Marcos Winocur - rodelu.net |
12 de agosto de 2007
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La calavera de Madero, de Posada, artista mexicano
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Los muertos son unos caprichudos
Marcos
Winocur
Es
un hecho. Los muertos se resisten a morir... son unos caprichudos.
Como si fueran chiquitos de guardería y en invierno los mocos verdes les aparecen bajo las narices y ellos se ponen a chillar y patear si alguien se los quita. Los muertos son de una terquedad tal, nada les importa. ¿Han visto acaso un muerto que guarde consideración hacia los otros? No tienen dignidad, no se aceptan y chinga que te chinga, dicen “no”, no hemos desaparecido. Así, imposible discutir. Dan vuelta las cosas. Por ejemplo. Todos recordamos el dicho: “Partir es morir un poco”. Pues bien, ellos dicen: “Morir es partir... un poco”. Y claro, quedarse entre los vivos... otro poco. Es lo que ellos quisieran.
Y entonces, hay que matarlos una y otra vez. Cuando todo es muy sencillo. Electroencefalograma cero, olvídate. Pero no, los muertos dicen: ¿Y la ceremonia, mi carnal? Y allá vamos al velorio, donde el muerto, halagado, resucita: es visitado por todo mundo, la Fulana y su familia, los Zutanos, el marido ha sido nombrado vicecónsul en la Cochinchina, etcétera. Nunca en su vida había sido tan visitado. Claro, es la despedida. Pero los muertos se han convencido que se trata de viaje redondo, a París: me doctoro en la Sorbona y regreso a cultorizarlos, qué caray.
Finalmente, todos al cementerio. Los muertos, que ya se olvidaron del viaje, piensan ahora que se les ha rentado un departamento con todas las comodidades y se inaugura. ¿Se acaban las fantasías delirantes cuando la cremación? No, en ellas el muertito sigue existiendo. No falta la viuda que coloca la urna sobre el piano y, mientras teclea un vals, platica con el muertito como en los buenos tiempos. Mejor: no teme ser contradicha.
El escritor Giorgio Manganelli se ha preocupado por el problema del más allá inmediato, no del rumbo tomado por el cuerpo, que es nuestro tema, tampoco del alma, que es desvelo de las religiones, sino de los muertitos: lejos de desdoblarse en cuerpo y alma, siguen siendo fieles a una identidad unitaria. Y este escritor ha titulado su trabajo como “Discurso sobre la dificultad de comunicarse con los muertos”. Tampoco piense el lector en espiritismo, médiums y demás, solamente que algo pasa. Los muertitos se vuelven sordos y, por más que los llamemos a gritos, no oyen. O bien, donde están hay un estruendo tal, que el resultado es ídem. Tal vez son unos traviesos y se esconden, matándose de risa de las ceremonias donde el protagonista (uno de ellos) está ausente ¡burlándose! Son algunas de las sugerencias de Giorgio Manganelli.
Del electroencefalograma al velorio, del velorio a la icineración, de la icineración al álbum de fotos, los muertitos alegan. No es cierto que protestemos si nos limpian los mocos, tampoco nos encandilan las ceremonias, dicen los muertitos a coro.
Pero un buen día el muertito es olvidado. ¿Mi tatarabuelo, el abuelo de mi abuelo? Ya nadie se acuerda que era dueño de una fábrica de miriñaques. Ahí entonces ocurre la muerte de los muertos. No hay resistencia posible. Por más caprichudos que sean, cae el telón. Serán en todo caso un porcentaje estadístico, sin nombres: a principios del siglo XX, los fabricantes de miriñaques eran el 07,08 % del total de muertitos. Y será todo.
Marcos
Winocur
Escritor argentino, reside en México
marcoswinocur@yahoo.com.mx
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