Shalom,
primo palestino
Marcos
Winocur*
En
momentos en que Israel mantiene su presencia militar en los territorios
palestinos, y los atentados terroristas no han cesado, el título
puede parecer de dudoso gusto. ¿Acaso los tanques dicen "shalom"?
¿Acaso los misiles humanos suicidas tienen oídos receptivos
para un "shalom"? Sin embargo, la necesidad de paz y convivencia lleva
una y otra vez al diálogo, y en éste preferimos creer recordando
que hubo tiempos mejores, se daba por un hecho el acuerdo completo entre
israelíes y palestinos, el llamado espíritu de Camp David.
Y sin que esté claro el porqué, las armas retornaron a reemplazar
a las palabras, entre ellas la
de "shalom",
el tradicional saludo judío. Y ahora son los malos tiempos. Pero
éstos no nos harán olvidar el espíritu de Camp David
y cómo sí es posible recuperarlo.
Permítasenos
una incursión histórica de "larga duración", como
lo aconsejaba Fernand Braudel. Vayamos pues a la Biblia, recordando que
Abraham es reconocido como patriarca fundacional en tres religiones. Los
judíos en la descendencia de Isaac, los musulmanes de un hermano
de Isaac, ambos hijos de Abraham, los cristianos al adoptar como texto
sagrado el Antiguo Testamento. Agreguemos que la Biblia en su integridad
es respetada por los musulmanes. Y bien, allí, en el libro de Josué,
se narra cómo, tras años de errar en el desierto, el pueblo
judío arribó a la tierra prometida y la encontró ocupada.
¿Qué hizo
entonces?
Emprendió
la conquista. El escenario geográfico es el de hoy, sólo
que varios milenios
atrás.
En el libro de Josué tanto se habla de Cisjordania como de Gaza,
aquí van las citas extraídas del texto sagrado:
"10.20. Cuando
Josué y los hijos de Israel les hubieron infligido una derrota muy
grande hasta exterminarlos(...) 10.22. Dijo entonces Josué: 'Abrid
la entrada de la cueva y sacadme de allí a esos cinco reyes'. 10.26
(...)los hizo herir y matar y colgar en cinco maderos. 10.28. Aquel mismo
día tomó Josué a Maquedá y la pasó a
filo de espada, juntamente con su rey, consagrándola al anatema
con todas las almas que había en ella, sin dejar quien escapase
(...) 10.29. De Maquedá pasó Josué, y con él
todo Israel, a Libná,
e hizo guerra
contra Libná. 10.30. Y Yahvé la entregó, junto con
su rey, en manos de Israel; y la pasó a filo de espada(...) 10.40.
Así batió Josué todo el país(...) ".
Exterminio,
es la consigna. Claro, se trata de una concepción pre-derechos humanos,
en una época en que éstos carecían de significado
real, varios milenios antes de la llegada de Jesús. Dios ha provisto
al hombre del libre albedrío -sostiene la Iglesia- y
en aquellos tiempos la elección no puede concebirse si una de las
opciones es ininteligible, y
tal el caso
de los derechos humanos. Quien quisiera triunfar en aquella guerra de conquista,
sólo tenía una, el exterminio: "el mejor enemigo es el enemigo
muerto". Una concepción que incluso va más allá en
materia represiva que el "ojo por ojo, diente por diente". Y que por cierto
no está ausente en los conflictos armados de nuestros días:
Ruanda, la ex Yugoslavia, El Salvador, Pol Pot de Camboya, y tantos otros,
donde campearon las represalias contra civiles cuando no su genocidio.
Como dicen los franceses: "Más esto cambia, más es la misma
cosa". Pero es ya otra historia.
Y bien, en
aquel entonces bíblico, al alba de las civilizaciones, la práctica
generalizada
era el exterminio
de los prisioneros de guerra. Cederá cuando los vencedores descubran
el valor de aquellos como fuerza de trabajo: habrá nacido la esclavitud.
Un
progreso respecto
del exterminio, una rémora cuando Roma extiende su poderío
asfixiante. Y en este último punto es cuando aparece Jesús,
predicando el undécimo mandamiento: "amarás al prójimo
como a ti mismo". Es un mensaje contra la esclavitud y, por ende contra
Roma. Por algo su representante en Palestina y mayor autoridad en el territorio,
Pilatos, cede ante la turba y decide sin apelaciones: en trance de elegir,
Jesús será el crucificado y no Barrabás, un sedicioso
y homicida a los ojos de Roma, a quien se perdona, según la tradición
judía de obtener la gracia para un convicto en las fiestas. Jesús
aparece ya entonces como enemigo de Roma, más que Barrabás,
veamos la continuación de la historia: los cristianos dejarán
Palestina por Roma, y allí, desde las catacumbas del martirologio,
el Cristianismo acabará consagrado como religión de Estado.
Y aquella palabra de Jesús, "dad al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios", se interpretará fielmente: para el
César la subversión, eso merece y eso tendrá. Y el
Cristianismo fue, que se sepa, la primera revolución que archivó
la violencia y el exterminio, conquistando la victoria primero en las almas
y luego en el poder.
Pero nuestros
escenarios están situados varios milenios antes de la llegada de
Jesús
y dos mil
años después, es decir, hoy. Preanunciados por la Carta Magna
de los ingleses en 1215 y claramente en la proclamación de la Revolución
francesa de 1789, los derechos humanos son una conquista contemporánea
y están siendo tan violados por Israel al ocupar territorios
palestinos como en los atentados terroristas contra los judíos.
Da la
impresión
de que no estamos viviendo en el 2002 sino en tiempos bíblicos del
Antiguo Testamento, antes incluso que la esclavitud se institucionalizara.
Por lo demás,
Sharon no es Josué. Uno llevaba a su pueblo a la tierra prometida
por Yahvé,
el otro ¿qué
hace con la tierra prometida? Los silencios frente a imposibles derechos
humanos a la época de Moisés y de Josué, hoy son voces
que se levantan por doquier. Incluso en Israel, incluso en Palestina, cada
vez más enérgicas y acabarán llevando
a la mesa
de negociaciones a palestinos e israelíes, estos dos descendientes
de Abraham, primos en consecuencia. Habrá tal vez necesidad de mediadores
para la paz, de EU o de Europa, es decir, de tierra de católicos
o protestantes, ambos con el Antiguo Testamento reconocido como texto sagrado,
no para reproducir su letra, sino para darle una lectura
histórica.
Y como lazo común, el pasado del primer pueblo monoteísta
de la Historia, Israel. El desenlace del conflicto, bajo esa perspectiva
de extraño fondo religioso, gravitando más de lo que se piensa,
es la convivencia pacífica de dos estados: Israel y Palestina.
No vacilamos
en llamarla tarea histórica, clamor de varios milenios, algo menos
de seis según el calendario judío, que corren ligados a la
tragedia de los dos pueblos. Desde la huída de los judíos
de Egipto, con Moisés a la cabeza. Y su llegada a la tierra prometida
donde aniquilan a los ocupantes, según el Antiguo Testamento, otras
fuentes indican que
no lo lograron.
Para ser a su vez lanzados a la diáspora por los romanos, perdiendo
aquellas tierras y convirtiéndose en los "judíos errantes"
, carne de pogroms y del holocausto nazi. Después de dos mil años
de diáspora, los judíos regresan a Palestina y nuevamente
la encuentran ocupada. Expulsan a los residentes, éstos, como es
natural, se rebelan. Por lo
demás,
en su segundo éxodo los judíos no tienen a Yahvé interviniendo
para guiarlos en su marcha y en las batallas. Dios ha desaparecido de escena,
queda en su lugar el libre albedrío, que, en otras palabras, quiere
decir: los hombres ya me han hartado, que se
las arreglen
como puedan.
En suma, varios
milenios de tragedia ¿son suficientes para hacer la experiencia?
A saber:
que es la
hora de la mesa de negociaciones, deponiendo la desconfianza y el rencor
mutuos, sólo así se podrá entrever la salida al pleito
milenario. Como están las cosas, el primer gesto corresponde a ambas
partes en conflicto, las dos deben actuar simultáneamente deponiendo
la violencia. Será el mejor "shalom", el único que
tiene probabilidades de ser escuchado. Y quede la puerta franqueada para
recrear el clima de
Camp David,
donde el "shalom" al primo palestino sea correspondido por éste,
carpetazo a la violencia. El premier israelí, ¿pondrá
el mismo empeño para la paz que para la guerra? ¿Contribuirá
esta vez a mitigar el estado de desesperación del pueblo palestino
que
conduce directamente
a la respuesta del terrorismo?
Marcos
Winocur
marcoswinocur@yahoo.com.mx