Con
ese título, Dostoievski escribió una de sus novelas. Es que
el tema da, el jugador es una suerte de drogadicto psicológico.
Cuyo sino es implacable. Va a la ruleta o al naipe diciéndose que
esta vez va a ganar. No admitirá otra explicación que ésa.
Y sin embargo, ya de lleno en el juego, la fiebre de la apuesta lo gana
como auténtica droga. La suerte de su dinero es el pretexto, la
sensualidad es el motor. Para envolverse en ella, regresará una
y otra vez. Como el cocainómano a la droga. Y tal cual éste,
parte del placer consiste en estar autodestruyéndose. Otro escritor
ruso, Chéjov, dejó entre sus papeles póstumos la síntesis
de un argumento que no llegó a desarrollar: un jugador gana en una
noche una fortuna, luego se suicida.
En ese caso, nos aventuramos a suponer
que la decisión de acabar con su vida está tomada de antemano.
Y decide materializarla en la sala de juego. Que ella sea quien apriete
el gatillo después de perderlo todo apostando. Pero “las cosas le
salen mal” y en lugar de perderlo todo, gana una fortuna. Y su “triunfo”
le traerá la desgracia como si hubiera perdido. El jugador de Chéjov
rehúsa revisar su decisión suicida a la luz del imprevisto
resultado. Y se mata.
El parentesco entre jugador y suicida
se puede examinar en un plano más general donde nuestro personaje,
nunca contento consigo mismo, es perseguido por la negatividad. Si pierde,
porque pierde. Si gana, quedará insatisfecho y regresará
a la fiebre de la apuesta hasta que acabe perdiendo todo. Éste es
el verdadero jugador. El que se retira con el botín a disfrutarlo,
no es auténtico. Es una persona de negocios.
En el juego como en la droga, se
está obligado a aumentar las dosis si se quiere conservar el dulce
efecto. Apuesto, y gano. Doblo la apuesta, y pierdo. Pierdo todo: lo inicialmente
apostado y la ganancia. No me queda otro camino que el balazo o la sobredosis,
con ellos pagaré mi temeridad. Entre el ciudadano que aspira a hacerse
de unos pesos mediante un método infalible que le pasó su
vecino y el jugador puro que se pone a bailar al borde de un precipicio,
media una serie vastísima de casos, tales el personaje de Chéjov
o el de Dostoievski, si a la literatura estamos. Jugar por el placer de
jugar y jugar por el placer de autodestruirse, son dos que hacen una.