Marcos Winocur Marcos Winocur - rodelu.net
3 de julio de 2007

Este mundo de mierda dijo Saramago

Retomando la expresión usada por Saramago al recibir el Nobel, así titulé: Este mundo de mierda. Sin embargo, siendo originariamente una ponencia a presentar en un evento académico, hubo amigos que me aconsejaron: ta’grueso... ¿y si el título bloquea la lectura del texto? Ya sabes, no todo mundo pertenece al Club de los Destrampados... Acepté el consejo, en el medio universitario hay quienes son más formales que los jurados de la academia nórdica que otorga el Nobel.
- El socialismo genocida de Pol Pot en Camboya
El socialismo genocida de Pol Pot en Camboya

Marcos Winocur
Y en su lugar, busqué una fórmula alternativa: El mundo está de la chingada. ¿Y creerán? Tampoco gustó. Entonces, me dije, vamos a uno que tenga ecos infantiles, acordándome de Mafalda: Paren al mundo, me quiero bajar. Más inocente, imposible. ¡Y los amigos dijeron que no era académico! Ya cansado, corrí a todos mis espontáneos asesores, y recalé en: Este mundo que se cae a pedazos sin que otro salga al quite.

Y aquí me tienen. No se puede decir que yo sea un optimista. Me gustaría serlo. Uno se siente bien y con ánimos de hacer cosas. Cuando a las seis suena el despertador uno se levanta de un brinco, se da un regaderazo, y al salir saluda al vecino con una sonrisa. El vecino no contesta pero uno sigue como si nada, silbando bajito. Todo eso le está vedado al pesimista como yo, candidato a deprimirse más y más. Pero en todo hay grados. El optimista excesivo, todo lo ve color de rosa. ¿Y el pesimista excesivo? Ese, se suicida.

De la mano del optimista, viaja la utopía. El término está de moda. La utopía... cómo era vista ayer por los comunistas. Como algo acientífico y precientífico, que debía superarse sin falta si se querían hacer las cosas en serio. ¿Cómo se la ve hoy? Como una mentira piadosa que nos permite sobrevivir, como una medicina autoadministrada por las mañanas para darnos el impulso y abandonar las sábanas. Hoy no se mide a la utopía por el grado de alejamiento que guarda respecto de la realidad y de lo posible, sino por sus efectos terapéuticos. Algo ayer tenido por imposible, se demostró hoy que no lo es, y eso llevó su tiempo y un cambio de mentalidad. Cuántos en el pasado han suspirado con la mirada puesta en la luna, diciéndose:
Nunca la alcanzaremos.

Este era el pensamiento vulgar a pesar de Julio Verne y de H. G. Wells. Todavía en el siglo XIX era cuanto más fantasía y ficción. Al punto que, continuando con la astronomía, el filósofo Auguste Compte llegó a sostener que nunca conoceríamos de qué están hechas las estrellas, de las cuales sólo nos llega su luz. Y de eso se trata precisamente: su espectro de colores denuncia los materiales de los cuales la estrella está compuesta.

En el siglo XX, utopistas somos todos, pero una figura ha quedado al frente y en la memoria: el Che Guevara. Veamos. Si la gente de izquierda hablaba del hombre nuevo, el Che agregaba la proyección futurista: hacer en el siglo XX el hombre del siglo XXI. Si se trataba de los movimientos de liberación nacional en Latinoamérica, el Che iba lejos en la equiparación, pidiendo que en nuestro continente se dieran dos, tres vietnams. Así, otra vez el marco nacional le resultaba pequeño y hablaba de la revolución continental. Y tras ella dio su vida combatiendo como guerrillero en Bolivia. Si se le señalaba que no estaban dadas las condiciones para tamañas empresas, el Che contestaba con la teoría del foco, la cual hacía posible que grupos insurgentes, pequeños al comienzo, pusieran en marcha la revolución. Y al Che se le atribuye una consigna, quintaesencia del sentir utópico: “seamos realistas, exijamos lo imposible” –con un enunciado similar, he escuchado atribuirla a las pintadas de mayo del 68 en París y a un poema de Julio Cortázar. Y bien, siempre agregando algo, algo más, a la realidad de modo que ésta se convierte en inabordable. El hombre del siglo XXI en el siglo XX… lo tuvimos aproximadamente desde los años ochenta. Es un ser que no sabe manejar armas ni le dice nada la campaña de la Sierra Maestra, sobre su rostro pálido se refleja la luz pálida de la computadora, no el sol de la revolución. Ni por casualidad el Che pudo habérselo imaginado. Y así, todo. Muchos siguen creyendo en el cambio social pero sin violencia, resguardando la democracia y los derechos humanos. Es la adopción de un punto de vista socialdemócrata, contra el cual el Che se levantaba, tachándolo de engaño preparado para domesticar a los pueblos.

El mañana como realizador de lo imposible de hoy. Esa creencia, ese modo de ser utópicos, es lo que nos mantiene en pie.

Pero tampoco nos ciega. Lo imprevisto llevado al límite, no siempre nos ha dado la mano, también nos ha puesto contra la lona. ¿Quién iba a suponer la caída de la URSS? Era, eso también, un imposible que se demostró posible.

La utopía, como saldo de una realidad que ha vuelto las espaldas a los luchadores sociales, está en el ambiente, se respira. Así, el subcomandante Marcos desde el corazón de la selva en el sur mexicano, contestando a la pregunta de “qué queremos los zapatistas”: “Sembrar el árbol del mañana, eso queremos (...) suena tonto y loco, en todo caso no pasa de ser una frase efectista o una utopía trasnochada. Lo sabemos y sin embargo, eso queremos (...) eso hacemos.” (16.08.99). Son las palabras del sub.

¿Cómo interpretar? ¿Es un símbolo, una táctica, la confesión de una orfandad programática?

Como sea, ahí está doña Utopía. Aparece donde menos se lo piensa... allí donde un estado de necesidad –la tierra, sustento de todos, está en pleito, la represión se lleva decenas de víctimas como sucedió en Acteal, se pasa hambre, la desnutrición es crónica- no impide soñar... por lo menos al sub.

Y por el otro lado, la actitud de la gente cuando ha satisfecho sus necesidades primarias, como sucedió en la URSS y las naciones socialistas del este europeo. Puede un nuevo sistema social instalarse en medio de grandes festejos, revolucionarse las estructuras, cambiar el régimen de la propiedad, machacar día tras día a través de los medios y la escuela sobre los beneficios del socialismo adoptado. Puede hacerse todo eso y más... pero, si la gente dice: prefiero competir a cooperar, mi vecino no es mi hermano, es alguien que quiere llegar al mismo lugar que yo antes que yo, y no lo dejaré. Mientras ése sea el sentir dominante, canjeada la utopía socialista por la capitalista que hace soñar con el Henry Ford de comienzos de siglo XX, de la nada convertirse en millonario, mientras así suceda y los malos tiempos de la guerra y las hambrunas en Rusia hayan sido sepultados en el olvido, no queda nada por hacer. Imponer el sistema socialista recurriendo fundamentalmente a la fuerza, como lo tentó Stalin en su momento, o bien, llegando al límite de cometer genocidio como Pol Pot en Camboya, de poco sirve. Si la gente vive la experiencia, vive el socialismo real, y dice no, tarde o temprano será no. Y cuando decimos la gente, es con un sentido de voluntad colectiva mayoritaria, de mentalidad dominante al seno del pueblo, que agrupa tanto a salariados como a no asalariados. Para el socialismo de raíz marxista del siglo XX, la oportunidad histórica ha pasado.

En ese sentido, no estará de más subrayar cómo se desplegó una variada gama de “comunismos”. Desde el autogestionario, respetuoso de la pequeña y mediana empresa, recibiendo la ayuda económica de Occidente, habiendo roto con Stalin y el estalinismo ¡en 1948! desde este socialismo casi liberal de la Yugoslavia bajo Tito, al socialismo genocida de Pol Pot en Camboya, hubo una buena cantidad de matices intermedios, como China y Cuba, como la URSS postestalineana, particularmente bajo Gorbachov. Y bien, desaparecida la URSS y abjurado el socialismo de filiación marxista, algunos países continúan tratando de salvar lo que se pueda, elaborando al vapor modelos mixtos donde concurre el capitalismo. Particularmente patético resulta el caso yugoslavo. Allí donde más “suave” se intentó edificar la nueva sociedad, con más virulencia han estallado las contradicciones a un nivel que se creía superado para siempre: guerras civiles raciales y religiosas, separatismo, persecución al grado de migraciones masivas.

De modo que Yugoslavia no se había logrado como país socialista, ni tan siquiera como país... y el odio racial y religioso, las rivalidades regionales y el afán homicida no se habían borrado. Ahí permanecían como mentalidad profunda, más fuertes que todo, esperando su oportunidad.

Una de las cuestiones más difíciles que enfrentábamos eran los derechos humanos. Hoy, cuando la consigna de la revolución ha desaparecido del horizonte, en eso por lo menos respiramos aliviados: no más contradicciones entre revolución y derechos humanos. Pero eso, hoy. Ayer fue muy distinto. Las violaciones a éstos en los países socialistas eran el alimento diario de los medios. Los comunistas optábamos por una política de equidad: el 50% lo negábamos por calumnia, el otro 50% era el precio que debía pagarse por mantener viva la revolución. Claro, las cosas más feas como la tortura, el desarraigo masivo y la ejecución de prisioneros, las adjudicábamos al 50% de las mentiras propaladas por la CIA. Para el otro 50%, el justificado en nombre de la revolución, un antecedente histórico nos venía permanentemente a la memoria y al discurso: la gesta francesa del 89, que, para alumbrar el mundo burgués de hoy, no dio descanso a la guillotina, particularmente en el periodo del terror. La figura que surgía era Robespierre, cuya memoria no se omite de los homenajes incluso oficiales, como pude presenciarlo en París cuando el bicentenario, en 1989. De modo que el argumento de la revolución francesa funcionaba con su lógica histórica y tratábamos de equipararlo al caso de la URSS.

Hoy, depurada la información, no existe dudas sobre el grado de represión alcanzado bajo Stalin. Y todo ¿para qué? Por lo menos, la revolución francesa, el terror y Robespierre pueden exclamar: señores, gracias a nosotros el capitalismo desembarcó con pie firme en Europa continental, que fue como decir en el mundo entero. Pero ¿la URSS? Se vino abajo como castillo de naipes sin dejar huella de su paso. Al contrario, la represión estalinista no hizo sino apresurar las cosas.

Stalin fue un modelo para Pol Pot, quien llegó más lejos que su maestro. Pero ¿quién fue este Pol Pot? Jefe del Kmer rouge, el movimiento comunista de Camboya, su idea era bien simple: la ciudad vive a costillas del campo, a esa injusticia debe ponérsele fin, sin contar que se trata de mano de obra restada al esfuerzo general de la sociedad, vamos a enseñarles a trabajar a esos holgazanes, por su culpa la producción agraria es baja, en el campo camboyano se sufre hambre.

¿Cuál es la solución? Muy sencillo, vaciar las ciudades con una emigración masiva hacia el campo, comenzando por la capital Pnom Penh. Llevar uno, dos millones a los trabajos agrarios. Si alguna vez los brazos faltaron, ahora con el éxodo, sobraron. ¡Y de qué manera! No había infraestructra capaz de albergarlos, la gente comenzó a morirse de inanición pues ¿con qué alimentarlos? Con los frutos que ellos mismos extraigan de la tierra, contestaba Pol Pot. Pero eso requiere de tiempo y organización y ¿mientras tanto? Mientras tanto se come todos los días... o se muere de hambre.

En este punto, Stalin había quedado atrás, sobretodo si se piensa en la relación deportados/pobladores del país. Y surgen entonces las preguntas. ¿Comunistas enloquecidos por la utopía, pero comunistas al fin? ¿O psicópatas que disfrutan asesinando multitudes? Entre Stalin y Pol Pot, por un lado y, para actualizarnos, podemos agregar a Milosevic, entre este trío y Barba Azul o Charles Manson, por otro lado, ambos multiasesinos, ¿no hay más diferencia que ésta: el trío detentaba el poder mientras que los últimos dos se las arreglaban clandestinamente?

La tentación de contestar afirmativamente es grande. Soluciona las tragedias de la memoria histórica sin complicaciones, pinches degenerados ¡a la horca! Y se los puede rematar haciendo el símil: igual que Hitler y los nazis. Por desgracia, las cosas son más complicadas. Ya que mencionamos a Hitler, vamos a tomar su caso. Como se sabe, la piedra angular de su ideología es el racismo. Los arios somos una raza superior, podemos hacer del mundo lo que mejor consideremos. Y la expresión práctica de esa ideología se encuentra en el antisemitismo, en satanizar a los judíos para luego eliminarlos físicamente en los campos de exterminio. En una primera fase, cuando el nazismo es oposición y concurre a las elecciones en la Alemania de los años veinte y hasta enero de 1933 en que Hitler asume la cancillería, el antisemitismo es políticamente redituable. La Alemania derrotada y herida en su dignidad nacional en Versalles, donde se firmara en 1918 el armisticio de la derrota en la Primera Guerra Mundial, encuentra en los judíos apátridas el chivo expiatorio. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial en 1939, las cosas cambian. Ya no es política la prioridad, sino militar. Y con mayor razón a partir de 1942, cuando la suerte de las armas entra a ser dudosa para el Tercer Reich. ¿Qué creen? Es en 1942 que Hitler decide la llamada “solución final” para los judíos, es decir, su aniquilamiento. El alto mando militar alemán clama: ¡Cuándo más necesitamos de los trenes para aprovisionar a nuestras tropas, el Führer los ocupa para el transporte de civiles, esos judíos que no matan una mosca y que destina al matadero! ¿No podría dejarlo para después? Da la impresión que, en efecto, a Hitler le importara más el genocidio de los judíos que el curso de la guerra. Y el fenómeno se va incrementando: más dudosa es la suerte de las armas, más judíos se exterminan, y estamos hablando de varios millones que se transportan a partir de 1942.

Por más que la figura sea detestable ¿podemos hablar aquí de “los crímenes de Hitler” como si en la naturaleza asesina del lider acabara el problema? Pienso que no, que es la salida fácil de la cuestión cuando la raíz ideológica nos lleva muchos más lejos. El Führer estaba convencido del carácter satánico de los judíos, ellos habían conspirado desde siempre contra Alemania y contra la raza aria, el argumento no se detenía en la táctica política útil de la preguerra, sino que constituyó uno de los ejes estratégicos de su actuar. La “judería”, como acostumbraba nombrarla, era el Enemigo Número Uno, mereciendo la prioridad en la tarea de aniquilamiento. Mientras quedara un judío vivo, Alemania no estaba segura. Después... claro, después habría tiempo para arreglar cuentas con los demás; con los judíos era ya. En una palabra, Hitler estaba convencido de la verdad de sus consignas y de estar predestinado a cumplirlas sobre la tierra o, al menos, sobre Europa.

Y bien, la represión bajo el Führer fue mayor que bajo Stalin, el exterminio industrializado de los campos de exterminio no tiene parangón en la Historia. Pero no reside ahí la similitud profunda, sino en el carácter a dominante ideológico en ambos casos. Donde Hitler focalizaba “judíos”, Stalin lo hacía con “enemigo de clase”. Y se lo creían, el motor era ideológico a todas luces. Pero ahí reside igualmente la diferencia: la utopía nazi marcha hacia “mil años de nacionalsocialismo” donde la raza aria gobierna el planeta reduciendo al resto de la humanidad, como seres inferiores que son, a la esclavitud; la utopía comunista pretende lograr la igualdad de los hombres en una sociedad donde las clases sociales han desaparecido por históricamente obsoletas; nadie será esclavo ni dependiente de nadie, la producción de los bienes será suficiente para todos: “a cada uno según su necesidad, de cada uno según su capacidad” escribió Marx.

Stalin estaba convencido de todo eso y agregaba por su cuenta la divisa de Maquiavelo: “importa el fin, no los medios”. Y no reparó en medios para alcanzar el fin. El efecto fue contrario, dio un argumento más contra el socialismo. Hizo del terror una práctica permanente, lo cual lo separa de Robespierre pues en la Revolución francesa el terror sólo cubre un lapso y luego desaparece arrastrando al mismo Robespierre.

Creo que en los casos contemporáneos de Stalin y de Hitler, la similitud estriba en el uso del componente ideológico y la diferencia en que el nazismo configura una utopía regresiva mientras que el comunismo se presenta como una utopía de progreso. Ambas ciegas, ambas irrealizables, ambas sustentadas en la necesidad de autoengañarse para soportar el “absurdo metafísico” de la muerte que tampoco se soluciona con la inmortalidad. No sé si este flash histórico revela aspectos escondidos de la contradicción vivida entre derechos humanos y revolución, entre la soberanía checa violada en el 68 y el impulso de no dejar caer al socialismo, entre el rechazo a la pena de muerte y el paredón de Cuba para los torturadores en el 59, entre... la lista sería larga. No sé. Pero de algo estoy seguro: la violadora Número Uno de los derechos humanos es la muerte acompañada del sentimiento que negarla, que derrotarla, no nos hace otra cosa que cambiar de Purgatorio, sin que los humanos sepamos porqué así nos han entrampado, qué pecado estamos expiando... dicho sea con perdón de Eva y Adán.


Nota relacionada: Porque yo lo digo


Marcos Winocur
Escritor argentino, reside en México
marcoswinocur@yahoo.com.mx
 
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