“Yo
no soy marxista” -la frase se atribuye a Marx. Como dicen los italianos,
“se non è vero, è bene trovato”. Si no es cierto, merece
serlo. Cuenta en esto una tendencia a la sacralización dentro de
las organizaciones comunistas, donde “El Capital”, a pesar de poco leído,
deviene con el tiempo artículo de fe, una suerte de Biblia teórica
en la cual se podía confiar a ciegas. Por lo demás, modelo
Vaticano, había una única lectura válida de los textos,
la oficial, resultado: multiplicar heterodoxias y herejías. El pensamiento
marxista que no se dejaba florecer al interior de la URSS, China y otros
países, en la periferia, por gracia de las compensaciones, se desbordó
resultando en muchos casos un aporte a la confusión general que
prevalecía en Occidente. Uno no sabía qué resultaba
peor, si el sectarismo autoritario o el disparate por la libre.
Es en general el
peligro de los ismos. Trazan la raya maniquea y del otro lado queda
lo maligno y lo “no existente”. ¿Alguien piensa distinto de mí?
Está equivocado. Entonces, si soy Stalin, le hago pagar su error.
Y lo que no entiendo, no existe. ¿Para mí no existe? Muy
bien. Entonces, si soy Stalin, para nadie existe.
Un ejemplo elocuente
del autoritarismo en el razonar se dio en vísperas de la invasión
de Alemania a la URSS, cuando la II Guerra Mundial. Informes confidenciales
y confiables llegan a Stalin indicando inminente ataque, y al mismo tiempo
se confirma la noticia de una gran concentración de tropas alemanas
a lo largo de la frontera... y Stalin diagnostica: no puede ser, Hitler
no va a abrir un segundo frente cuando no ha acabado con Inglaterra, no
creo que concentre tropas con fines ofensivos, sin contar el pacto que
hemos firmado con Alemania. Y bien, la invasión ocurrió sin
previo aviso días después, Hitler no pensaba como suponía
Stalin. El Führer razonó de otra manera: Inglaterra, si bien
país beligerante, ha quedado neutralizada, y poco importa: en seis
semanas conquistaré la URSS tras el ataque sorpresa. Así,
la lectura que Hitler hace de la realidad peca de soberbia extrema y pagará
por ella. Y la lectura que Stalin hace de Hitler, sin tomar en cuenta la
soberbia de éste y su falta de escrúpulos, arriba a una conclusión:
no habrá ataque, no todavía, sería un error de parte
de Alemania. Un error para Stalin pero no para Hitler. Y el soviético
cae en su propia trampa: no hay otro razonar que el suyo. Es lo autoritario
tampoco exento de soberbia. Hay señales alarmantes y Stalin las
desconoce, negándose a tomar precauciones: lo que desmiente su discurso
no existe. Y también pagará por ello.
Otro caso resulta
de la concepción cerrada sobre lo que dio en llamarse imperialismo,
según el conocido libro de Lenin, quien toma el término de
los escritos de Hilferding, y de éste y de Hobson, ambos economistas
de la época, toma el enfoque general. Hoy, el concepto de imperialismo
se corresponde aproximadamente con la expresión de “unipolar”, máxima
concentración de riqueza y poder sin réplica. A pesar del
peso que significa ese concepto, suerte de ultraimperialismo, las ideas
y los pueblos no se ponen automáticamente de su lado, ni se dejan
esterilizar, cada uno defiende su autonomía, sea a derecha, sea
a izquierda. Naturalmente, la creatividad del pensamiento y la expresión
de los pueblos necesita oxígeno, que la sociedad preserve las libertades
democráticas. En las organizaciones marxistas siempre se habló
del tema y de la necesidad de revalorar un concepto asociado, el de superestructura,
pero no se dio el paso necesario: reconocer la autonomía del pensamiento
y la sabiduría de los pueblos, incluso si el primero ha nacido en
el campo del imperialismo unipolar y a su abrigo.
No digo independencia
pues las condiciones materiales existentes en un momento dado originan
el pensamiento, pero éste las reinterpreta en sucesivas lecturas.
Y los seculares dos bandos se forman, conservadores y radicales, en actitud
de sostener o de negar la correspondencia original entre realidad y pensamiento.
A éste pronto le crecen alas y remonta vuelo tomando decisiones
“por sus pistolas”. Pienso pues que es autónomo aun cuando no independiente.
Esto significa que pueden haber variado las condiciones materiales que
fueron cuna de un pensamiento (y de una ulterior estructura mental) sin
que éste se de por aludido, o al revés: se adelanten a una
realidad y proclamen propuestas “subversivas” como lo fueron los cuadros
de Vincent van Gogh: en vida no pudo vender ni uno, hoy se los disputan
ofreciendo decenas de millones de dólares. En una palabra, realidad
y pensamiento desarrollan velocidades distintas. Como alguien dijo: “cuando
me supe todas las respuestas, habían cambiado todas las preguntas”.
Esto es particularmente
cierto en el arte y en las ciencias. La física en la primera mitad
del siglo XX y la biología y la cibernética en la segunda
mitad, fueron resultados de una empiria y de una reflexión profunda
como nunca vistas en la Historia. Y se dieron en países de Europa
occidental y en Estados Unidos, no en contra de los gobiernos sino a su
amparo, en una especie de neutralidad apolítica asumida por los
científicos. A partir de la II Guerra Mundial, Estados Unidos fue
monopolizando a los hombres de ciencia. Einstein, que se sepa, no fue ciudadano
soviético. Y no solamente estoy hablando del teórico sin
par de la física, sino del hombre que en carta personal decidió
al Presidente Roosevelt a fabricar la bomba. Ni tampoco Plank o Heisenberg,
Fermi u Oppenheimer. No nacieron en tierra rusa, que podía parir
grandes escritores como Tolstoi o Dostoievski, pero no un laboratorio,
con la conocida excepción del destinado a los experimentos de Pavlov.
Tal era el atraso
vivido bajo el zarismo y legado a la URSS, que décadas de socialismo
no lograron hacer al país científica y tecnológicamente
competitivo. ¿No tuvieron tiempo los soviéticos, dedicados
a sobrevivir? ¿O no se dio prioridad suficiente a una política
de impulso a la investigación científica y tecnológica,
especialmente en áreas estratégicas? Ciertamente, no supieron
crear o aprovechar los propios cuadros ni atraer los de fuera, como masivamente
lo lograra Estados Unidos.
Vamos a un caso.
Ciolkovsky (1857/1935) nacido en Rusia y que vivió en su país,
profesor y estudioso, “resolvió --informa el Diccionario Enciclopédico
Salvat-- los principales problemas matemáticos sobre las trayectorias
de naves espaciales, investigó mezclas combustibles para la propulsión
de cohetes y sugirió su utilización en varias etapas (...)
diseñó un vehículo capaz de deslizarse sobre un colchón
de aire.” ¡Y esto por los años treinta o antes! Fue un pionero,
adelantándose a los investigadores de Occidente.
Ciolkovsky es hoy
conocido como el padre de la cosmonáutica. ¿Quién
en la URSS le dio su lugar? Nadie en forma efectiva, con el apoyo del Estado,
que se sepa. En cambio, un alemán, von Braun, retomó el hilo
y fabricó para los nazis los cohetes explosivos que cayeron sobre
Londres en la II Guerra Mundial, y ya experimentaba un misil de alcance
intercontinental. El atraso científico y tecnológico de la
Rusia zarista no fue superado por la URSS en medida suficiente en relación
con los países competidores, y eso era lo que importaba.
Bajo Stalin, el
esfuerzo productivo estuvo centrado en los planes quinquenales. El cumplimiento
de las metas económicas allí fijadas se consideró
prioritario, y ponía a prueba a la industria soviética estatal
y planificada, como así a la colectivización en el campo,
el cual debía ser velozmente mecanizado. La URSS buscaba ser capaz
de proveer al consumo interno, fortalecerse militarmente y a un tiempo
dar una imagen de éxitos a los ojos del mundo. La obsesión
de los planes quinquenales y de su cumplimiento fue insensiblemente dejando
de lado el espíritu creativo y los proyectos de investigación
tecnológica. En cambio, en Estados Unidos y en Europa occidental
éstos fueron tradicionalmente alentados. En una palabra, en la URSS
dominaba la fiebre cuantitativa: más trigo, más bicicletas,
más vodka. Por el contrario, en la patria de Thomas Alva Edison
y de Henry Ford se dio un equilibrio entre los volúmenes de producción
y la productividad, entre lo cuantitativo y lo cualitativo.
De pronto un tornillo
cambiado de lugar, una modificación en la cadena de montaje, hacía
que en el mismo número de horas trabajadas se fabricara el doble
de bienes de consumo. No faltaron en la URSS operarios advirtiendo sobre
el terreno la posibilidad de pequeñas modificaciones para grandes
efectos, y fueron aceptadas. Nacían espontáneamente, sin
responder a estímulos, se temía que del espíritu creativo
se pasara a la crítica y de ésta a la oposición y
al complot. Mejor, se privilegiaba en aquellos años la uniformidad:
que cada uno cumpliera su cuota en los planes quinquenales, y ya. Esta
crítica no obsta a reconocer que tales planes elevaron los índices
de producción y con ellos el nivel de vida, industrializando al
país, lo cual resultó vital para la URSS a la hora de la
II Guerra Mundial: de otro modo, con los nazis a veinticinco kilómetros
de Moscú y luego disputando casa por casa en Stalingrado, no hubiera
ganado la guerra.
Otro fue el panorama
en EU. Una cobertura jurídica protegía al autor de la innovación,
una simple denuncia ante el registro de patentes y podía dirigirse
a los bancos para que financiaran su proyecto y, si las cosas marchaban
bien, hacerse rico, que en Estados Unidos es sinónimo de importante:
“tanto tienes, tanto vales”. Del self-made-man, se hizo una leyenda rosa.
Sin embargo, el espíritu creativo tuvo su lugar en ese periodo del
capitalismo y se conservó a medida que el siglo XX avanzaba... personal
computer, internet, genoma, clonación, telefonía celular,
dan color a las dos últimas décadas, sin contar antes el
hombre en la Luna, televisión, energía nuclear, láser,
trasplantes, antibióticos, DNA... una larga y maravillosa lista
no contemplada en plan quinquenal alguno sino en la libre creatividad.
En ese sentido,
cuando arreció la competencia con los soviéticos en los años
de la guerra fría, los norteamericanos habían reforzado su
experiencia de la etapa que venían de pasar, la II Guerra Mundial.
Decididos en 1943 a abrir un nuevo frente de combate desembarcando en el
continente europeo a partir de Inglaterra, ésta debía ser
abastecida de todo el material necesario para tamaña empresa, máxime
cuando los alemanes estaban fortificando todo el litoral marítimo
desde Noruega a España. Además, éstos echaron mano
de su flota submarina para impedir la llegada de los barcos norteamericanos
a Inglaterra y también a la URSS, a la cual se había acordado
ayudar.
Fue la batalla
tecnológica de quién ganaba la virtud de hacerse invisible
para el enemigo. Por naturaleza, lo era el submarino hasta que los ingleses
inventaron el radar, detectando al enemigo bajo el agua cuando éste
no había siquiera divisado barcos a través del periscopio.
Pero los alemanes idearon un aparato que daba cuenta de la presencia de
un radar operando, y rápidamente cambiaban de posición. Entonces
los angloamericanos, trabajando ya en laboratorios con equipos técnicos
y humanos de primera prioridad, emplearon longitudes de onda que quedaban
invisibles para el aparato alemán. Y desde el aire cumplieron la
tarea destructiva que habían sufrido a mano de los submarinos. Fue
una batalla donde la mejor tecnología llevaba las cartas del triunfo
militar.
Y sin embargo,
la URSS había tenido el acierto de un construir un gigantesco tanque
de guerra, el T-34, que asombró a los alemanes cuando la invadieron
en 1941. Pero ¿qué significaba en términos de nuestra
problemática? Una vez más, un avance cuantitativo, se aumentaban
las funciones comunes a cualquier tanque: mayor potencia de fuego, mayor
blindaje, mayor velocidad de desplazamiento. Fue uno de los protagonistas
del triunfo soviético. Pero nada nuevo se agregaba, no se trató
en rigor de un avance tecnológico, como en los casos del radar o
de la bomba atómica, uno el vencedor de lo invisible, otra el Apocalipsis
a partir de una nueva fuente de energía, desconocida hasta entonces
en su aplicación práctica.
Y en la guerra
como en la paz. Para librar con éxito la batalla por los mercados,
la empresa que logre un avance tecnológico capaz de desalojar a
los competidores, dejándolos con las bodegas llenas de mercancía
obsoleta invendible, ésa se lleva el triunfo. De nada vale producir
mucho si hay quien produce mejor, tal ha sido una lección para la
URSS, a cuyo atraso secular vinieron a sumarse políticas erróneas.
A la par de las
tecnologías, las ciencias conocieron en el siglo XX un impulso como
nunca dado. La nueva física nos abrió los ojos ante las fuerzas
“comprimidas” en el microcosmos al igual que el genio encerrado en la botella
y, como a éste, dejadas en libertad por obra del hombre contra quien
se vuelven. ¿De qué manera? Por primera vez en la Historia,
la humanidad adquiere los poderes suficientes para suicidarse aportando
el elemento clave para la correlación internacional de fuerzas:
la energía nuclear hecha bomba, alumbrada por el proyecto Manhattan
de Estados Unidos. Vino entonces Hiroshima. Si tras la II Guerra Mundial
surgió un mundo bipolar, cuyo supuesto era el equilibrio del terror
atómico, ocupar uno de esos dos polos no fue mérito de los
dirigentes soviéticos ni de sus laboratorios de fisión nuclear,
sino gracias a los servicios de espionaje de la URSS, a la voluntad de
algunos científicos occidentales que le pasaron información
convencidos de que el monopolio nuclear era inaceptable y finalmente a
un soviético, Andrej Sájarov, quien, aprovechando la información
obtenida por esas vías, dio un paso adelante y fabricó la
bomba de hidrógeno.
El equilibrio bipolar,
mal que bien, se mantuvo sorteando los peligros de la guerra fría
pero, poco a poco, Estados Unidos compensó con creces el desgajamiento
de los países que se liberaban de su tutela a partir de la posguerra:
resultó en definitiva ganadora de la carrera espacial, lo que tiene
consecuencias en el campo militar donde los misiles, certeros como son
los disparos de los satélites artificiales, juegan un rol de primera
fila. Y finalmente, Estados Unidos, después de vacilar, queda en
condiciones de plantearse el proyecto “Guerra de las galaxias” o de los
misiles antimisiles. Persisten algunas dudas en cuanto a su eficacia y
una certidumbre: ni la URSS ayer ni la Rusia actual estuvo ni está
en condiciones de correr con los costos que implica un tal proyecto. Así,
al carecer de una buena carta para jugar como réplica a la “Guerra
de las galaxias”, Rusia se ve reducida a una posición pasiva: rezar
para que los cielos premien su abandono del comunismo con un fracaso norteamericano
en los planes de blindar su espacio aéreo.
Así estamos.
La correlación de fuerzas dicta sus órdenes a la coyuntura
internacional. Y es cuando el hombre de hoy más quisiera cerrar
los ojos para no ver un mundo que no se resigna a aceptar y se le antoja
en camino del futuro pintado en la novela “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury.
Las utopías se ponen entonces a la orden del día, se hacen
contenido del imaginario colectivo. No logro transformar la realidad, el
colosal intento del socialismo marxista vean cómo acabó.
Pero nadie me puede quitar mis sueños. Y hay utopías del
color que se quiera, desde las religiones tradicionales a las que predican
el suicidio colectivo como vía para abordar el ovni que nos llevará
a la estrella de la felicidad del tercer milenio.
Paradójicamente,
se descubre un cierto “entrenamiento utópico” recogido desde las
filas de las organizaciones comunistas mismas. Pues sí: dentro de
ciertos límites, “estaba permitido” soñar con el futuro luminoso
del comunismo. Más: ¡Lenin lo aconsejaba! Más: ¡lo
dejó escrito en el libro donde preconiza un partido a la manera
militar, el “¿Qué hacer?”! En esas páginas, Lenin
hace suyas las expresiones de Písarev quien reivindica el soñar
del hombre con “el cuadro totalmente acabado de la obra que bosqueja entre
sus manos” como insustituible móvil para la acción. ¡Qué
ironía! ¡Finalmente vino a resultar que el militante disciplinado
y soñador no anticipaba golosamente la meta por la cual se batía,
sino que ésta era imposible de alcanzar, esfumada al derrumbe de
la URSS! Tal, el borroso rostro de la utopía.
Como decía
Hegel y recordaba Marx, se trata de la ironía, la astucia de la
Historia. Que tiene sus propios fines y no los revela antes de tiempo.
¿Es divinizar la Historia? En cierto sentido, sí. Como si
ésta, misericordiosa, dejara fluir las utopías, bálsamo
sobre las heridas que causan las realidades. Y envolviera el imaginario
colectivo bajo la consigna de las Cruzadas, al rescate del Santo Sepulcro.
O bien a la toma de la Bastilla creyendo inaugurar el reino de la “libertad,
igualdad, fraternidad”, o del Palacio de Invierno en Rusia en nombre del
comunismo, o al asalto del cielo cuando los comuneros en París,
sin olvidar a Espartaco y a la rebelión de los esclavos bajo Roma.
Esta última, es en particular elocuente. Dueños de la situación
los rebeldes, pasaron a reorganizar la producción en amplias zonas
devastadas por la guerra. Uno tiende a pensar que el nuevo marco social
sería el de una asociación de hombres libres... pues, no:
¡resucitaron el esclavismo!
Así, el
pasado. Pero el hombre no puede dejarse de futuribles. Y tampoco puede
vacunarse contra las utopías ni está en sus manos adivinar
en qué medida su imaginario ha sido contaminado, aun encontrándose
de acuerdo con Calderón de la Barca: “y los sueños... sueños
son.” Por eso, el hombre busca las lecciones de la Historia y con sorpresas
se da: esto no salió como yo lo pensaba, esto otro salió
justo al revés de cuanto la gente creía. “La Historia, esa
pesadilla de la cual no logro despertar”, se dice en el “Ulises”, la novela
señera de las letras contemporáneas, cuyo autor es James
Joyce.
Durante los primeros
años (1914-1917) de la Gran Guerra, Lenin se encontraba en el exilio
madurando su tesis de convertir a ésta en revolución social,
de donde escribe materiales de índole política. A la vez,
hay horas en que poco resta por hacer en el exilio y Lenin no era persona
de quedarse inactivo, escuchando los cañones a lo lejos. Decidió
entonces ponerse al día en sus estudios filosóficos, leyendo
y anotando a autores como Hegel, a quien, al parecer, sólo conocía
a través de Marx y Engels. De ahí nacen los que más
tarde serán editados bajo el nombre algo pomposo de “Cuadernos filosóficos”,
consistentes en extractos y resúmenes de libros, agregando Lenin
notas marginales. Una de la citas, perteneciente a Hegel, contiene esta
idea: “los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido nada de la
Historia (...) cada periodo es demasiado singular para eso.”
Y Lenin apunta
a un costado: “¡muy inteligente!”. Así, esta idea ya se manejaba
entonces. La cuestión era saber cómo y cuándo aplicarla.
La gran ruptura había tenido lugar en Rusia a la caída del
ancien régime zarista y feudal, sustituido por un proyecto
socialista. ¿Dentro de este último, cesan de manifestarse
las rupturas? Bien que de otra índole, se hacen presentes y son
las propias de la época. Cada golpe del boom tecnológico
da de lleno en las fuerzas productivas, modifica su desarrollo en cuanto
hace a la economía al interior del país e internacionalmente
opera modificaciones dentro de la correlación de fuerzas.
A una época
de la ciencia calzada con las botas de las siete leguas, de acumulación
grandiosa del saber, se siguen décadas de aplicación y aprovechamiento
de los conocimientos científicos. Édison resulta consecuencia
de Faraday y Maxwell. Develada la naturaleza del electromagnetismo, quedó
a punto para lo que se ofreciera: mover máquinas, iluminar el planeta,
grabar el sonido.
Así estamos.
¿Y Marx? Bien que en su obra la “parte profética” anunciando
la llegada del comunismo, ocupa un reducido lugar, sobre ella se fundamentó
la gran esperanza. Una asociación de hombres libres sin polarizar
capital y dirección por un lado y por el otro, trabajo. Cada individuo
combinará el quehacer manual con el intelectual, se borrarán
las diferencias entre campo y ciudad, el Estado se extinguirá como
órgano de poder, conservándose en tanto administrador. Una
sociedad futura que escribirá en sus banderas: “De cada uno según
sus capacidades, a cada uno según su necesidad”. Hace acordar al
libro de Aldous Huxley titulado “Un mundo feliz”. Una humanidad así,
superadas sus contradicciones internas, una “humanidad unificada”, para
decirlo con las palabras de Gramsci, no tendrá otro trabajo que
mirarse al espejo. Es cierto que el pleito con Mamacita Naturaleza puede
seguir vigente quién sabe cuanto tiempo más, y así
justificar la sobrevivencia de la humanidad o, al menos, de una minoría
ilustrada: equipos de investigadores, expedicionarios, pobladores del sistema
solar. Un horizonte de paz y creatividad enfocado al macro y microcosmos,
para progresar, la humanidad no necesita vivir desangrándose a sí
misma.
De todos modos,
de no estar convencido, de no creer con fe religiosa en la próxima
venida del comunismo, difícilmente se justifica el combate y el
exigir el empleo óptimo de las fuerzas de cada comunista, como creía
Lenin. Pienso que el “hombre de la calle” se automedica la utopía
en tanto necesitar dentro de su cabeza lo que siente no podrá alcanzar
fuera de ella, en el mundo. Y en el caso del militante, la realidad es
también el punto de partida de su prédica en un sentido opuesto,
activo: transformarla, escribió Marx y los comunistas lo citábamos
con frecuencia. ¿De qué se trata entonces? La utopía,
soñar con ella, soporte del ánimo y, además, la manera
de aventar toda duda: el futuro, lo hemos desentrañado y nos pertenece,
camarada.
El fenómeno
de las rupturas bajo el socialismo fue asimilado por Lenin en el plano
económico como en el político. Ya los comunistas en el poder,
es revelador comparar su discurso de los años 1919-1920 con el de
1920-1923. Tomemos el primer periodo señalado. Todavía entonces,
Lenin, dirigiéndose al congreso de juventudes de toda Rusia, daba
por un hecho:
“la generación
que tiene hoy quince años y que de aquí a diez o veinte vivirá
en una sociedad comunista.”
Así, la
profecía calendarizada y alentadora: no se van a morir sin verlo
y disfrutarlo -aseguraba Lenin a los jóvenes. Tal cual Jesucristo
anunciando que “no pasará esta generación” sin que ocurra
la venida del reino. De modo que, comunismo a la vista y calendarizado,
utopía uno. Y utopía dos, otra vez en la palabra de Lenin:
“Hoy que el poder
soviético se extiende por el mundo entero” , decía en un
texto. Y en otro: “(...) hacia la victoria completa de la revolución
mundial.”
Así, utopía
dos, la revolución mundial. Son citas que corresponden a 1919/1920,
años todavía de euforia, tanto en la URSS como fuera de ella.
Pero las utopías comunistas se están desgranando conforme
se suceden los fracasos, ningún movimiento proletario triunfó
entonces más allá de las fronteras soviéticas, el
país de Lenin quedó solo. La consigna, consecuentemente,
fue reemplazada. En lugar de “revolución mundial” se adoptó
la contraria de “revolución en un solo país”, y el arribo
del comunismo a la URSS dejó de calendarizarse... hasta llegar a
Kruschev, quien en 1960 la profetizó para 1980. Pero ésta
es otra historia.
Cuando los años
treinta, ya los nazis en el poder en Alemania, un tercer aspecto se resolvió
por su contrario: la táctica a seguir por los movimientos comunistas
en Europa. En lugar de “clase contra clase” se pasó a “frente popular”.
Estos casos, que ilustran, más: que encuadran la aplicación
práctica del marxismo entre los años veinte y treinta, significaron
una revaloración de las propias fuerzas frente a los enemigos, concluyendo
en el pase a una actitud defensiva. La URSS se las tendrá que arreglar
sola, trabajar más y soñar menos... cuando mal no hubiera
venido dirigir la imaginación no solamente hacia el futuro “luminoso”
del comunismo sino tras los pasos de Ciolkovsky. Suyos fueron sueños
que, vimos, tanto iban a incidir en la correlación internacional
de fuerzas. Por su parte, el movimiento comunista mundial se dio a la tarea
de buscar aliados en cada país, pues aislado iba a ser puesto fuera
de combate, como ocurrió en la Alemania nazi y en otros países.
Y bien, buscando
improbables y problemáticas analogías del hoy con el ayer,
me he detenido en los últimos años de Lenin lúcido,
allá por 1920-1923, antes que la enfermedad lo redujera al silencio.
Es decir, cuando de desplegar las banderas se ha pasado a recogerlas. Precisamente,
se trata de los documentos conocidos y que integran el testamento político
de Lenin. No sólo en cuanto se refiere a su sucesor sino a la continuidad
de los planes de gobierno, en particular la NEP (Nueva política
económica). Ésta había sido puesta en marcha, y no
se acallaban las polémicas suscitadas al seno mismo de los bolcheviques.
La iniciativa había partido de Lenin, quien la defendía ardorosamente,
tal su intervención ante los militantes del 06.12.20 (decreto de
concesiones publicado el 25.11.20). ¿En qué consistía
la NEP? Dicho en dos palabras, se trataba de un retroceso profundo, se
suspendían las expropiaciones en la industria, por el contrario,
se llamaba a capitales extranjeros a invertir en Rusia soviética,
incluso ofreciendo concesiones del subsuelo para la explotación
minera, incluso una base naval militar a Estados Unidos.
Cuestión
de vida o muerte, clamaba Lenin. Para él, en la coyuntura de posguerra
que por entonces se vivía, la alternativa planteada ya no era entre
socialismo y capitalismo, sino sobrevivir a como diera lugar. No había
nada que pudiera anteponerse a esto: comer y no morir de hambre en el invierno
para el pueblo; reconstruir la infraestructura de un país -el más
extenso del globo- al cual ni medios de transporte le habían quedado;
y por nada del mundo perder los bolcheviques la confianza de las masas,
las campesinas en especial. Así, la NEP ponía entre paréntesis
al socialismo mientras durara la emergencia... o tal vez para siempre.
¿Quién podía asegurar una u otra cosa en esos momentos?
Éste es el Lenin de 1920/1923. Además, tal tipo de medidas
tendría sus efectos en lo internacional: iba a calmar en alguna
medida a los capitalistas y sus gobiernos europeos, lanzados a la gran
cruzada antisoviética. La diplomacia resentía el golpe. Lenin
planteaba algo que sonaba a broma, entrevistarse con Lloyd George, el líder
conservador británico, cabeza de esa cruzada. El entendimiento,
la coexistencia, daban la impresión de reemplazar las esperanzas
de otras revoluciones proletarias en Europa. En todo caso, el joven Estado
soviético parecía más bien inclinarse por un frío
recuento de la correlación de fuerzas antes que la ideología.
Tanto dentro de la URSS, como para guiar su política exterior.
En este punto,
mi atención ha sido atraída por la referencia que el 23.01.23
hace el líder soviético a los “nepman”, los hombres de la
NEP, que resultarían directamente beneficiarios, “es decir -son
palabras de Lenin-, la burguesía.” Y viene a resultar que los “nepman”
son llamados a integrarse al “orden social de nuestra República
Soviética” junto a quienes son sus dos columnas sostenedoras, los
obreros y los campesinos. Ahora se irían a sumar los burgueses.
En ese sentido, los destinos del país soviético seguirían
en manos de las masas campesinas, según “marchen unidas con la clase
obrera, fieles a su alianza, o permitan que los “nepman” los desunan, los
separen.” Así, siempre en palabras de Lenin, la incorporación
de la burguesía al “orden social” es una necesidad dentro el marco
de la NEP y a la vez un peligro contra el cual previene al XII congreso
del PCUS, al cual está dirigido el documento que venimos comentando
(OC, 521, T 36, Akal, Mx, 1978). El hecho es incorporar los nuevos burgueses
al “orden social”, es decir, influenciar en las decisiones que habrá
de tomar la NEP y en general la nación soviética. Esto es
de una novedad absoluta, inédita para el pensamiento revolucionario
de la época y que dejó a no pocos bolcheviques con la boca
abierta.
Trotsky, en libro
publicado en 1924, poco después de la muerte de Lenin, recuerda
significativamente la opinión de éste unos años antes:
“si no nos apoderamos así de la burguesía (con toda dureza,
de tal manera que no le quede ni una rendija por donde escapar) lo vamos
a pasar muy mal”. Palabras que, dichas años atrás en el congreso
de los soviets en vísperas de la revolución, son una muestra
del lenguaje corriente en aquellos días, sin excluir una dosis de
demagogia. Ahora bien, producida la revolución, es cierto que, por
más concesiones que se hicieran, el poder continuaba en manos comunistas.
Y éste es un rasgo fundamental que no puede olvidarse cuando se
trata de establecer comparaciones con la hora actual.
Vencimos, escribió
Lenin refiriéndose a la toma del poder en 1917, porque aceptamos
sustituir nuestro programa por el socialrevolucionario (de tipo socialdemócrata).
Entre otras cosas, quedaba suspendida la colectivización del agro.
Fue una cuestión táctica, dictada por la necesidad de reunir
las más amplias masas tras la consigna de la toma del poder por
los bolcheviques, y que se impuso a lo sostenido en documentos anteriores.
Paz, pan, tierra y trabajo, ése fue el compromiso con el pueblo
ruso al tomar el Palacio de Invierno, y no se habló de socialismo.
Pero no se puede
despachar el asunto clasificando las concesiones, los compromisos con el
enemigo y los retrocesos como cuestiones tácticas y archivar el
expediente. Más bien impresiona que se tratara de dos líneas
paralelas. Una, la del progreso cuantitativo donde un día se habla
de la sexta parte del globo refiriéndose a la URSS, al siguiente,
la incorporación a la causa de centenares de millones de
chinos, y al tercer día de una Cuba a 180 kms de las costas
del imperialismo. Invariablemente, una medida que va mostrando un progreso
lineal y en función de ella la razón histórica. Mientras
tanto ¿qué ha quedado del socialismo? Habrá que esperar
a 1989-1991 para que el gran derrumbe conteste la pregunta entre la caída
del muro de Berlín y la capitulación de la URSS. Ésta
es una de las líneas paralelas. La otra, va desplegando las concesiones,
compromisos y retrocesos al grado de configurar una retirada general donde
la excepción es el voluntarista Stalin.
Para éste,
lejos de seguir al último Lenin, se trató de cumplir con
las metas del plan quinquenal en curso, cualquiera fuese el costo social.
Fue así cómo la URSS se industrializó en tiempo récord,
logro difícilmente parangonable en la Historia. Pero al proceso
no le faltó el talón de Aquiles. El boom tecnológico
tuvo la gentileza de esperar a que la URSS arreglara cuentas con el nazismo,
y sólo después de la guerra entró en aceleración
decretando la obsolescencia de numerosas ramas de la industria de preguerra.
Así, la
URSS ganó la gran batalla militar por la sobrevivencia, pero perdió
en el rearme industrial de posguerra. Y pagó caro por ese retraso,
pagó con su piel.
¿Qué
se puede decir hoy? Una pregunta se repite: ¿Hasta dónde
retroceder? Pues el desarrollo del socialismo en el mundo podía
ser visto como una continuidad lineal de victorias: de grupos clandestinos
de bolcheviques se pasó a crear la URSS, de ésta a un campo
de países socialistas. Pero hay otra manera de ver ese desarrollo
si se contabilizan los retrocesos. Veamos. En lugar de aspirar a la revolución
mundial, los bolcheviques se conforman con la revolución en un solo
país. De la consigna de clase contra clase, levantada por los partidos
comunistas en los países capitalistas, se pasa la de frente popular,
lo cual significa resignar la toma del poder por el proletariado en función
de enfrentar al enemigo fundamental, el nazi-fascismo. De la paz sin indemnizaciones
y sin concesiones territoriales se acaba por aceptarlos firmando el armisticio
de Brest-Litovsk, que pone fin a la I Guerra Mundial para la URSS.
Y la cuenta prosigue:
de apoderarse con toda rudeza de la burguesía rusa a proyectar su
participación en el proceso revolucionario, allí donde se
inscribe la NEP. Es, en suma, caer en el tan vilipendiado reformismo, contra
el cual el líder bolchevique había escrito páginas
y páginas, libros enteros como “El renegado Kautsky”. Hubo quienes,
desde su partido, lo tacharon de oportunista. Y en efecto, tenue es la
línea que separa la dialéctica del oportunismo, la concesión
táctica de la traición a los principios. Lenin sale al cruce.
No es el reformismo en sí nuestro enemigo, sino el plantearlo cuando
existen condiciones revolucionarias como en la Rusia de 1917. Pero ese
momento ha pasado, afirma Lenin. Contentarse con reformas, con pequeños
pasos cuando puede darse uno de gigante, es traición. Pero reclamar
un paso de gigante cuando ya ni pequeños pasos pueden darse, cuando
hay que retroceder porque así lo impone la realidad, es una locura
que igualmente nos precipita al abismo.
¿Hasta
dónde retroceder? Es la pregunta de entonces y la de hoy. Y nuevamente
la realidad manda. Porque ella fue una forma de nombrar a la voluntad del
pueblo ruso, notoriamente el enorme ejército de campesinos que se
hizo maestro en astucias de sabotaje a la producción. Fue la negativa
rotunda al socialismo, no nos cansaremos de repetir. Voy a dar otro ejemplo,
fuera de la URSS. El Khmer rojo de Pol Pot en Camboya, una especie de socialismo
genocida: al precio de más de un millón de muertos pretendió
imponerse para acabar en rotundo repudio y fracaso.
Un mundo unipolar
ha llenado el vacío dejado por la caída de la URSS. Por más
que EU tenga a su frente a Rusia, no es lo mismo. Ésta ha dejado
de ser respaldo de otras naciones para devenir capitalista... si puede.
Sin contar que la Rusia de hoy quedará en desventaja frente a EU
si el proyecto antimisiles, llamado “Guerra de las galaxias”, tiene mediano
éxito en su intento de blindar el espacio aéreo de EU. Si
el legado de Lenin hace ochenta años fue el de retroceder ante una
situación extremadamente adversa, marcando los movimientos para
una retirada con la menor pérdida posible, el legado de Gorbachov
hace algo más de diez años fue el de ¡sálvese
quien pueda! Tal vez contra su voluntad, tal vez las circunstancias lo
rebasaron. No importa. El hecho es que hoy nadie sabe cómo ni hasta
dónde retroceder, deteniéndose por lo menos un grado antes
de la rendición incondicional. Muchos, por lo demás, se han
adelantado a practicarla dando todo por perdido. Y en el otro extremo hay
quienes prefieren acabar batallando, de pie, sin esperanzas o los ojos
puestos en un milagro. Entre ambos extremos media una variante de concesiones,
como el renunciar a una política de expropiación y puesta
en manos del Estado de los resortes claves de la economía. Las posiciones
intermedias son calco de programas de la socialdemocracia o de los partidos
liberales de centro, y además ellos lo hacen mucho mejor que los
arrepentidos de la izquierda. Entre la URSS del último Lenin (1922/1923)
y la ausencia de la URSS que vivimos desde hace más de una década,
media un abismo infranqueable donde las analogías son improbables
y problemáticas. ¿O no?
¿Dónde
está la NEP del siglo XXI? Tal vez se pueda dar con sus huellas
en Cuba, China, Vietnam. Pero eso es válido nacionalmente. Ningún
otro país cubre en el mundo el vacío dejado por la URSS,
ninguno posee la varita mágica o la piedra filosofal para trasmutar
lo unipolar en un nuevo equilibrio bipolar o multipolar. Pueden hacerse
analogías entre retrocesos. Pero lo específico de la actual
coyuntura internacional, es decir, la medida de retroceso que hoy se impone,
puede ilustrarse en un sentido general, a saber: que no es pecado si las
circunstancias históricas lo justifican. Mientras la izquierda lo
averigua, no estará de más apegarse a la defensa de la democracia,
la lucha contra el hambre, la asistencia a la infancia, la sana ecología
y otras consignas que otrora parecían sólo dignas de la caridad
cristiana o de la herejía socialdemócrata.
El pragmatismo
comparte el espacio con las utopías, la necesidad de sobrevivir
está por encima de toda otra consideración. Se había
vivido una borrachera, sonaba la hora de la cruda. Lenin todavía
tuvo tiempo de escribir “El izquierdismo, enfermedad infantil de los comunistas”,
cuyo título lo dice todo, mientras veía alzarse los fantasmas
de las hambrunas, el sabotaje de clase, la guerra civil. Ese retroceso
con los años llegó mucho más lejos de cuanto pudieran
haber previsto los bolcheviques. El estalinismo primero, y después
el repudio popular a lo que quedaba de la utopía socialista en manos
de Gorby, cerraron el ciclo. Compitiendo con Estados Unidos, país
desde hacía por lo menos dos siglos que disfrutaba de la revolución
industrial; en jaque permanente, apuñaleada por los nazis y desangrada,
la cifra de sus muertos en la guerra, que se maneja hasta hoy, es de veinte
millones; no habiendo logrado superar sus contradicciones internas, la
URSS resistió a lo largo de setenta y cuatro años.
¿Qué
nos queda? Mientras se averigua hasta dónde debe retroceder la izquierda
en el mundo de los unipolares, nos queda rezar a San Marx y San Lenin,
Padres nuestros que estáis en los cielos y en los corazones de los
revolucionarios, benditos sean vuestros nombres y actualizados sean vuestros
pensamientos, hágase vuestra voluntad así en la tierra como
en el espacio exterior, dadnos nuestro sueño utópico de cada
día, perdonad nuestras actitudes sectarias como nosotros perdonamos
a socialdemócratas y liberales su anticomunismo, y haced que la
correlación internacional de fuerzas algún día nos
sea favorable, venga a nosotros el reino comunista, y no nos dejéis
caer en las tentaciones de los capitalistas, mas libradnos de toda especie
de fascismo. Amén.
CONCLUSIONES
Pero llega un momento
en que la ironía caduca, la razón se niega a cerrar este
escrito con la palabra de esa gran corrosiva. Usar de ella sin que domine
la pluma, y menos si viene asociada al humor. Éste ayuda a sobrevivir
pero raramente indica los caminos. Y de eso se trata. Y un dicho viene
a colación: “A Dios rezando y con el mazo dando”.
Y entonces, en
lugar de la ironía, otra gran corrosiva toma el relevo: la duda.
Y ella interroga: ¿De qué estás hablando, a qué
viene ese dicho, qué tiene que ver, cuál mazo, dónde
está? ¿En los aviones que dieron a las Torres Gemelas...?
Claro que no, los dioses nos libren de usar el mazo con tales fines, el
terrorismo sólo sirve para hacer daño, en primer lugar a
la causa que dice defender. ¿Dónde está entonces el
mazo? En muchos lugares y en cada uno con su variante respecto del poder.
En Seattle, como primer eslabón de una cadena, donde los verdes
marchan junto a la revolución punk, los desempleados junto a la
guerrilla naturista, allí se levanta la protesta contra el poder,
como también en las calles de las ciudades europeas colmadas por
millones que se manifiestan contra la guerra de Irak. En los zapatistas
de la montaña mexicana, los indígenas, los olvidados, los
hijos de la tierra que declaran, por boca del “sub” Marcos, no estar interesados
en el poder sino en un futuro donde todos plantemos árboles. En
las ONG, que trabajan al margen del poder, y su arma consiste en la presión
institucional sobre éste. En Cuba, que detenta el poder. En el movimiento
de las madres de plaza de Mayo en Buenos Aires, ya devenidas abuelas tras
cuarto de siglo de protesta pacífica contra el poder. Y en tantos
otros lugares...
Pero ¿qué
ocurre? Así todos los movimientos se sumen, no constituyen un mazo,
apenas si un martillo de uso doméstico para poner un clavo en la
pared y colgar el retrato de los abuelos. Con eso, enfrentar a los unipolares.
Y entonces la duda pregunta, cerrando el escrito: ¿Llegará
algún día el martillo a convertirse en mazo, en martiana
honda de David? ¿O simplemente no existirán más los
mazos, sólo martillos familiares? ¿O no habrá quiénes
los empuñen? ¿O sí...? O si millones de brazos con
pancartas en alto: “¡se nos hizo la utopía!”.
Mientras hay vida,
hay esperanza.
Y me viene a la
cabeza un viejo cuento, siempre invocado por un compa a quien decíamos
“El Pibe”. Un condenado a muerte pidió al rey una última
gracia. Le concediera un año y haría que en ese plazo un
caballo volara. No pierdo nada, se dijo el rey, que ese día estaba
de buenas, y le concedió la gracia. Te ganaste un año, le
dijo un amigo al reo. Más que eso, contestó el aludido. En
un año, pueden suceder muchas cosas. Puede morir el rey, e imploraré
piedad al sucesor. Puedo morir yo, y entonces no me habrán quitado
nada de mi vida. Pueden suceder muchas cosas... ¿y quién
te dice que el caballo no vuele?
Que se escuche
su galope en los cielos y en la tierra, brindo para que así sea.
La esperanza es
lo último que se pierde.