Marcos Winocur - rodelu.net |
26 de julio de 2007
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Árabes y judíos: primos hermanos
Hace varios milenios, cuando llegaron los judíos a la tierra prometida, la encontraron ocupada y la hicieron suya.
En el segundo acto, los judíos son expulsados, es la diáspora ordenada por Roma. En el tercer acto, los judíos, luego de sufrir el holocausto, regresan a la tierra prometida y nuevamente la encuentran ocupada. El conflicto estalla y en ese punto nos encontramos hoy y desde hace poco menos de medio siglo. Y bien ¿a quién pertenecen esas tierras?
Marcos
Winocur
Pertenecen tanto a palestinos como a israelíes, por ello dan lugar a distintos Estados que los representan y son soberanos en las tierras que en definitiva se asienten.
Vientos de paz vuelven a soplar, todavía débilmente. Es la hora de bajar la espada y admitir que el conflicto sólo una salida tiene: que ambos pueblos coexistan como vecinos. Lo exige una necesidad vital y lo reafirma una historia de milenios. A ésta nos vamos a referir.
Los judíos, al rechazar a Jesucristo, hicieron el peor negocio de todos los tiempos. Pero los cristianos, al aceptar sin cortes al Viejo Testamento, tampoco se mostraron precavidos negociantes pues éste contiene pasajes que mejor si los borramos. En realidad, hace dos milenios, los judíos se dividieron. Por un lado, los hombres del poder, atrincherados en el templo y por el otro, este grupo de militantes revolucionarios, los apóstoles, liderados por otro judío, Jesucristo, a quien acabaron por considerar de naturaleza divina. Ninguna credibilidad hubieran ganado si rechazaban al Viejo Testamento o si intentaban modificarlo, de modo que lo aceptaron in totum.
Permítasenos aquí una incursión histórica de larga duración, como lo aconsejaba Fernand Braudel. Vayamos a las primeras páginas de la Biblia, recordando que Abraham es reconocido como patriarca fundacional de tres religiones. Los judíos en la descendencia de Isaac, hijo de Abraham, los musulmanes en la descendencia de un hermano de Isaac, los cristianos al adoptar como texto sagrado el Antiguo Testamento. Agreguemos que la Biblia en su integridad, si bien no es profesada por los musulmanes, motiva su respeto. Y en esas páginas se relata cómo comienza el drama. En el Libro de Josué del Antiguo Testamento se narra que, tras años de errar en el desierto, el pueblo judío arribó a la tierra prometida y la encontró ocupada. ¿Qué hizo entonces?
Emprendió la conquista a sangre y fuego. El escenario geográfico es el de hoy, sólo que varios milenios atrás. En el Libro de Josué tanto se habla de Cisjordania como de Gaza, aquí van algunas citas extraídas del texto sagrado respecto de la violencia ejercida por Israel al grado de exterminio.
“10.28. Aquel mismo día tomó Josué a Maquedá y la pasó a filo de espada (...) sin dejar quien escapase. 10.29. De Maquedá pasó Josué, y con él todo Israel, a Libná, e hizo guerra contra Libná. 10.30. Y Yahvé la entregó, junto con su rey, en manos de Israel; y (Josué) la pasó a filo de espada. 10.40. Así batió Josué todo el país(...) ”. Más referencias se encuentran en otros libros del Antiguo Testamento, Números (31, 7-18. También 33, 55 y 21, 2) Deuteronomio (20, 16-17).
En camino a la tierra prometida, Moisés, quien a su muerte será reemplazado por Josué, recibe de Dios las tablas sagradas de los diez mandamientos, donde resalta: “No matarás”. ¿En qué quedamos? La respuesta es sencilla. Los diez mandamientos están dirigidos al pueblo de Israel y rigen entre sus ciudadanos, al interior. Al exterior, los bárbaros extranjeros, que dirá Roma, regía otro estatuto: el exterminio del enemigo en guerra.
Tentados estamos de establecer una fácil comparación: varios milenios después, Israel repite su estrategia contra los ocupantes de esas tierras. Y lo que es peor, después de haberlo sufrido en carne propia a manos de los nazis.
¿Vamos pues a condenar a los autores de aquellas masacres que comienzan en tiempos bíblicos? No, por una simple razón : a la época, todos hacían lo mismo, hombres y dioses. Caso contrario, debemos pedir que Yahvé, Dios de los judíos compartido por los cristianos, sea sentado en el banquillo de los acusados ante el Tribunal de La Haya. No lo podemos hacer con Josué, pero sí con Él, único sobreviviente de los citados hechos de guerra, dada su condición de inmortal. Y da la casualidad que aquel Dios del Antiguo Testamento lo será también de la Cristiandad, venerado por católicos, protestantes, ortodoxos, abarcando la mayor parte de la población en Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, incluida Rusia. No, no vamos a sentar a Dios anacrónicamente en el banquillo.
Claro, en aquel entonces el exterminio de los prisioneros resulta de una concepción anterior a los derechos humanos, en una época en que éstos carecían de significado real, varios milenios antes de la llegada de Jesús. Dios ha provisto al hombre del libre albedrío -afirma la Iglesia- y en aquellos tiempos la elección no puede concebirse si una de las opciones es ininteligible, y tal los derechos humanos. Como si exigiéramos a los hombres de aquella época que tomaran en cuenta la existencia de las bacterias o estuvieran ocupados en la fabricación del automóvil. Quien quisiera triunfar en aquella guerra de conquista, sólo tenía una opción, el exterminio: “el mejor enemigo es el enemigo muerto”.
Y sin embargo, en aquel entonces bíblico, al alba de las civilizaciones, todo estaba por cambiar. He aquí que los prisioneros guerra sí sirven para algo, se los puede conservar vivos con gran beneficio. Cederá el exterminio cuando los vencedores descubran el valor de aquellos como fuerza de trabajo: habrá nacido la esclavitud. Un progreso respecto del exterminio, una rémora cuando mucho tiempo después Roma extienda su poderío asfixiante en torno al Mediterráneo. Y aquí viene la distinción: son las tierras de Palestina el mismo escenario geográfico, como señalamos, pero no el mismo escenario histórico. Lo cual significa: vivimos tiempos que no admiten la salida del exterminio ni tampoco de la diáspora o de la esclavitud. Tiempos que, al menos, admiten los derechos humanos como apuesta, millones lo reclaman en el mundo, en cada uno de los conflictos que se abren. El Yahvé del Antiguo Testamento quedó atrás, Roma quedó atrás. Los pueblos palestino e israelí no tienen otra salida que la convivencia.
Y en este último punto no puede dejarse de lado la convergencia de Jesús, con su undécimo mandamiento: “amarás al prójimo como a ti mismo”. Es un mensaje contra la esclavitud y contra Roma. Pero nuestros dos escenarios están situados el uno varios milenios antes de la llegada de Jesús y el otro dos mil años después, es decir, hoy. Los derechos humanos son conquista contemporánea y si en el escenario uno no significan, en el dos sí. Y actualmente están siendo violados tanto por israelíes como por palestinos, unos por ocupar territorios fuera de sus fronteras, los otros por practicar el terrorismo. No se concibe una solución sin que cesen ambos actos de violencia extrema.
Es verdaderamente una tarea histórica, clamor de milenios. Desde la huída de los judíos de Egipto y su llegada a la tierra prometida donde aniquilan a los ocupantes, según testimonia la Biblia. Para ser a su vez lanzados a la diáspora por los romanos, perdiendo aquellas tierras y convirtiéndose en los “judíos errantes”. Después de dos mil años de diáspora y de sufrir el holocausto, regresan a Palestina y nuevamente la encuentran ocupada. Por lo demás, en su segundo éxodo los judíos no tienen a Yahvé interviniendo para guiarlos en su marcha y en las batallas. Dios ha desaparecido de escena, queda en su lugar el libre albedrío, que, en otras palabras, quiere decir: los hombres han hartado al poder superior, que se las arreglen como puedan.
Todo muestra que las distancias entre el remoto ayer y el hoy se acortan al tiempo que los derechos humanos son todavía una apuesta contemporánea. Pero una apuesta por la cual vale la pena jugarse. Es curioso cómo, a la vuelta de la Historia, el judío errante crea al palestino errante, condenado hasta hace poco a una diáspora por el entorno de los países árabes. El reconocimiento del derecho de los palestinos a un Estado y las medidas que en ese sentido se fueron implementando, abrieron el camino a la paz. Pero el espíritu de Camp David y de los acuerdos de Oslo poco duró.
En suma, una tragedia que lleva varios milenios ¿ha sido suficiente para aprender de la experiencia? Es decir: que es la hora de la mesa de negociaciones, que en las creencias religiosas ambos pueblos reconocen un tronco común, el de Abraham, y por eso se llaman primos, deponiendo la desconfianza y el rencor mutuos, que esas tierras a los dos pertenecen, y que la espada debe envainarse, sólo así se podrá entrever la salida al pleito milenario. Como están las cosas, el gesto corresponde a ambas partes en conflicto, las dos deben actuar simultáneamente deponiendo la violencia. Será el mejor saludo, el único que tiene probabilidades de ser escuchado. Y quede la puerta franqueada para recrear el clima de Camp David, donde el shalom al primo palestino sea correspondido por éste, dando carpetazo a la violencia.
Y bien, el gobierno israelí ¿pondrá para la paz el mismo empeño que puso para la guerra? Y la autoridad palestina ¿hará cesar el juego de negociaciones bajo presión de terrorismo, que no provoca concesiones sino represalias?
Marcos
Winocur
Escritor argentino, reside en México
marcoswinocur@yahoo.com.mx
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