Apuesto
contra la muerte
Marcos
Winocur
Pensando
y pensando, el otro día me acordé de una profecía
escrita treinta años atrás por el
hechicero mayor Jacques Bergier -coautor de un bestseller titulado “El
retorno de los brujos”-quien anunció la conquista de la inmortalidad
¡para los noventa, a más tardar en el 2000!
La profecía,
que sepamos, no se cumplió. Naturalmente, interesa como síntoma.
¿De qué? De la súbita agudización de un crónico
anhelo: la inmortalidad. Hoy, cuando la ciencia se ha puesto las botas
de las siete leguas; y cuando, a la vez, hemos cruzado de un milenio a
otro. Es decir, la soberbia humana: creemos tener derecho a todo, sin excluir
la vida eterna para cuerpo y alma.
Tal vez el
error del hechicero mayor sea doble: atarse a un plazo y no admitir el
carácter de apuesta más que de profecía. Por lo demás,
la inmortalidad puede ser vista desde otros ángulos, el religioso,
desde luego; y sin excluir el de la lógica, que dice: todo es posible
mientras los hechos no prueben lo contrario. Y éstos, cada vez más,
nos traen lo extraordinario, al punto de sostenerse que un arribo pacífico
de los ET no causaría mayor impacto que el mundial de fútbol.
Dirigir la mirada hacia el futuro es como levantarla hacia las nubes. Vagan
los ojos allá arriba sin que jamás el cielo azul se descubra
por completo, así el futuro: todo cabe en él, en su oscilante
parte oculta, también los sueños y las quimeras de acá
bajo, todo, como a Santa Claus, le podemos pedir. Y un buen día
el futuro nos da alcance, revelándonos qué sí y qué
no, de lado quedan las suposiciones, los hechos mandan, nada más
elocuente que ellos.
Y bien, mientras
eso ocurre, nadie ha probado que la eternidad nos esté vedada, podemos
reclamarla, no es gran cosa, señor Futuro; sólo el paso del
ser mortal al ser perenne; o, si se quiere, señor Futuro,
nos conformaríamos con algo así como la longevidad por un
tiempo a contratar con cada individuo.
Claro, las
religiones son generosas en promesas sobre la vida superior que nos espera;
no sabemos si se cumplirán, pero de momento son un bálsamo,
no necesitan de la profecía del señor Jacques Bergier. En
cuanto al no creyente, hemos preferido el camino difícil y, muertos
de miedo, nos ponemos a especular sobre el paso del ser al inimaginable
propio no-ser. Aguas, aguas ¿y el eterno retorno? El no-ser puede
considerarse como una pausa, la vida siempre regresa, la muerte un intervalo.
¿Qué tal? No tan benéfico como la seguridad del creyente,
pero ya es algo. Por lo demás ¿quién se encuentra
totalmente blindado contra las dudas?
Y es en este
momento de mi “pensando y pensando” cuando inopinadamente se presenta Mamacita
Naturaleza y toma la palabra:
-Eso del paso
del ser al no-ser, con o sin eterno retorno, me parece un jueguito propio
de desocupados. Y yo tengo mucho trabajo. ¿Quieren saber qué
es la muerte? Pues bien, es el mecanismo que encontré a mano para
renovar la vida; sí, la muerte permite prolongar la evolución
de múltiples formas, juega en armonía con otro mecanismo
renovador, la división en sexos, digo, en géneros. Ambos
van posibilitando acumular las diferencias que poco a poco de un pez harán
un mamífero, de un ciudadano de los mares harán un individuo
de la tierra, de un chango harán un hombre. El sexo y la muerte
siempre figuraron unidos, recuerden Eros y Thánatos. Y bien, los
dos trabajan para la evolución y ella es mi herramienta, ya lo saben.
-Pero ustedes
-continúa Mamacita Naturaleza-, tienen la bomba atómica,
no lo olviden. Y entonces toda esa cuidadosa evolución de las especies
que he planeado puede irse al carajo en el momento menos pensado y mi obra
arruinarse en La Guerra de Todas las Guerras, donde no hay vencedores,
todos quedan derrotados por propia insensatez. ¿Recuerdas lo de
Herodoto? En la paz los hijos entierran a los padres, en la guerra los
padres entierran a los hijos. ¿Lo recuerdas? Pues bien, tuvo vigencia
por más de dos mil años, se acabó, en su lugar va
esto: en la guerra nadie enterrará a nadie porque no quedarán
brazos para empuñar una pala, ni pala tampoco. La muerte es también
la bomba, ya lo sabes.
-Mejor harían,
ustedes, los hombres -continúa Mamacita Naturaleza-,
en comportarse de otra manera con la muerte, con doña Noojos; ser
amables con ella, pero, en cuanto la ven, quieren salir huyendo, eso le
cae mal. Además, desde hace siglos la tienen con la misma ropa,
los harapos de siempre, tristes y sin color. ¿Por qué no
le compran un vestido de seda? ¿Por qué no la llevan a bailar
al cuartel? ¿Por qué, eh, por qué?
Es cierto,
yo desvío la mirada, sintiéndome culpable. La tenemos descuidada,
lo reconozco. Pero, ni siquiera sabemos bien quién es ella. Tal
vez sea un poco de todo lo dicho, y algo más. ¿La muerte?
No una ley que Mamacita Naturaleza dictara en un momento de cólera,
no: una costumbre que, tal cual otras -y aquí va mi apuesta-
caerá en desuso. ¿Y si también cae en desuso la costumbre
de nacer?
Cuando de este
tema se trata, me gusta recordar las palabras dichas por un campesino cuyo
testimonio ha sido recogido por Aurelio Fernández; morando en las
faldas del Popo, el buen hombre se negaba a abandonar esas tierras a pesar
del peligro que significa la vecindad del volcán:
-Aquí
nací, aquí me toca perder.
De modo que
nacer igual a ganar y morir igual a perder, se entiende. Todos ganamos
con nacer y todos perdemos con morir. ¿Qué ganamos? La vida.
¿Qué perdemos? La vida.
De ella se
trata, quisiéramos conservarla para siempre, dejar de ser, a la
postre, perdedores. Y entonces, otros interrogantes se plantean. “El inmortal”
¿ha alcanzado la dicha? O, como el personaje del cuento de Borges
¿sólo anhela el regreso al país de los mortales? No
sé... ¿qué quieres que te diga? A veces me da más
miedo vivir eternamente que morir sin falta. De todos modos, no me arrepiento,
mantengo mi apuesta contra la muerte.
Orita vemos.
Marcos
Winocur
marcoswinocur@yahoo.com.mx
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