Introducción
“Parecía imposible ¡pero
sucedió! De repente el sol dejó de salir sobre el horizonte”.
Fue un comentario público de Fidel Castro a propósito de
la caída de la URSS. Y bien, sol, adiós, los tercermundistas
hemos quedado a oscuras. Con infinita paciencia buscamos velas y cerillos,
a ver si algo podíamos iluminar. Pero no estábamos preparados
y nos pusimos nerviosos, abrimos la cajita al revés y los cerillos
fueron a parar al suelo...
Pues, sí, la URSS podía
estar llena de defectos y contradicciones -y lo estaba: más
de lo que se creía- pero funcionaba como contrapeso
frente a Estados Unidos. Y un día... se acabó la bipolaridad
y desde entonces una pregunta ha quedado flotando en el aire: ¿Hemos
vivido un sueño, una utopía?
Veamos si se puede aproximar una
respuesta.
En sentido estricto, utopía
es la propuesta de un nuevo modelo de realidad, que ésta rechaza.
“Tercos son los hechos”, dijo alguien apodado “El Moro”. Precisamente,
por realidad o por hechos, me refiero a los obstáculos de todo tipo
que impiden en definitiva la aplicación de una propuesta a futuro,
y la convierten en utópica. Obstáculos puestos tanto por
la naturaleza física o biológica, como por la sociedad
vigente. Si se propone contradecir la ley de gravedad, irnos de viaje a
las estrellas, o volvernos inmortales, Mamacita Naturaleza dice “no” y
rotula: “ciencia ficción”. Si se propone contradecir el sistema
social, los mayores obstáculos provienen de la resistencia ofrecida
por las estructuras mentales dominantes, que dicen “no” y rotulan: “somos
las guardianas de la identidad”.
Por el momento, así están
las cosas.
Hubo un tiempo en que las estructuras
mentales se acompasaban a la realidad que les había dado origen,
me refiero al feudalismo en el Oriente de Europa, es el caso de Rusia durante
siglos: el zarismo gobernaba, los campesinos trabajaban y las estructuras
mentales se transmitían de generación en generación.
Eran poderosas, más, mucho más de lo que después se
pensó. Habían adquirido el don de la autonomía, nada
de pedir permiso a la realidad para existir, no era su preocupación
averiguar cuán feudal se conservaba Rusia y cuán capitalista
había pasado a ser con los años. A las estructuras mentales
dominantes una cosa les importaba: que el orden social y político
se perpetuara, enunciado que muchos reducían a “la policía,
los servicios de inteligencia y el ejército cuidan de nosotros”.
Hay que recordar que en la Rusia
zarista, la servidumbre recién fue abolida en el último tercio
del siglo XIX, y muchos ni se dieron por enterados. El país había
ganado un sólido prestigio en Occidente como el más atrasado
de Europa. Así, en 1917 la realidad hacía agua por los cuatro
costados y las estructuras mentales dominantes tomaban sol en las playas,
nada les preocupaba. Fue entonces la revolución. Era el momento
de proponer un modelo social alternativo.
Pero... dejemos mejor la palabra
a Marx y a Fernand Braudel. El primero dijo: “El peso de las generaciones
muertas oprime el cerebro de las vivas”, o bien repetía el dicho
francés: “le mort saisit le vif”, es decir, “el muerto atrapa al
vivo”. Y Braudel: “Las ideas son cárceles de larga duración.”
Esa pervivencia pudo constatarse al cierre de la experiencia soviética.
Si en 1917 la utopía pasó al primer plano, en 1991 las estructuras
mentales del ayer, anteriores a 1917, hicieron espectacular reaparición.
Dejaron el desván de las neuronas, donde habían hibernado
por tres cuartos de siglo, y se cobraron revancha borrando del mapa a la
URSS.
“No pude resistir mi naturaleza...”
Creo que aquí podría
terminar este artículo. Pero un maligno afán perfeccionista
me lleva a continuarlo. Cabría entonces examinar el cierre de la
experiencia soviética, en fin, una preguntita rondando las cabezas.
¿Por qué cayó la URSS? ¿Fue en verdad una utopía?
Tras la prolongada experiencia socialista, la URSS se vino abajo como castillo
de naipes, por no decir “más rápido que calzón de
puta”. Las estructuras tradicionales, incluso de la época zarista,
mezcladas con mentalidad de empresario barato y mafia al más
puro estilo occidental, se hacían dueños de la Plaza Roja,
resucitaban San Petersburgo en lugar de Leningrado. ¡Increíble!
Y bien, a más de una década de haber ocurrido, la pregunta
continúa pareciendo endemoniadamente difícil cuando a mi
criterio la respuesta es endemoniadamente fácil: hubo un “no” masivo
de repudio al socialismo, tanto en la URSS como en otros países,
que sin falta debió ser atendido. Pero, “fácil” y todo, la
cuestión desde luego no queda agotada. Es un tipo de respuesta que
despierta otras preguntas. ¿Y por qué hubo ese rechazo del
conjunto de la sociedad civil hacia el socialismo sin distinguir a su seno
entre malo y bueno, sin tratar de perfeccionar el sistema?
Aquí debemos recurrir a la
“larga duración” de Fernand Braudel. La naturaleza humana está
sentada en el banquillo de los acusados. Se le brindó una serie
de opciones de socialismos de filiación marxista, y a todas dijo
“no”. Desde la genocida de Pol Pot y su khmer rojo en Camboya, a la autogestionaria,
antiestalinista, permisiva y de rostro humano de Tito en Yugoslavia, y
a todas dijo “no”. ¿Es abusivo concluir que la naturaleza humana
optó contra la cooperación mutua y prefirió la competencia
capitalista donde vale la ley ciega del mercado, esto es, de la selva?
Pero no podemos echarle las culpas
a la naturaleza humana cuando ésta no es fruto del pecado original
sino resultado de la historia misma del hombre. La naturaleza humana es
un relato de violencia, poder y explotación, actuante durante milenios
al seno de sociedades fracturadas cuya lección invariable es así
resumida: “el hombre es el lobo del hombre”, como decía Plauto hace
siglos y repitieron después Bacon y Hobbes, que glosó Gracián.
Ahora bien, esa constatación escéptica es resultado del acto
reiterativo. Éste va creando las costumbres como identidad de la
especie, que se vuelve naturaleza aprisionando al individuo. Fue Aristóteles
quien señaló en frase no del todo comprendida: “La costumbre
es una segunda naturaleza”.
De modo que llevamos puesta una doble
naturaleza: la biológica y la costumbre. Heredamos la primera, adquirimos
la segunda y luego también la heredamos por generaciones con tanto
imperio como la biológica.
Y bien, a medida que las tecnologías
se fueron desarrollando, la selva y su león dejaron de ser problema
y el hombre descubrió que su peor enemigo era... ¡el hombre
mismo! “Homo ominis lupo”, para decirlo en latín. Y desterrar esa
condición milenaria, no se logra de la noche a la mañana
ni, al parecer, de unos siglos a otros. Hubo gran confianza en el fervor
revolucionario, se vio a la gente, al gris y rutinario “hombre de la calle”
de pronto transfigurarse, encontrar energías y capacidad de sacrificio,
el gran ejemplo fue la gesta de los franceses del 89. Así, Marx
pudo escribir: “la revolución es la locomotora de la Historia, en
días se condensan años”. La euforia sin embargo fue perdiendo
fuerza, y al tribuno fogoso de Dantón sucedió la espada de
Bonaparte. Y con frecuencia se constata cómo las ancestrales estructuras
mentales, que se creían barridas para siempre, sólo lo han
sido de la superficie: vestidas de racismo y genocidio, esperaban su oportunidad.
Ocurrió en la tierra del socialismo marxista “más bueno”,
en Yugoslavia.
Cuéntase -y la
fábula ha sido recogida en el filme “Juego de lágrimas”-
que una vez vino una terrible inundación y la sola manera de salvarse
era cruzar de inmediato el río y arribar a la otra orilla. La ranita
se dispuso a hacerlo cuando el escorpión le rogó que lo llevara
montado a sus espaldas. Accedió finalmente la ranita y, a medio
cruzar el río, el escorpión le clavó sus dos tenazas,
condenando así a ambos a morir. ¿Por qué...? alcanzó
a articular la ranita. No pude resistir mi naturaleza, contestó
el escorpión.
Así, esta otra especie animal,
el hombre. O, al menos, este hombre a medio hacer, este producto histórico
que se vuelve contra sí mismo para más veloz apropiarse del
entorno.
¿Salta Lenin el atlas?
Había una vez un señor
chaparrito, pelón, colmilludo él, que aspiraba a convertirse
en abogado y dio en líder revolucionario allá por 1917...un
señor que todo el tiempo daba lata con eso del imperialismo y la
lucha de clases, un señor muy bueno y amigo de los pobres, según
unos, y muy malo y enemigo de la humanidad, según otros. Un señor
llamado Lenin.
Sé de alguien que coleccionaba
frases palindrómicas, es decir, que se leen igual de izquierda a
derecha, como al revés, de derecha a izquierda. En estas épocas
de transfiguraciones políticas, donde hay que mantenerse actualizado
para saber donde está parado cada uno, si a la izquierda o a la
derecha, si al centro o al centro izquierda, etcétera, en épocas
así se hace necesario encontrar una palindrómica para Lenin.
Y ya la hay. Es más, es atribuida
a Julio Cortázar. Pero equivocadamente. La confusión surge
de que el autor de la frase era su amigo, también escritor y argentino:
Juan Filloy, de la ciudad de Río Cuarto, quien escribió siete
libros cuyos títulos están formados por siete letras (“Caterva”,
y no me acuerdo de los otros). Y entre sus actividades intelectuales,
se contaba la búsqueda de frases palindrómicas, su colección
contiene varios miles. Cortázar menciona su nombre en “Rayuela”.
¿Y cuál es la palindrómica hallada por Juan Filloy?
La siguiente: “Salta Lenin el atlas”.
Y la verdad es que últimamente
lo salta más bien poco, citas su nombre y te das la gran quemada...
Por ejemplo, el caso del imperialismo.
¿Sirve para algo lo que Lenin escribió? Veamos. Él
habló de la tendencia dominante en los mercados, favorable a constituir
monopolios... ¿tendrá algo que ver con esta fiebre de fusiones
vivida en los últimos años? Así, consignaba Lenin,
el imperialismo es la fase superior del capitalismo (los monopolios son
los peces gordos que se comen a los peces chicos) y antesala del socialismo.
Lo primero, puede ser. Lo segundo, fíjense: me asomé a la
antesala y todos se habían retirado porque nadie los atendió...
se cansaron de esperar. Luego, Lenin habló del capital financiero...
la verdad, los bancos se hacen cada vez más antipáticos.
Y luego, escribió que se incrementa la exportación
de capitales en detrimento de la exportación de mercancías,
puede ser, vea usted las maquilas, no sólo en México sino
en muchos otros lados del Tercer Mundo. Y finalmente las guerras, decía
Lenin, son inevitables en esta época de disputa de los mercados.
Ahora bien, si se quiere ir más
allá de las consignas, es indispensable situar a Lenin en un contexto
más amplio, la ardua polémica sobre el tema, entablada entre
quienes se reclamaban continuadores del pensamiento de Marx. Todo, con
el telón de fondo de una guerra mundial a desatarse en 1914. Hobson,
Hilferding, Kautsky, Rosa de Luxemburgo y otros, se ven involucrados en
la polémica. Por su parte, Lenin escribe su libro titulado “El imperialismo,
fase superior del capitalismo”, al cual presenta como “ensayo popular”.
Entonces, de este variado escaparate
usted puede escoger lo que le guste, y dejar lo que no. O bien remitirse
a los hechos. Veamos. Las naciones del occidente europeo, a la cabeza Inglaterra,
la reina de los mares, se repartían o se disputaban entre sí
las colonias. En 1917, con la revolución rusa, cambió el
panorama. La URSS sin embargo quedó aislada hasta ocurrir la II
Guerra Mundial (1939-1945), ocasión para crear un campo de naciones
socialistas y hacer viable un Tercer Mundo. El globo se vio ante una bipolaridad
donde sobresalían Estados Unidos y la URSS. Con esa división
vino la guerra fría aproximadamente a partir de 1947. Las armas
atómicas nos quitaron el sueño, en particular a los pueblos
ruso y norteamericano, rehenes de la guerra fría.
Un poco más tranquilos pudimos
dormir cuando la URSS renunció al comunismo, allá por 1991.
Al parecer, se había acabado la guerra fría con su equilibrio
del terror atómico. Pasamos a vivir en un mundo unipolar. No obstante,
la nueva Rusia heredó las armas nucleares de la URSS, sin contar
otros países que también las poseen, como India, Pakistán,
Israel, Francia, Inglaterra, China. Hace más de medio siglo, EU
arrojó dos bombas atómicas, una en Hiroshima, otra en Nagasaki
y con ello puso fin a la II Guerra Mundial. Le fue relativamente fácil
tomar la decisión: nadie iba a darle una cucharada de su mismo chocolate,
EU detentaba entonces el monopolio mundial del holocausto, hoy ya no. Y
finalmente, el terrorismo poniendo a prueba al Unipolar, a ver qué
tan invulnerable es.
Tal puede ser el recuento de un mundo
donde todos hemos acabado siendo más o menos capitalistas, no faltaba
más. ¿Sigue Lenin saltando el atlas? Veamos. Él no
niega que pueda existir en el futuro (en su futuro) un ultraimperialismo
único, más: reconoce que tal es la tendencia al presente
(en su presente). Y esto resulta muy a lo unipolar que estamos viviendo.
Pero el tema en aquel entonces no se debate, Lenin rehusa discutir un posible
futuro cuando el presente acucia y el fenómeno se da de manera múltiple:
imperialismos que entran en contradicción al límite, estalla
entre ellos la I Guerra Mundial (1914/1918). No haber valorado suficientemente
esa realidad, es una de las críticas de Lenin contra un teórico
socialista de la época, Karl Kautsky, ya mencionado, y a quien,
años después, dedicará un libro cuyo título
lo dice todo: “El renegado Kautsky”. Y bien, ya no podemos pedirles
su opinión y difícilmente alguno de ellos saltaría
hoy el atlas. Pues... ¡a arreglárselas los huérfanos
como mejor puedan! A contestar solitos, sin ayuda, a preguntas como ésta:
¿qué onda con la lucha de clases?
Y bien, Marx y Engels hace siglo
y medio la llamaron el “motor de la Historia”. “Ya no lo es más”,
se corrió la voz entre los partidos comunistas, al final de la II
Guerra Mundial, saliendo el chisme por boca de Earl Browder, secretario
general de los comunistas norteamericanos, siendo refutado por el francés
Jacques Duclos. Años después, en los setenta, con una idea
similar, apareció el llamado eurocomunismo y finalmente en los noventa,
antes de desaparecer de escena, el PCUS decretó el final de la lucha
de clases, ya en tiempos de Gorbachov. ¿Qué hay entonces
en su lugar, cuál es ahora el motor de la Historia, o es que ya
no lo tiene o nunca lo tuvo? Buena pregunta, pero los hechos no dieron
tiempo a pensar en la respuesta. Vino el derrumbe: la URSS borrada del
mapa, en su lugar, Rusia, Ucrania, Letonia, Lituania, Estonia, Bielorrusia,
etcétera. Y como dijo Yeltsin a Gorbachov, quien hasta la
víspera era el premier: “lo siento, se ha quedado sin país”.
Y bien, la lucha de clases... siempre alguien la despide de su casa, pero
da la impresión que no acaba de irse como esas visitas molestas
que se vuelven desde la puerta: ¿no te conté de la Fulana...?
Está buenísimo, resulta que en Seattle... Y nuevos chismes
de esta señora que, claro, ya no rotula lucha de clases, sino problemas
sociales, actores históricos, etcétera.
En fin, la vida, armada de la “astucia
de la Historia”, contradiciendo las mejores cabezas, se abre camino
en ellas mismas si están dotadas de voluntad crítica y autocrítica.
Así, junto al Lenin de “no hay práctica revolucionaria sin
teoría revolucionaria” se sienta el Lenin que cita a Goethe : “gris
es la teoría pero verde es el árbol de la vida”. Como se
ve, en estas palabras que hace suyas, no excluye la teoría marxista,
tan gris como cualquier otra. Pero no será óbice para declarar
el mismo Lenin: “el marxismo es todopoderoso porque es cierto”. De modo
que se ha encontrado “La Verdad”, y ésta otorga al marxismo el carácter
de todopoderoso. ¿Qué tal? No tiene nada que envidiar a las
religiones.
¿Por qué cayó
la URSS?
Así, pues, la teoría,
muy útil si puede recoger la experiencia del pasado, generalizándola.
Y muy dañina si se resiste a un futuro que la pone a prueba una
y otra vez bajo el fuego cruzado de una nueva empiria, es decir, de la
mutante vida. Otro ejemplo. Por un lado, Lenin insiste en la necesidad
de contar, en vísperas de movimientos revolucionarios, con un partido
de hierro, de militantes probados, de disciplina casi militar. Por el otro
lado, Lenin insiste en el poder creativo de las masas, especialmente en
el curso de los movimientos revolucionarios.
Tal -ejemplifica con el caso
ruso- la formación de los soviets, integrados por campesinos,
obreros y soldados, que ya son operativos en 1905 y que, agrega Lenin,
fueron el modelo que resistió las pruebas del futuro cuando lo adoptamos
los bolcheviques en 1917 a la hora de hacernos del Estado. Desde luego,
ambas situaciones -poder creativo de las masas y partido de
hierro- pueden coexistir. ¿Pero no se da también el
primero al seno del partido? Creo que Lenin tenía una cierta
aprehensión respecto de la democracia interna -presupuesto
para el desarrollo del poder creativo-, que la lucha de tendencias
fuera a degenerar en escisiones y finalmente en atomización, en
particular al faltar el líder, es decir, él. Y es aquí
cuando, desde las últimas neuronas, adonde ha sido relegada por
los mortales, la señora NOOjos -que así yo llamo a
la muerte-, irrumpe y su proximidad lleva a un cambio de perspectiva.
Lenin, ya muy enfermo, deja su testamento político con un
mensaje entrelíneas:
-Soy irremplazable.
El líder soviético
entra a considerar uno por uno a sus compañeros en la gesta de la
revolución, los “bolcheviques históricos”, y a todos
encontrarles un “pero”: uno por no ser dialéctico, otro por no saber
tratar a la gente, un tercero por su pasado menchevique,
cuando en realidad el motivo para vetar a este último era otro y
saltaba a la vista: un judío difícilmente pudiera gobernar
un país tradicionalmente antisemita, a pesar de su brillante actuación
en los decisivos días de la toma del poder. Me estoy refiriendo
naturalmente a Trotski, quien es el primero en reconocer ese handicap político.
En fin, el testamento de Lenin es uno de los documentos más pobres
de su carrera, terminando por proponer una ampliación de la base
del colegio electoral, medida interesante por lo democrática, pero
que no resolvía el problema. No tiene a quien recomendar, la autocracia
será su sucesor.
Y... tenía razón, Lenin
era irremplazable. En cuanto a nombres, no cabía buscar el mejor,
apenas si el menos malo, tomando en cuenta no sólo sus capacidades
individuales y sus relevantes aptitudes para equivocarse, sino la lucha
de tendencias que se daba al seno del Comité Central, y que sólo
un Lenin había podido conjurar para no acabar en escisión.
Bien podría haber afirmado:
-Puede ser que los motivos esgrimidos
en mi testamento político no fueran los mejores pero de todos modos
se llegaba a igual situación sin salida. Además, quiero recordar
que aconsejé el relevo de Stalin, quien había sido nombrado
interinamente, recomendación que no se tuvo en cuenta con los resultados
conocidos. ¿Otro en su lugar lo hubiera hecho mejor? A saber...
Así, su batalla personal contra
el olvido se confundía con la realidad misma de aquellos años
del poder soviético. Tanto no había digno sucesor como la
figura de Lenin, por contraste, se levantaba. Una cosa suponía la
otra. Como escribió un historiador occidental, desde la inauguración
de su mausoleo se ha formado una fila inacabable de visitantes, tanto de
día como de noche. Y estoy hablando de Lenin, quien, en definitiva,
en los hechos, en su obrar, conjuntó fervor con razón, no
permitiendo que el primero cayera en el fanatismo ni que la segunda perdiera
sus luces en cada una de las batallas parciales que se fueron presentando
antes y después de 1917. Lenin, a la vez, el más grande constructor
de utopías de la Historia: quiso levantar el socialismo apoyándose
en los contingentes obreros de las ciudades pero el océano campesino,
ferozmente individualista, le recordó las palabras de Calderón
de la Barca: “los sueños... sueños son”. Y las utopías,
sueños organizados..., utopías son.
¿Salta Lenin el atlas? ¿Lo
saltó alguna vez? ¿Lo saltará? El tiempo, y la contingencia
a su seno, tienen la palabra. Dirán de la proyección a futuro,
si la hay, dirán de los hechos del pasado con mayor ecuanimidad
que hoy... si alguien llega a ocuparse del tema.
Desde luego, no se trata de ignorar
la convergencia de factores de orden coyuntural. Me refiero al rezagarse
de la URSS en la carrera con EU, y especialmente en el rubro más
sensible, el de los armamentos. Son patéticos los esfuerzos de los
gobernantes soviéticos para disuadir a EU de su proyecto “Guerra
de las Galaxias”, idea que se agita cuando el reinado de Ronald Reagan.
La razón está clara, la URSS no tenía -ni tiene
hoy Rusia- capacidad tecnológica para poner en marcha
su réplica ni para financiarla. Finalmente, Bush hijo ha puesto
manos a la obra en EU. Pero, desde mucho antes, la impotencia de la URSS
en este rubro que -nada menos- hace a la correlación
de fuerzas, llevó a los líderes soviéticos a una especie
de parálisis. El Breznev de los años setenta y el Gorbachov
de los ochenta no pudieron viajar a la Luna después que los norteamericanos
lo hicieran en el 69, ni en definitiva frenar la carrera en los armamentos.
Y es curioso: mientras ésta pesa sobre los hombros del Estado socialista
como recursos que no irán a los bolsillos del pueblo, para el Estado
capitalista significa un elemento al cual echar mano cuando se trate de
paliar las crisis de sobreproducción, siempre divisadas en el horizonte.
La debilidad de la URSS prohijó
una correspondiente mentalidad de derrota ratificada patéticamente
en el campo diplomático. Ofrezco, proclamó unilateralmente
Gorby -es decir, llevó el juego en esa dirección-
reunificar las dos Alemanias a cambio del olvido del proyecto “Guerra de
las Galaxias”. Silencio en la Casa Blanca. Propongo, levantó Gorby
la oferta, además, incluir en el paquete la disolución unilateral
del Pacto de Varsovia. Silencio en la Casa Blanca. Ofrezco, subió
Gorby todavía más la oferta, dejar en libertad de acción
a los llamados países satélites de Europa del Este, Polonia...
Más bien digan -aquí la Casa Blanca rompió
su silencio- que ya no los pueden controlar.
Finalmente, se pagaron todos esos
precios, uno sobre el otro, a cambio de... nada. Por otra parte, ligado
a esto, se iba abriendo paso la idea de que podía canjearse la renuncia
al socialismo por paz, es decir, el cese de la amenaza nuclear sobre las
cabezas, el poder dormir sin la amenaza constante del holocausto, propia
de los años de guerra fría. En fin, todo se fue sumando en
la coyuntura de los años ochenta dando por resultado el colapso
de 1991, cuando quedó claro que el perder los países aliados
de Europa del Este no era suficiente. Es aquí donde entra a jugar
Yeltsin, llevando los “vientos de libertad” mucho más lejos: los
pueblos integrantes de la URSS que no quisieran continuar perteneciendo
a ella, podían irse. Así, la URSS se desintegró y
en su lugar quedó Rusia rodeada de nuevos países soberanos.
Una resbaladilla política
que se fundaba en una correlación de fuerzas desfavorable. La URSS
no tenía con qué negociar. Y sin embargo, a mi entender,
los estudios no pueden limitarse al nivel coyuntural, barajando factores
que hacen al “cuándo” pero no al “porqué”. Éste, insisto,
se encuentra en otro lado y lo hemos adelantado: los ciudadanos soviéticos
y de otros países dijeron: “no”. Ellos constituyeron la debilidad
de la URSS. Parte de la mística revolucionaria consideraba que el
espíritu proletario podía evitar la burocratización,
el autoritarismo, la quiebra de la legalidad y otros vicios a partir del
cambio en las relaciones sociales de producción. La experiencia
ha demostrado que no. Es cierto que el desaire a las utopías socialistas
fue de inmediato reemplazado por la adhesión a la utopía
capitalista, y aquí los medios, la CIA y el Papa jugaron su papel.
Pero ese “no” pronunciado cada vez más fuerte, partió de
la gente que, después de décadas de vivir el socialismo de
raíz marxista, lejos de convencerse, se había puesto en contra.
¿Por qué cayó
la URSS? Intentar una respuesta nos lleva luego a interrogarnos sobre
una cuestión paralela: ¿cómo es posible que nadie
se diera cuenta de lo que se venía? Si esta pregunta se dirige a
la CIA, la respuesta será la de un funcionario: nuestros informes
fueron incompletos, luego los procesamos mal, nos faltó “feeling”.
Si esta pregunta se dirige a los marxistas, la respuesta más sincera
es ésta: teníamos mierda en la cabeza, todo iba a terminar
bien, a la manera del “happy end” del cine de los cuarenta. Nadie asumía
los riesgos. Y se decía: la URSS se acabará cuando
ella quiera, es decir, en un mundo comunista, sin fronteras, no antes.
Ya ven, la soberbia, los agentes de la CIA deben ser reciclados mentalmente,
los marxistas ídem.
Y bien, estamos hablando ya no de
la coyuntura que precipitó el colapso, sino de la condición
necesaria para que éste sucediera. Puedo proponer los planes
más perfectos para la vida futura pero si en definitiva la gente
-supuestamente beneficiaria- dice “no”, por los motivos que sean,
la idea queda en utopía, no se realiza a pesar de ser factible.
No es que no se pueda, no se quiere. Esa negativa generalizada fue a nuestro
entender condición necesaria para el derrumbe, aunque no condición
suficiente. Esto último quedó a cargo de los factores de
orden coyuntural, algunos de los cuales hemos rápidamente mencionado,
que apuraron y dieron remate al proceso.
Ahí se inscriben los “aportes”
estalinistas, pero tampoco convenció el modelo antiestalinista
de Gorby en los años ochenta. Su intención manifiesta fue
un socialismo antiautoritario pero la situación se le fue de las
manos, al punto que Reagan, de visita a la URSS, pudo declarar: “yo no
lo hubiera hecho mejor”. En suma, de parte del pueblo ruso fue un
repudio tanto a la línea dura de Stalin como a la línea blanda
de Gorby. Así, la sonrisa se dibujó para los ciudadanos
del Este cuando el sucesor Yeltsin abrió oficialmente las compuertas
al capitalismo en los años noventa... satisfacción que poco
duró, los exsoviéticos pudieron advertir hasta
qué punto el modelo capitalista había sido maquillado por
la propaganda occidental. Pero ya era tarde.
Conclusiones
Y bien, tan fuerte es la necesidad
de autoengaño frente a la adversidad, que la gente está dispuesta
a creer en las utopías, reemplazando unas por otras, las que considera
fallidas por las nuevecitas y relumbrantes, aun cuando sepa que nada las
garantiza. En ese sentido, tanto puede serlo una religión
como una propuesta política. Tanto el cristianismo como el comunismo.
La sociedad de las almas virtuosas alcanzadas por la salvación es
tan igualitaria como la sociedad donde todo mundo es proletario, una en
el Cielo y la otra en la Tierra, ambas nadando en la felicidad. En diferentes
épocas y ciclos de la Historia, las utopías cristiana
y comunista tuvieron la virtud de arrastrar tras de sí a las
masas. Éstas marcharon a la reconquista del Santo Sepulcro y se
llamaron Cruzadas, o bien, más modestamente, van hoy a rendir tributo
pacífico y multitudinario a la virgen de Guadalupe todos los doce
de diciembre en México. Así, la utopía religiosa en
Occidente.
Los cristianos tuvieron sus catacumbas
y sus mártires, acabando por ser poder en la misma Roma que tanto
los combatiera. Desde entonces y por dos mil años, la influencia
del Vaticano ha tenido sus oscilaciones, tendiendo hoy a una declinación
(no confundir con el carisma personal de Juan Pablo II). Pero su ciclo
milenario no se ha cerrado. En cambio, para el comunismo se cuenta una
escasa centuria y media a partir, digamos, del “Manifiesto” de Marx y Engels
al promediar el siglo XIX, hasta la caída de la URSS a fines del
XX. Los mártires del comunismo fueron también incontables,
hombres y mujeres que no vacilaron en dar lo mejor de sus vidas y luego
sus vidas mismas en el mundo entero, en guerras, revoluciones y protesta
social. Y que también conquistaron el poder. Frente a Roma, sin
embargo, Moscú fue apenas un suspiro, si de duración se trata.
De todos modos, la fe de un marxista no le ha ido en zaga a la de un cristiano,
pagando cada una su precio.
Esa creencia absoluta, en unos casos
fe, en otros fanatismo, a veces sin poder distinguir una de otro,
ha ido acompañada por razonamiento. Éste, bien que a la zaga
de la fe, no por eso inútil. El marxismo recoge la idea de que los
grandes ciclos históricos van marcando un desarrollo progresivo.
Se pasa de las llamadas sociedades del tributo (modo de producción
asiático) y del esclavismo a la organización feudal y de
ésta a la sociedad capitalista. El progreso se marca naturalmente
en el desarrollo de las tecnologías y en cómo la situación
del explotado va mejorando. Esto último interesa especialmente al
marxismo. Los subalternos no desaparecen del cuadro social pero cada vez
la distribución de los bienes en general resulta más equitativa
y también evolucionan los derechos que la sociedad reconoce a los
subalternos. Y esto ocurre porque, de época en época, hay
un mayor fondo de bienes producidos aun cuando nunca lo suficientemente
grande para beneficiar a todos. Y bien, dice Marx, con la revolución
industrial del capitalismo ese paso se ha dado, en adelante nadie debe
sufrir hambre, nadie debe continuar explotado, hay suficiente para todos
por primera vez en la Historia.
El cristianismo también recurre
al razonamiento, plantea el Paraíso como la justa recompensa a las
acciones y pensamientos del hombre, cada uno juzgado individualmente. El
ser humano está dotado del libre albedrío, el cual lo hace
responsable, sus actos e intenciones se definen por el bien o el mal, y
según ellos responde. El juez supremo de los creyentes es Dios,
para los comunistas es la Historia. Ya influido por un pensamiento de izquierda,
es lo que proclama Fidel Castro ante el tribunal que lo juzga por el asalto
al cuartel Moncada en Cuba: “La Historia me absolverá”.
De modo que el hombre está
inmerso en la realidad, la hace objeto de conocimiento interesado y la
transforma a su medida, la cual varía con el transcurso del tiempo
si éste implica el desarrollo de las fuerzas de producción.
Marx llegó a escribir que “la humanidad en rigor sólo aspira
a aquellas metas que puede alcanzar”. Y bien visto, la humanidad lo hace
con ésas, las realistas, y con las otras, las metas utópicas,
ambas son sus amores y, si fallan, sus odios.
Claro, siempre se podrá discutir:
las cosas salieron mal, cometimos errores graves, todavía no estaban
dadas las condiciones, etcétera. Es inevitable: para mantenerse
firme en la larga, larguísima batalla por las metas que cree poder
alcanzar y en cuyo camino es derrotado una y otra vez, el hombre sueña
y sólo acaba de deslindar las metas posibles de las utópicas
cuando las primeras se realizan y las segundas no. Es decir, en los hechos,
en la vida misma, se ponen a prueba las empresas ideológicas. Las
religiones, utopías con creyentes en un más allá.
El comunismo, utopía con creyentes en el más acá.
Por su cuenta, el hombre, blindado ante las ideologías y muy atento
a sus conveniencias como especie, ha acertado en apostar a la revolución
industrial, cuyas condiciones favorables fueron madurando con los siglos,
hasta encontrar el mejor lugar para eclosionar en Inglaterra, abriendo
de par en par las puertas al capitalismo. Ya en el siglo XX o, si se quiere,
desde el último tercio del XIX, este hombre apuesta al boom tecnológico
más que a la revolución social, esto es, se mantiene fiel
y apegado al marco capitalista. Y así ha entrado al siglo XXI.
Y bien, el siglo XXI con su cofre
de maravillas. Lo abrimos y el sistema solar se nos ofrece a las expediciones
como antes, en el siglo XV, el planeta se brindó a Cristóbal
Colón, Vasco da Gama, Magallanes, Sebastián el Cano.
Vendrá entonces la subsecuente colonización del sistema solar,
como ocurriera con el planeta. Y tantos otros pasos de gigante. El hombre
hacedor de hombres u otros seres vivos. Las fuentes de energía renovables,
tal la nuclear. El viaje a la Luna. Todo eso era visto como sueños
y se ha probado que no lo son. Porque, mientras las cosas no sucedan, el
hombre todos los proyectos formula, y tras uno se lanza, sobresaliente
ha sido la revolución industrial blandiendo la caldera a vapor
y el boom tecnológico como su continuidad. Así ha caminado
el mundo en estos tres últimos siglos a ritmo acelerado, más
en función de la empiria que de las ideologías.
Utopía, te odio y te quiero.
Te odio porque sólo has existido en la cabeza de los hombres, no
en sus manos. Te quiero porque permaneces en la esperanza de una segunda
oportunidad. Utopía, te odio y te quiero.