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Primo
Levi, Auschwitz:
dentro
era el infierno, fuera no es el paraíso
Marcos
Winocur
Todavía
estaba lejos la primavera cuando los prisioneros de Auschwitz la vivieron
anticipadamente: el 27 de enero de 1945 era liberado el mayor campo de
exterminio nazi, ubicación: Polonia ocupada. Aquellas primeras horas
sin embargo no fueron de júbilo, pocos daban crédito a lo
que veían. Los soldados rusos, camino de Berlín, ante
un espectáculo de pesadilla. Los prisioneros ante ¡las puertas
abiertas! No se había cumplido el vaticinio de los carceleros:
“de aquí sólo se sale por las chimeneas”. No por cierto las
chimeneas de Papá Noel, sino de los hornos crematorios.
Primo Levi, el escritor italiano,
estuvo entre los prisioneros de Auschwitz, sobrevivió y suyo es
uno de los más lúcidos testimonios que se integran al proceso
al nazismo, el cual no se ha cerrado. Han pasado décadas y todavía
nos interrogamos sobre sus causas y algo se anticipa a lo reflexivo, nubla
la vista, y es la naturaleza del hecho: los planes de exterminio
formulados y puestos en práctica, ese genocidio industrial, sí
ocurrió: entonces el espíritu más firme trastabilla,
y pareciera que todo está perdido, “todo es una mierda”, dicho sea
en expresivo lenguaje popular.
Theodor Adorno nos ha interrogado
a todos: “después” de Auschwitz ¿puede alguien escribir
poesía? Incluso más: ¿puede alguien continuar
disfrutando de la vida? Y sin embargo, “durante” Auschwitz hubo el prisionero
que sigilosamente escribió unas líneas de poesía sobre
una pared de las barracas. Por su parte, Víctor Frankl, otro de
los sobrevivientes de ese campo, viene en auxilio: “hemos llegado a saber
lo que realmente es el hombre. Tanto ha inventado las cámaras de
gas como ha entrado en ellas con la cabeza erguida y el padrenuestro o
el ‘shema yisrael’ en sus labios.” Sí, ocurrió el genocidio
industrial, el de las fábricas de la muerte, pero no todo está
perdido. Claro, igual nos gana la repugnancia ante el hombre verdugo del
hombre, y dejamos caer los brazos. Y más de cuatro décadas
después de su liberación, llegó un día así
para Primo Levi, ya anciano: todo es visto como un abismo abierto a nuestros
pies, y ése fue el hueco de las escaleras por donde se arrojó,
esta vez contradiciendo la primavera, un 11 de abril de 1987.
Fue una malísima noticia.
Veíamos en el escritor italiano de origen judío, miembro
de la resistencia antifascista, sobreviviente del horror, testigo al principio
no escuchado y finalmente premio Strega, veíamos en Primo Levi un
símbolo de la vida triunfando. La noticia de su suicidio nos cayó
muy mal. Pero no tenemos derecho a reprocharle nada. Había cumplido
con su misión de denuncia, en adelante su vida le pertenecía.
Auschwitz no se cobraba una victoria póstuma, ya había sido
derrotado por la pluma del escritor. Desde luego, no ha sido el único.
El premio Nobel 2002, el húngaro Imre Kertész, también
de origen judío y “huésped” de Auschwitz, tema de su novela
“Sin destino”, se ha dado igual misión que Levi. Puede decirse que
hay una bibliografía del tema, escrita por las víctimas
y donde no falta el testimonio de los carceleros, recogido por historiadores
y periodistas.
Y bien, Auschwitz, años cuarenta,
en curso la II Guerra Mundial. Dentro del campo, la esperanza estaba puesta
en el avance de las tropas aliadas. Mientras tanto, el hambre era la rutina
diaria. En ocasiones cedía el primer lugar al frío, y la
primavera resultaba tan ansiada como el alimento. Primo Levi recuerda un
día, un “día feliz” para un grupo de prisioneros. Era el
invierno y el sol entibiaba más que de costumbre, y por un azar
les llegó suficiente comida. Volaron por un momento los pensamientos
lejos, la libertad, el regreso al hogar... ¡cuidado! los sueños
estaban prohibidos en Auschwitz por salud mental, acababan haciendo daño,
pero la voluntad no pudo acallarlos ese día y renació la
esperanza de salir por las puertas, no por las chimeneas.
Como brevísima llamarada,
los esclavos recobraron la calidad humana. Pudimos ser -apunta
Levi- “desdichados a la manera de los hombres libres”. Es curioso
que diga “desdichados” y no “dichosos”. El autor es y será escéptico
toda su vida. Joven de veinticuatro años, está encerrado
en el campo del horror y sólo de milagro saldrá por las puertas.
Tan anheladas, no se engaña: una vez traspuestas, afuera no le aguarda
la felicidad, más bien una desdicha de otro tipo. Infinitamente
menor, cubre la distancia que va de lo subhumano a lo humano. Y a
pesar de esa brutal diferencia, Levi no se hace ilusiones: si dentro del
campo es el infierno, fuera no es el paraíso. Y la prueba: allí,
desde el mundo de “los hombres libres”, se planeó y ejecutó
el holocausto, hubo mentes capaces de ello, y siguieron activas más
allá de las alambradas y hasta el fin de la guerra.
Ya liberado, de regreso con los suyos,
Levi nos cuenta cómo una pesadilla recurrente no lo deja en paz.
Está otra vez en Auschwitz y alcanza a ver lo de fuera, el movimiento
familiar dentro del hogar, las flores de los jardines, los amigos reunidos
en la cafetería de siempre, pero siente que todo eso es irreal,
no hay fuera ni dentro, Auschwitz ha copado el mundo y en realidad él
nunca ha salido del campo... es cuando vuelve a oír la voz del “kapo:
¡levantarse!” Despierta, no es cierto, eso quedó atrás,
pero teme volver a dormirse. Y las preguntas asaltan su razón. ¿Otra
vez habrá campos de exterminio? ¿O ya no serán necesarios,
las armas de destrucción masiva harán sus veces? Otras mentes
¿abrigan hoy esos planes? ¿Habrá sido vano mi testimonio?
Y un día su razón,
así agobiada, después de cortar un tratamiento con antidepresivos,
no es capaz de frenar el impulso y se arroja al vacío. A pesar de
todo, de este final de su vida, unas chimeneas se han impuesto a las otras.
Siempre estuvieron en las antípodas. También sus recorridos
son contrarios. Papá Noel las baja y sale por las puertas. En Auschwitz
se entra por éstas y se sale por las chimeneas. Un recorrido representa
la vida, el otro es la muerte. Papá Noel, cargado de regalos mientras
el trineo lo espera en la calle, esas chimeneas le franquean el paso e
invitan a la fraternidad navideña. Las otras, desde el museo en
que se ha convertido Auschwitz, se suman a la prédica de los sobrevivientes,
y dicen: nunca más el nazismo.
Lejos ya de las pesadillas y de los
recuerdos envenenados, descanse en paz Primo Levi, misión cumplida.
Marcos
Winocur
marcoswinocur@yahoo.com.mx
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