Marcos Winocur - rodelu.net
31 de Enero de 2004
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Yo te torturo,
tú me torturas,
nosotros nos torturamos
Marcos Winocur
Citando a personajes históricos como Torquemada, el inquisidor, o bien al guerrero Atila -por donde pasaba su caballo no volvía a crecer la hierba-,hay quienes sostienen que la humanidad fue siempre lo que es, devota en la práctica del mal. Triste constatación, donde caben la tortura como uso generalizado, el fusilamiento de prisioneros y población civil. Pero hemos ido más allá, colocando las tecnologías al servicio del sufrimiento y la muerte. El siglo XX inaugura el fenómeno de las guerras mundiales, la primera con los gaseados, la segunda con los hornos crematorios, las armas de destrucción masiva. Y hemos dado la bienvenida a la picana eléctrica.
Pero en relación a ésta, faltaba algo, y lo ha proporcionado la “locura inimaginable” de un grupo de militares en Argentina, como se expresó el ministro del interior de ese país. Veamos. En los años de la dictadura se torturaba en Argentina, ha quedado fehacientemente probado. Claro, para obtener información. Caída la dictadura, en los años ochenta y noventa ¡continuó ejerciéndose la tortura en el ejército! Un cuerpo de élite en la provincia de Córdoba, bajo los gobiernos civiles de Alfonsín y Menen, sostuvo que era la manera de templar el ánimo de los soldados. ¿Qué les parece? No existe información a obtener, nos mueve un motivo moral: templar el ánimo de los soldados. Hay fotos, el hecho ha sido reconocido. En una palabra, se dijeron los torturadores, no se puede por el momento continuar aplicando la picana a los civiles, pues ¡que sea entre nosotros mismos! No es cuestión de perder la mano y que nuestros soldados se nos aflojen. Este argumento de endurecer mediante la tortura es tan disparatado, tan de “locura inimaginable”, que no logra sino resaltar los verdaderos motivos: el torturador es un ser que disfruta con la tortura.
Como lo hace un psicópata sexual con la víctima que mantiene prisionera, antes de matarla. Como aquel Torquemada, inquisidor inflexible, que se daba por misión librar a sus víctimas del demonio que llevaban dentro, tortura mediante. Y luego recogía sus cenizas de la hoguera final con la satisfacción del deber cumplido. Como Atila, quien no necesitaba dar explicaciones: soy el más fuerte, eso basta. Como Hitler, Franco, Mussolini, cuando no la limpieza de sangre, los motivos ideológicos. Es una ilustre prosapia para estos maestros de la escuela de los torturadores torturados.
 
Marcos Winocur
marcoswinocur@yahoo.com.mx
 
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