INTRODUCCIÓN
“El
enemigo no es el Mal sino el Infinito” sentenció Borges. Cuando
no se le ocurría opinar de política, el maestro demostraba
buena puntería. Claro, al Mal podemos oponerle el Bien. Pero ¿al
Infinito? ¿Oponerle lo finito? ¿Lo finito más evolucionado
que conocemos, es decir, nosotros mismos? ¿La nada? Tiempo perdido.
Lo finito se opone a lo finito y la nada al ser. Y a todos el Infinito
devora. Escrito con mayúscula, ninguna cosa le es externa, Él
todo lo abarca, carece de oponente. En esas condiciones, “el enemigo” es
invencible, escapa a los intentos de manipulación. Ahora bien, este
enfoque ha hecho crisis y resulta interesante recordar cómo el pensamiento
humano ha concebido al infinito, especialmente en matemáticas.
No siempre del
mismo modo. Dos y medio milenios atrás, Aristóteles, el filósofo
sin par de la Antigüedad, daba cuenta en su “Física” de la
conclusión a que había arribado: “de ser divisible, cualquier
parte que de él se tomara también sería infinita.”
Por absurda, Aristóteles rechazó tal alternativa. Mucho después,
en el siglo XVII, otra luminaria del pensamiento, Galileo, crítico
del aristotelismo nada menos que en la concepción del movimiento,
en esto del infinito es del mismo parecer. Hay que dejar atrás al
Renacimiento y la Revolución Industrial, y arribar a la segunda
mitad del siglo XIX para encontrar una nueva actitud del pensamiento frente
al “enemigo”.
EL TODO Y LA PARTE
Estamos habituados
a considerar universal esta propuesta nacida del sentido común:
“el todo es mayor que la parte”. Y así la registra hace dos milenios
Euclides en su obra clásica “Elementos”. Sin embargo, el ámbito
de aplicación de esa propuesta se reduce al mundo de lo finito.
Todo cambia cuando interviene el hechicero llamado Infinito. Allí,
dirá en el siglo XIX el matemático Dedekind, “la parte es
igual al todo”. Es la constatación de Aristóteles. Con la
diferencia que Dedekind acepta lo negado por el griego. En una palabra,
se levanta el veto aristotélico. Hay que aceptar al infinito como
es por absurdo que a nuestros ojos aparezca: divisible y plural. De modo
que el Infinito aludido al comienzo, omnicomprensivo, totalidad absoluta
que no admite división, queda de lado, carece de funcionalidad.
Puede ser concebido como necesario infinito en acto, pero no es operable.
¿Existe, no existe? Tanto da, de momento no nos sirve de nada.
Un ejemplo. Tomamos
la serie de los números “de contar”. La mitad son pares y la otra
mitad son nones. Pues bien, comparándolas entre sí, las tres
son infinitas y en el mismo grado. No existen series que, no teniendo principio
ni fin, sean “más grandes” unas que otras. Pero, siguiendo con el
ejemplo, si señalizamos un tramo omitiendo los números pares
o los nones, ese tramo será menor en contenidos que la serie general,
la cual comprende tanto a pares como a nones. En rigor, estamos comparando
finitos entre sí, y no podemos hacer otra cosa. Imagínense
que saliéramos a buscar el principio o el fin del infinito...
En torno a estas
cuestiones, versó la reflexión de los matemáticos
de los siglos XIX y XX particularmente en Alemania. Entre todos, hoy la
personalidad sobresaliente es reconocida en Cantor. Que, por cierto, en
vida no lo fue y más bien su polemista, el matemático Kronecker,
apareció como hombre de sano juicio frente a las “extravagancias”
de Cantor, quien pasó los últimos veinte años de vida
sumido en la depresión.
INFINITO EN ACTO Y EN POTENCIA
Kronecker apareció
reivindicando a Aristóteles, “finitista” como él. Volviendo
al griego antiguo, suya es la concepción de infinito en acto y en
potencia. Era un momento de profunda reflexión en la Grecia del
tiempo libre y de los filósofos. La escuela pitagórica había
hecho un descubrimiento: la relación entre diámetro y circunferencia,
el número “pi”, que se resistía a la exactitud, la cuenta
no se cerraba por más decimales que se agregasen tras mediciones
cada vez más precisas. ¡La exactitud negada en la casa de
las matemáticas! A tal punto resultaba increíble y subversivo,
que los pitagóricos resolvieron tomar dos medidas. Una, mantener
a “pi” en secreto. Dos, bautizarlo como irracional. ¡La racionalidad
negada en el templo de las matemáticas!
Pues bien, Aristóteles
toma el buey por los cuernos. El Infinito es uno, pero su manifestación
es dual. En acto, es decir, “todo” el Infinito, es atributo de Dios. En
potencia, “incompleto”, es como se nos ofrece a los humanos, a nuestra
inteligencia que es don divino. La relación entre diámetro
y circunferencia es el infinito en potencia que nos rinde testimonio del
Infinito en acto. De no existir Éste, tampoco habría aquél.
Es, por lo demás, una de las pruebas de la existencia de Dios. Así,
matemáticas y misticismo irán de la mano. El mismo Cantor,
hereje matemático, será un creyente religioso lleno de fervor.
Ahora bien, tal vez resulte más convincente la fórmula laica
que acuñó Peano para la aritmética de los números
cardinales, ya por cerrarse el siglo XIX: “El sucesor inmediato de un número
es un número”. Ello implica la renuncia al número final y
mayor de todos, suerte de dios matemático, renuncia que le viene
de su propia naturaleza y no del infinito en acto. Y al mismo tiempo que
entidad independiente, el sucesor inmediato completa la personalidad de
su antecesor inmediato. Se hace una cadena necesaria al número,
absolutamente necesaria, sine qua non.
Ahora
bien, entre dos números en sucesión inmediata ¿media
un lapso? Es bien conocido que matemáticas y temporalidad no se
llevan bien. Se diría que las primeras han escapado a la segunda.
¿Qué edad tiene un triángulo rectángulo? ¿O
un número? Son preguntas que carecen de sentido. Sin embargo, sea
en el despliegue decimal del irracional “pi” sea en la serie de números
“de contar”, hay un orden a tomar en cuenta. Si escribo 0, 1, 2, 4 (...)
he hecho trampa que de poco y nada me sirve: ese número 4 hace las
veces y cumple las funciones del 3, es decir, no escapa a su destino: sucesor
del 2. Y no puedo llegar al 4 sin pasar por el 3. ¿Y que es pasar
por el 3? En términos matemáticos, convocar a una entidad
inmortal, el número. En términos humanos, enunciar un símbolo
para dar lugar a su sucesor. Así que, retomando nuestra primera
pregunta sobre si media un lapso entre dos números en sucesión
inmediata, la respuesta afirmativa nos da con el infinito en potencia,
en tanto la negativa con el infinito en acto. Pero nosotros nos manejamos
con el primero en tanto el segundo, si existe, nos está vedado alcanzar
pero sí podemos suponer como un eterno presente. Allí donde
una cosa es y su contraria también es, donde todo está dado
al infinito y el tiempo abolido pues todo está en acto brindándose
sin necesitar de pasado ni de futuro, ambos se dan en el presente. Por
esta vez, las matemáticas aceptan a mister Tiempo, no hay manera
de construir el infinito en potencia sino en la sucesividad.
GEOMETRÍA Y CITA CON MI NOVIA
Vamos
a la geometría. El punto, unidad espacial para las matemáticas,
“es lo que no tiene partes”. Así quedó señalado desde
el alba por el padre de la geometría, el griego Euclides. Es una
definición que acabó no conformando pues las propiedades
del punto trascienden la indivisibilidad. Así, el matemático
Hilbert, ya despidiendo al siglo XIX, develó la naturaleza inmaterial
del punto sin llegar a definirlo. Pero bien se lo puede contrastar con
el infinito pues, si éste contiene infinito número de partes,
el punto, por el contrario, no posee ninguna, según citamos a Euclides.
¿Cómo se explica? No se explica. Es así.
Y
es así por decreto, la legitimación voluntarista del absurdo.
Y sin embargo, funciona fijando posiciones en el espacio sin que por ello
ocupe lugar, despojado de la virtud de la extensión. Claro, funciona
en un espacio que no pretende ser real sino ideal; o bien, como podría
decirse ahora, virtual. En verdad, se trata del culto a la diosa
Perfección. El mundo físico me impide llegar a lo último
de lo último, nunca puede descartarse la divisibilidad. Llegó
a suponerse que el átomo era la unidad física, luego resultó
estar compuesto de las llamadas partículas elementales. En matemáticas
podemos recrear el universo. Dar por cierta una unidad sin partes ni extensión,
es decir, inexistente desde el punto de vista físico, que además
goce de la virtud generadora. Capaz de hacer de sí mismo una recta.
De la recta, el plano. Del plano, el volumen. Esto es, pasar de lo no-dimensional
a lo unidimensional, de éste a lo bidimensional, de éste
a lo tridimensional, el volumen que finalmente nos recupera la materialidad.
¿Cómo
lo logramos? A golpes de magia. Y la magia se llama infinito. Un infinito
número de puntos da por resultado la línea. Si los puntos
van todos en la misma dirección, es la línea recta. Un segundo
golpe de magia y un infinito número de rectas “puestas de costado”
arroja por resultado el plano. Un tercer golpe de magia y un infinito número
de planos “apilados uno encima del otro” arroja por resultado el volumen.
Golpe
de magia es también el que convierte al polígono regular
en círculo. ¿Cómo? Otorgándole infinitos lados,
su perímetro se ha convertido en circunferencia. Es nuevamente el
golpe de magia. El círculo aparece así como la última
figura posible, que ya no es poligonal. O, lo que viene a lo mismo, resulta
un polígono de infinitos lados.
Permítanme.
A la cita con mi novia puedo llegar cinco minutos tarde, media hora tarde,
una hora tarde, etcétera. Pero ¿qué es lo más
tarde que puedo llegar? No tengo alternativa: lo más tarde que puedo
llegar es... nunca. Pero nunca ya no pertenece a la categoría
tarde. Ya mi novia se emparejó con otro, ya es abuela y a
mí me sacan de mi casa con los pies por delante... a mi cita de
hace cincuenta años voy a llegar lo más tarde posible, esto
es, nunca.
Pero
hay más. La definición geométrica del infinito fue
reconocida hace dos milenios por Sexto Empírico, griego antiguo,
y reiterada por pensadores de la modernidad como Nicolás de Cusa.
¿Cuál es la definición geométrica? El infinito
es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia
en ninguna. En una palabra, un círculo que se niega a sí
mismo. El centro en todas partes parece una opción “cómoda”
pero se trata de una trampa: resulta un punto cualquiera y a continuación
se lo desnuda de circunferencia. En el más amplio sentido de la
palabra: ésta no se encuentra en ninguna parte porque de estarlo
limitaría al círculo al cual pertenece. Pero entonces se
trata de una circunferencia que se confunde con el diámetro, devenidos
ambos una recta de suyo infinita. Más claro: la circunferencia se
va inflando como un globo de dos dimensiones, un arco asintótico
cada vez más cercano de la recta pero que jamás hará
una con ella porque necesita del golpe de magia del infinito. Dado, el
círculo se esfuma y su centro ha perdido toda significación,
resultando un punto cualquiera. El círculo ha sucumbido, le sobran
centros y le falta circunferencia.
CONCLUSIONES
Estamos
de regreso a la materialidad, habiendo partido de la nada, pues eso es
el punto: una nada. ¿Quién derrotó a la Nada? El Infinito.
Él es capaz de absorber los absurdos mayores, transmitiendo su virtud:
el número de puntos es infinito, lo es también la recta por
definición, igualmente el plano. En cambio, el volumen es finito.
Claro, para su plena materialidad habrá que dotarlo de movimiento
agregándole la cuarta dimensión, el tiempo. Pero el paso
de lo virtual a lo real está dado. De la fantasía matemática
al mundo físico. A la cuchara con que llevo la sopa a la boca. Para
mí, de pasta, por favor. Al avión que tomo para recorrer
grandes distancias. Pedí ventanilla, mire, está escrito,
y ahora resulta que en mi lugar se ha sentado otro pasajero. Así,
la cuchara y la sopa, el avión y las distancias que recorre para
dejarme en Honolulú, el planeta, la galaxia, el conjunto de las
galaxias, por desmesurados que nos aparezcan, son todos objetos de lo finito.
Nuestro
mundo es el mundo de lo finito. Pero, curiosamente, lo es a condición
de lo infinito. Cuchara, avión, planeta, galaxias... ¿y después?
Tiene que haber algo más, y tras éste, un segundo algo
más, y tras éste, otro, otro y así indefinidamente
como ocurre con los números “de contar”. Incluso si al cabo está
la nada, esa nada a estos efectos es un algo. No podemos concebir que tras
“la última estrella” el universo se acabe, o que los números
se agoten y exista uno final, el mayor de todos. No, el mismo Russell,
que alguna vez lo supuso, más tarde reconoció su error. Carecemos
de la percepción del infinito pero intuitivamente lo sabemos necesario.
Y las matemáticas nos dan las noticias del universo que la física
no se atreve: si finito a la medida de nuestros sentidos, infinito a la
razón que se niega a concebir “lo último”.
No
nos podemos imaginar el infinito salvo como una continuidad. A la vez,
esa continuidad es necesario que se renueve indefinidamente pues tampoco
podemos imaginar que el infinito se acabe. En potencia y en acto, este
hechicero mayor, que en ocasiones se hace llamar Dios, nos empuja al agnosticismo:
tanto no es concebible su presencia antropomórfica como su ausencia.
Ya
ven, poderoso como ninguno, a veces nos tienta escribirlo con mayúscula
y nombrarlo caballero. Don Infinito alias El Agnóstico y también
alias El Panteísta, discípulo del filósofo Spinoza.
Don Infinito, poderoso caballero, cuya voluntad en el universo se lee en
las inexorables leyes físicas y cuyo imaginario son las matemáticas.