribuye.
Otra paradoja se produjo un rato después de la salida del teatro de Lugo, emocionado, al recibir al Secretario de Estado Adjunto para Latinoamérica Thomas Shannon, quien vino a ofrecer ayuda y cooperación “porque en el Gobierno de Estados Unidos entendemos que estos pueblos reclaman justicia, para salir de la miseria”, dijo el enviado de Bush sin ruborizarse ni tampoco disculparse por la corresponsabilidad de su país en las seis décadas del drama y la ignominia de la tiranía estronista.
Shannon llegó acompañado por la nueva Embajadora Liliana Ayalde, con varios años en misión en Colombia, donde el Pentágono ayuda al pueblo con los mismos métodos que utilizó en Paraguay.
La Comisión Paraguaya Verdad y Justicia, solicitó en ese acto a Lugo que el Estado indemnice a las víctimas del estronismo, pedido que si el Presidente aceptara significará otra carga injusta para el pueblo, porque en definitiva sería el pagador en lugar de los verdaderos autores, que fueron el Partido Colorado, que aún mantiene a Strossner como Presidente Vitalicio (postmorten) y la propia Casa Blanca.
Una cadena de incoherencias
A nivel de pueblo, la crisis institucional genera malestar y desorientación y los medios de prensa, con pocas excepciones, azuzan con agrado e interés, confirmando su oculto malestar con la figura de Lugo, a quien no perdonan su vinculación con los sectores más humildes, con los indígenas y los campesinos sin tierra, los desocupados y a las familias de emigrantes, mayoría fraccionadas. La ingobernabilidad es el objetivo de la derecha.
Desde hace un mes, el escenario principal de los encontronazos verbales es la Cámara de Senadores que, por imperio constitucional, debe tener 45 miembros activos pero que, en estos últimos días, de a ratos llega a tener 42, 44 o 46, porque uno, el Jefe de Estado saliente, Nicanor Duarte Frutos, ocupa una banca de más, tras jurar en una sesión que impugna la mayoría. Dos suplentes, sin juramentar, entran y salen sin autorización y son obligados a retirarse, pero no se retiran.
Hay oficinas de parlamentarios que están bajo llave, sesiones que abandona el acomodaticio Presidente González Quintana, superado por el desorden de sus colegas que, en su mayoría, deciden reunirse bajo la batuta del Vice Oscar Denis, quien acompaña gozoso los manifiestos deseos de hacer rodar la cabeza de su superior.
El parlamento, con 80 diputados, asumió el uno de julio, pero tres bancas de senadores quedaron sin su titular, designados Ministros y, aunque por diferentes motivos, el hecho sólo ha servido para paralizar el funcionamiento bicameral, en momentos que urge la definición de la política del nuevo gobierno y, en particular, el presupuesto de la actividad del Estado para el próximo año.
Lugo estima que la salida debe ser política, a encontrarse cuanto antes a través de un diálogo que está dispuesto acompañar si es solicitado. Enemigo de proseguir la vieja ingerencia del Ejecutivo en la actividad de los otros dos poderes del Estado, entiende que llegó la hora de respetar al Parlamento y al Judicial, sometidos desde décadas al tirano de turno.
Tres senadores electos, Rafael Filizzola, Blas Llano y Efraín Alegre, fueron designados ministros por el Presidente Fernando Lugo, tras asumir el pasado viernes 15, en una decisión contradictoria e irregular, porque el mandatario había asegurado antes de su asunción, que ningún parlamentario electo sería designado en su gabinete, en lealtad con la voluntad popular expresada en las urnas.
De acto incorrecto, calificó González Quintana al nombramiento por Lugo de esos tres colegas, porque primero debieron renunciar a su banca y formalizar el traspaso a sus suplentes. Sólo Filizzola regularizó su situación en tiempo tolerable.
El tercero y principal punto de la discordia nace con el intento de Duarte Frutos de asumir como Senador activo, en virtud de reunir la mayor cantidad de votos para la cámara alta, aunque lo hizo en doble violación constitucional, delito que acompañó la mayoría de sus correligionarios, convencidos de la victoria electoral, pero que ahora, incapaces de asumir la derrota, lo utilizan en su contra, lanzando una despiadada cacería encabezada por los nostálgicos de Strossner, jóvenes y viejos.
Dicen que cambian los tiempos
La derrota sorprendió y, de inmediato surgió el afán de venganza entre los sectores más retrógrados del coloradismo, que iniciaron una neurótica búsqueda del culpable, del chivo expiatorio, y lo encontraron en la persona de Nicanor, inescrupuloso y verborrágico tribuno que mete miedo por su afán de perpetuarse como nuevo caudillo.
Nicanor es hijo del estronismo, igual que todos quienes ahora quieren su cabeza, en el voraz apetito para aprovecharse del Estado en beneficio personal. La única diferencia es que el imputado tiene una formación política muy superior a la media del millón de afiliados del centenario partido, lo cual genera impotencia general en una organización avejentada, sin cuadros dirigentes modernos, cultos, con mínima formación ideológica.
En aplicación de la Constitución Nacional, Nicanor debe asumir como Senador Vitalicio, con voz pero sin derecho a voto, pero resulta que el hombre tiene ambiciones tan desmedidas que decidió encabezar la lista a la cámara alta siendo Jefe de Estado, sobreponiendo cargos ilegalmente, como ya lo había hecho haciéndose elegir Presidente del partido, con total impunidad y vastas complicidades.
Sin tomar conciencia de que los tiempos políticos han cambiando en el país y en la región, Nicanor actuó en forma tradicional, se metió la carta magna en el bolsillo e impuso como candidata a la Presidencia y rival de Lugo a Blanca Ovelar, entonces Ministra de Educación, y se constituyó en jefe de la campaña y principal orador en decenas de mitines en todo el país, abandonando su función de Jefe del Ejecutivo.
La causa de la vergüenza, como la califica Lugo, es la ignorancia, es el bajo nivel cívico de una clase política que jamás tuvo conciencia de su misión social, que ha abusado de los cargos para provecho personal, familiar, de pequeños círculos, dormida en la impunidad que creyó eterna. A ese déficit de formación ciudadana, hay que sumarle la avaricia, el egoísmo y la mentalidad autoritaria y personalista legada por décadas de dictaduras y tiranías.
La consecuencia inmediata es una parálisis institucional que mucho perjudica a la población, que en su 80 por ciento sigue esperanzada en que Lugo inicie los cambios que el país necesita, prometidos durante la campaña electoral pero que hasta ahora ningún gesto concreto lo respalda. Siempre ha resultado un riesgo serio marchitar las ilusiones.
El hartazgo popular, uno de los sentimientos que provocaron la derrota del Partido Colorado, después de 61 años en el poder, se manifiesta estos días contra el parlamento, absolutamente desprestigiado, al igual que el Poder Judicial y el Ejecutivo. La gente confía que Lugo reivindique a este último y que incida en regenerar al suntuosamente marmolado Palacio de Justicia, al que también se le conoce como el “único prostíbulo del país que abre de mañana”.
1 de septiembre de 2008
Anterior del mismo autor
José Antonio Vera
Periodista uruguayo radicado en Paraguay
jvsolmar@yahoo.es
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