Marcos Winocur Marcos Winocur - rodelu.net
19 de julio de 2007

Lenin, tan utópico como Jesucristo _

El autoengaño,
una filosofía de vida

Len..., digo, Ulianov, casi se me escapa y me doy la gran quemada, justamente: desde hace varias décadas este Ulianov es miembro distinguido del Club de los Innombrables. Y bien, dentro del medio centenar de volúmenes de sus obras completas, las referencias a cuestiones de moral o la conducta del buen comunista, aparecen perdidas frente al aluvión de consideraciones políticas.

Marcos Winocur
En el marco de los partidos de la III Internacional, no eran usuales y las referencias morales o de conducta que se encuentran son casi siempre intencionadas, se usaban las “lecciones del pasado” para reforzar algo del presente cuya crítica o elogio se hacía. Los juicios más severos estaban reservados a las catástrofes de tipo ideológico, las llamadas desviaciones de derecha o izquierda, por ejemplo caer en actitudes socialdemócratas (calificadas como socialchauvinistas o socialtraidoras) o bien deslizarse hacia el cretinismo parlamentario, someterse a la aristocracia obrera -para emplear la jerga de la época- que negociaba ventajas económicas para la clase obrera a cambio del abandono de los principios.

En fin, males y peligros acechaban, pero su índole era ideológica. Lenin –me voy a arriesgar a usar su nombre conocido- escribe un libro durísimo desde el mismo título: “El renegado Kautsky”. Un libro insultante para quien es acusado de haberse pasado al enemigo, pero jamás a Lenin se le hubiera ocurrido pensar que había sido por un precio, que Kautsky se había vendido al gran capital.

Y bien, los partidos podían hundirse a causa de errores cometidos, eso era otra cosa. Por ejemplo, las críticas que, ya Lenin desaparecido, se hicieron a los comunistas alemanes al no haber apoyado en los años treinta a los socialdemócratas contra el nazismo, facilitando así el acceso de éste al poder, experiencia que llevó al cambio de táctica de la III Internacional, dejando la consigna de “clase contra clase” y adoptando en su lugar la de “frente popular”.

Pero ¿señalamientos morales? Se comprenden como preocupación de la Iglesia pero no de los comunistas cuya moral acrisolada se descontaba... ¿que un tesorero del partido desviara fondos hacia su bolsillo? Era inconcebible en aquellos tiempos pioneros de los años veinte y treinta, y ni qué hablar de los cuarenta de la guerra. Y sin embargo, con el correr del tiempo, la virtud dejó lugar a la corrupción: de traficar en el mercado negro a las mafias ya formadas en los años que precedieron al derrumbe de la URSS. Esto es, lo inconcebible pasó a ser lo dominante.

Y algo debió pasar entre aquellos años de los pioneros bolcheviques y, medio siglo después, de los corruptos comunistas que practicaban el mercado negro y el tráfico de influencias en la URSS y luego, caída ésta, sus nombres se registran “oficialmente” en las mafias rusas. Algo debió pasar. Naturalmente, lo precario de medios y el fervor revolucionario de los primeros años implicaron la austeridad y, en cambio, las comodidades y el confort crearon la tendencia a la molicie y la soberbia, entre otros graves defectos morales. Pero no es suficiente explicación. El poder no corrompe fatalmente. Y en el caso de la URSS, mediaban los veinte millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial.

Llegaban los nazis a las aldeas, a los barrios en las ciudades y lo primero que hacían era formar a la población civil delante suyo. Igual tratamiento si eran prisioneros de guerra, que cayeron por cientos de miles en los primeros meses de la ofensiva alemana sobre territorio soviético. Y les ordenaban: los comisarios políticos, dos pasos adelante. Si el silencio era la respuesta a sus órdenes, los nazis comenzaban el quinteo: uno de cada cinco de los formados, dos pasos adelante y en el acto frente a todos eran fusilados. No faltaba entonces quien, para salvar su vida, entregaba a los comisarios. Así fueron diezmados muchos de los mejores y más probados cuadros del PCUS.

Es cierto que la cifra de veinte millones de muertos del lado soviético debe ponerse entre paréntesis. Los cubanos, en los primeros tiempos de la revolución, hablaron de veinte mil mártires caídos en la lucha contra la dictadura, y un posterior recuento dado a conocer por el comunista francés Jacques Arnauld, hace ya más de treinta años, estableció una cifra bastante más modesta, en torno a los dos mil. No obstante, en el caso soviético, a más de medio siglo del fin de la Segunda Guerra Mundial, se sigue manejando en todas partes la cifra de veinte millones de caídos del lado de la URSS, país que soportó el mayor peso del conflicto armado entre 1941 y 1945. Y aun si fueran menos, la sangría en las filas del PCUS es un hecho indiscutible. El partido de la revolución y de la guerra civil, de los héroes del trabajo socialista, vencedores de las hambrunas y demoledores del muro de las injusticias sociales, ya no existía. Una buena cantidad de oportunistas vino a cubrir el vacío con los resultados conocidos. En 1991 no salieron a defender al PCUS ni al poder socialista, y al día siguiente, entre los aplausos a Yeltsin, eran los mafiosos, los mandamás de la burocracia, los beneficiaros de las privatizaciones, los nuevos ricos.

El partido se había desangrado y en ese aspecto se puede decir que la URSS había perdido la guerra o, si se quiere, logró una victoria a lo Pirro. Y luego, ganado por la soberbia del poder y el arribismo, se hundió ante los ojos atónitos del mundo. Lenin tuvo razón, pero poca: no insistió lo suficiente en el tema moral. Y esa poca razón para nada sirvió, las suyas fueron palabras perdidas entre miles de páginas de las obras completas, olvidadas por sus sucesores, junto a la sana costumbre de la crítica, ahogada por el culto a la personalidad estaliniano, muestra de soberbia y a la vez de servilismo, cocinado en el desdén por la democracia y las masas, y que fue prontamente adoptado por la burocracia soviética como estilo de trabajo.


Lenin, tan utópico como Jesucristo

Todavía en 1919/1920, la utopía brillaba en la joven URSS. Lenin, el lider indiscutido, continuaba apegado al discurso utópico:

“(...) la generación que tiene hoy (en la URSS) quince años y que de aquí a diez o veinte vivirá en una sociedad comunista (...).” Así se expresaba Lenin ante un congreso de jóvenes celebrado el 02.10.20. Mucho después, en 1960, el jefe de Estado soviético, Nikita Krustchev, reiterará la profecía sobre otro calendario: en veinte años más pasaremos al comunismo. Era parte de las utopías resucitadas en los “fabulosos” años sesenta y que ya sabemos cómo epilogaron.

Volvamos a Lenin: “Hoy que el poder soviético se extiende por el mundo entero (...).” Texto publicado el 19.03.19. Nuevamente Lenin: “(...) hacia la victoria total de la revolución comunista mundial.” Palabras finales de un discurso pronunciado el 20.03.19. Esta idea se encuentra en los bolcheviques pero, a partir de 1920, todavía en vida de Lenin, ve su opacarse y será reemplazada con Stalin por el “socialismo en un solo país” . La revolución mundial se encuentra mencionada en Marx y como bandera se registra en la disidencia de Trotsky, y más tarde es retomada parcialmente como revolución continental latinoamericana por Fidel Castro en los sesenta y desde luego por el Che Guevara.

Y bien, los dos grandes temas. La revolución mundial y la construcción de una sociedad comunista. En tiempos de Lenin: la primera a la orden del día, la segunda al correr de unos pocos años. Naturalmente, las consignas utópicas, para conmover, para llevar a la acción, necesitan darse plazos que involucren a los hombres que luchan por ellas. Será su recompensa en vida. Hay pues que profetizar en el corto plazo. Ya Jesucristo supo de eso:

“En verdad os digo que no pasará de esta generación sin que todo sea cumplido”. Y Jesucristo no se andaba con medias tintas: “El sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas”. Esto fue profetizado hace poco menos de dos milenios. Y la necesidad utópica es tan fuerte que muchos continúan esperando ese día.


Este mundo de mierda

Al no ser propietario de su vida, el hombre de nada es propietario. Al nacer le hacen un préstamo, como decían los antiguos, al morir debe devolverlo, de nada es dueño, sólo prestatario. El hombre sin embargo pone todo su empeño en olvidar y actúa como si todo cuanto está al alcance de su mano pudiera pertenecerle. La fuerza de trabajo de otros hombres y de las bestias, éstas como alimento y en general la naturaleza entera que permanece a su disposición, así se cree con derecho a romper el equilibrio ecológico. Las tierras, las máquinas, las fábricas, en fin, los objetos de su industria, etcétera. De todo se cree el hombre dueño, en particular aquellos especímenes que sobresalen en la especie humana, los que, de un modo u otro, acumulan riquezas. ¿Y para qué? Viene la muerte y los despoja de todo. Nadie se lleva nada al más allá, todo queda en el más acá, incluso su cuerpo, incluso la energía que servía para moverlo.

Pero el hombre, si pudiera, vendería lotes en la Luna, ya existe el turismo extraterrestre pagadero en dólares. Y las leyes, los jueces y los gobernantes establecen el resguardo de la propiedad... o de la corrupción, que es la propiedad mal habida. Así estamos, sumergidos en la utopía, el hecho de considerarse propietario universal es ya manifestación de la extraordinaria capacidad del hombre para el autoengaño. De cómo lo necesita, al grado de hacerle soportable la vida, de enseñorearse en sus ilusiones, de sus planes de vida, de su voluntad. La muerte es así “derrotada” por la propiedad privada. ¿Cómo me voy a ir si todo esto me pertenece, los frutos del trabajo de una vida? Me hace acordar a un amigo de la familia, que estaba loco y mi papá fue a visitar al manicomio. El sujeto dio pruebas de la más grande cordura todo el tiempo de la visita y para terminar le llevó a conocer las instalaciones del manicomio. Mi papá estaba impresionado, al punto que llegó a decirle: ¿y, mi amigo, cuándo sale de aquí, cuándo se reincorpora a la vida normal? Pero, señor Winocur , protestó el aludido, ¿qué está usted diciendo? ¿Cómo voy a dejar esto si es todo mío? El pobre loco se creía dueño del manicomio. Y así estamos nosotros, los hombres, dueños del mundo.

Jorge Luis Borges nos dio una metáfora ad hoc. “Estamos construyendo sobre arenas, pero nuestro deber es hacerlo como si sobre roca fuera” dijo. Por mi parte, y no se considere insolencia al maestro, no diría “nuestro deber” sino: no nos queda de otra.

Así, el autoengaño, una filosofía de vida.


Notas relacionadas:
Porque yo lo digo
Este mundo de mierda dijo Saramago


Marcos Winocur
Escritor argentino, reside en México
marcoswinocur@yahoo.com.mx
 
PORTADA WINOCUR