Yo
te torturo,
tú
me torturas,
nosotros
nos torturamos
Citando
a personajes históricos como Torquemada, el inquisidor, o bien al
guerrero Atila -por donde pasaba su caballo no volvía a crecer la
hierba-,hay quienes sostienen que la humanidad fue siempre lo que es, devota
en la práctica del mal. Triste constatación, donde caben
la tortura como uso generalizado, el fusilamiento de prisioneros y población
civil. Pero hemos ido más allá, colocando las tecnologías
al servicio del sufrimiento y la muerte. El siglo XX inaugura el fenómeno
de las guerras mundiales, la primera con los gaseados, la segunda con los
hornos crematorios, las armas de destrucción masiva. Y hemos dado
la bienvenida a la picana eléctrica.
Pero en relación
a ésta, faltaba algo, y lo ha proporcionado la “locura inimaginable”
de un grupo de militares en Argentina, como se expresó el ministro
del interior de ese país. Veamos. En los años de la dictadura
se torturaba en Argentina, ha quedado fehacientemente probado. Claro, para
obtener información. Caída la dictadura, en los años
ochenta y noventa ¡continuó ejerciéndose la tortura
en el ejército! Un cuerpo de élite en la provincia de Córdoba,
bajo los gobiernos civiles de Alfonsín y Menen, sostuvo que era
la manera de templar el ánimo de los soldados. ¿Qué
les parece? No existe información a obtener, nos mueve un motivo
moral: templar el ánimo de los soldados. Hay fotos, el hecho ha
sido reconocido. En una palabra, se dijeron los torturadores, no se puede
por el momento continuar aplicando la picana a los civiles, pues ¡que
sea entre nosotros mismos! No es cuestión de perder la mano y que
nuestros soldados se nos aflojen. Este argumento de endurecer mediante
la tortura es tan disparatado, tan de “locura inimaginable”, que no logra
sino resaltar los verdaderos motivos: el torturador es un ser que disfruta
con la tortura.
Como lo hace
un psicópata sexual con la víctima que mantiene prisionera,
antes de matarla. Como aquel Torquemada, inquisidor inflexible, que se
daba por misión librar a sus víctimas del demonio que llevaban
dentro, tortura mediante. Y luego recogía sus cenizas de la hoguera
final con la satisfacción del deber cumplido. Como Atila, quien
no necesitaba dar explicaciones: soy el más fuerte, eso basta. Como
Hitler, Franco, Mussolini, cuando no la limpieza de sangre, los motivos
ideológicos. Es una ilustre prosapia para estos maestros de la escuela
de los torturadores torturados.