Marcos Winocur - rodelu.net
15 de Noviembre de 2004
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El jugador
Marcos Winocur
Con ese título, Dostoievski escribió una de sus novelas. Es que el tema da, el jugador es una suerte de drogadicto psicológico. Cuyo sino es implacable. Va a la ruleta o al naipe diciéndose que esta vez va a ganar. No admitirá otra explicación que ésa. Y sin embargo, ya de lleno en el juego, la fiebre de la apuesta lo gana como auténtica droga. La suerte de su dinero es el pretexto, la sensualidad es el motor. Para envolverse en ella, regresará una y otra vez. Como el cocainómano a la droga. Y tal cual éste, parte del placer consiste en estar autodestruyéndose. Otro escritor ruso, Chéjov, dejó entre sus papeles póstumos la síntesis de un argumento que no llegó a desarrollar: un jugador gana en una noche una fortuna, luego se suicida.

En ese caso, nos aventuramos a suponer que la decisión de acabar con su vida está tomada de antemano. Y decide materializarla en la sala de juego. Que ella sea quien apriete el gatillo después de perderlo todo apostando. Pero “las cosas le salen mal” y en lugar de perderlo todo, gana una fortuna. Y su “triunfo” le traerá la desgracia como si hubiera perdido. El jugador de Chéjov rehúsa revisar su decisión suicida a la luz del imprevisto resultado. Y se mata. 

El parentesco entre jugador y suicida se puede examinar en un plano más general donde nuestro personaje, nunca contento consigo mismo, es perseguido por la negatividad. Si pierde, porque pierde. Si gana, quedará insatisfecho y regresará a la fiebre de la apuesta hasta que acabe perdiendo todo. Éste es el verdadero jugador. El que se retira con el botín a disfrutarlo, no es auténtico. Es una persona de negocios.

En el juego como en la droga, se está obligado a aumentar las dosis si se quiere conservar el dulce efecto. Apuesto, y gano. Doblo la apuesta, y pierdo. Pierdo todo: lo inicialmente apostado y la ganancia. No me queda otro camino que el balazo o la sobredosis, con ellos pagaré mi temeridad. Entre el ciudadano que aspira a hacerse de unos pesos mediante un método infalible que le pasó su vecino y el jugador puro que se pone a bailar al borde de un precipicio, media una serie vastísima de casos, tales el personaje de Chéjov o el de Dostoievski, si a la literatura estamos. Jugar por el placer de jugar y jugar por el placer de autodestruirse, son dos que hacen una.
 

Marcos Winocur
marcoswinocur@yahoo.com.mx
 
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