Marcos Winocur Marcos Winocur - rodelu.net
9 de septiembre de 2007

¿De dónde venimos?
¿Adónde vamos?

Preguntas inútiles, sin dar lugar a respuestas, si se formulan con sentido metafísico, preguntas más que útiles si se formulan con sentido histórico. Al respecto, me gustaría presentar al lector un par de ideas arrancando de un hecho que nos dejó a todos con la boca abierta, la caída de la URSS. Mientras existió, parecía interpretar el pasado de luchas y señalar el camino hacia las victorias del porvenir. No fue así, hoy todavía nos preguntamos sobre las razones del fracaso.
Marcos Winocur

En otros trabajos he contestado: la URSS se vino abajo porque la gente no quería saber nada con el socialismo, en lugar de cooperar prefería competir, no pensaba en el bienestar general sino en la exaltación del individuo, la vida es eso, que gane el mejor. Así, al levantarnos, todos vamos a la olimpíada capitalista de cada día, unos pocos acabarán cantando victoria porque aplastaron a los demás. En suma, hay los ganadores y hay los perdedores. Y punto. Pero este reconocimiento tal vez no sea suficiente en el caso de la caída de la URSS, aun cuando sólo se trate de recoger elementos para una respuesta que se vuelve pregunta: ¿cómo se llegó a ese rechazo generalizado del socialismo soviético? Además, no ocurrió sólo en la URSS sino en todos los modelos marxistas propuestos. Y bien, dar con un nuevo ángulo de razonamiento nos llevará muy lejos, hasta averiguar cuál es la naturaleza misma del hombre.

Ciertamente, sobrevivir ha sido siempre la necesidad número uno. En algún momento, los autores que preconizaban la “lucha por la vida” no fueron bien vistos por los marxistas pues parecía que escamoteaban la lucha de clases. En verdad, la “lucha por la vida” es bien anterior, propia de la biología. Una bacteria, una simple bacteria, da cuenta de ella. Pero la lucha de clases, bien que dominante, no ha podido desplazar a “la lucha por la vida” y ésta, incluso hoy, es su compañera. Agua, alimentos, techo, continúan siendo el reclamo prioritario y permanente de los seres vivos hasta llegar al hombre de hoy, cuando, bajo la hegemonía del capitalismo, la disputa por los mercados cobra toda su importancia: o te comes al competidor o éste te come a ti, es la ley de la selva, se ha dicho más de una vez. Y bien, si se logra sobrevivir, el siguiente paso es gobernar al resto. Vivo testimonio resulta el fenómeno actual de concentración de capitales a través de fusiones, compras y reinversiones. Hay quienes ganan terreno, hay quienes lo pierden, se van perfilando los amos de los mercados. Y sin embargo, la llamada “lucha por la vida” no ha desaparecido, caro paga el perdedor su derrota, es literalmente comido por el ganador mientras el personal de aquél es lanzado al desempleo y a la pobreza de un día al otro.

Así las cosas, cuando nos preguntamos por el hombre, estamos hablando de una especie animal que ha sobrevivido y alcanzado la cima en la evolución conocida… para levantar su templo en Wall Street. ¿Cuándo fue colocado el primer ladrillo? La hipótesis estándar nos habla del primate, conocido por el nombre de mono. Nos antecede en la escala como poblador de las alturas. Hubo de ampliar su radio de acción porque el alimento comenzaba a escasear en los árboles y había que buscarlo también en el suelo. Pero el nuevo escenario lo dejaba expuesto a los peligros propios de los bosques, con enemigos como las fieras y las serpientes.

De poco le servía la cola a este primate en evolución y la fue perdiendo, heredarla hubiera sido un problema para nuestra especie, que inventó el vestirse para derrotar al frío. Cuánto más útiles resultaron las extremidades superiores, notoriamente las manos, que debió liberarlas ante todo por necesidad de defensa, utilizando un palo como arma natural y más tarde fabricando la lanza. Así, las manos dejaron a los pies la función de desplazarse, y fueron factor en lograr la posición erecta del cuerpo. Estamos ante el hombre cazador y recolector, caminante infatigable. Él no lo sabe, sueña que sus pasos van dirigidos a un área rica en frutos y presas de caza, cuando en realidad sus pasos lo llevarán mucho más lejos, a edificar el templo de Wall Street. Ha quedado atrás nuestro antecesor, el primate. Pero ¿cuánto atrás?

Hay quienes ven en esto el adiós a la condición animal, una ruptura en la cadena evolutiva. Otros piensan que esa ruptura, ese salto de la inteligencia, ocurre cuando el hombre adquiere la potestad sobre el fuego, o arranca con el lenguaje articulado, o bien hay quienes sostienen que debe esperarse a la revolución industrial para dar el adiós a la condición animal. En fin, una serie de factores dentro del proceso de humanización, para el placer de Darwin. Precisamente: a pesar de los cambios que se dan cita en la anatomía del hombre, y de la interacción entre éstos, como ocurre entre el cerebro y la mano que maneja la lanza y primitivas herramientas, a pesar de todo eso, seguíamos siendo una especie animal. La ruptura resulta enorme, es inútil ignorarlo, mas no por ello la continuidad desaparece.

Veamos ejemplos de la vida cotidiana. Un animal posee veneno mortal y lo inyecta a su víctima ¿es una serpiente que lo fabrica en su cuerpo o es el hombre quien lo fabrica en el laboratorio? Una madre defiende a sus hijos pequeños ¿es una leona o una mujer? Un animal teje su tela como trampa, otro arma su trampa con ramas al paso de sus presas ¿es el hombre o un insecto? Dos machos se disputan a las hembras, las armas salen a relucir, llámense cuernos o cuchillo. Un líder es seguido por sus semejantes ¿los gorilas o los hombres? Una pareja de delfines en cautiverio es separada, ella se arroja contra las paredes de la pileta hasta darse la muerte ¿es la Julieta de Romeo? En una palabra, la estructura familiar y los sentimientos no son creación del hombre sino que vienen de muy lejos, hacen parte de la continuidad, herencia recibida desde la condición animal, desde la fidelidad a la especie. No hemos inventado la familia y sus lazos protectores, la hemos incorporado como modelo adaptado al proceso de humanización. La familia, al hacerse monogámica, es convocada por la paridad en el número de nacimientos de hombres y mujeres.

Y dejando lo cotidiano para tomar un aspecto social, las sociedades de insectos, sean las formadas por abejas, hormigas, o termitas, pobladoras de viviendas colectivas. Dicho sea de paso, el panal de las abejas resulta una alta lección de ingeniería. Cada una de las celdillas de que está compuesto es un hexágono regular, lo que permite una resistencia óptima y un aprovechamiento del espacio del cien por ciento.

Y vamos a la organización social al seno de las abejas, hormigas, termitas, no menos asombrosa: se rige por la división del trabajo. Una reina madre (y los zánganos) se ocupa de la reproducción, hay soldados y obreros, unos preparados para construir, los otros para destruir (al enemigo invasor). Por ahí hemos pasado. El hombre descubrió que más rendía el trabajo si en lugar de “todos hacemos de todo” se implementaba la especialización: cada uno hace de lo que mejor sabe. Así, decía, por ahí pasamos nosotros y con algo nos quedamos: la división del trabajo, articulada de diferentes maneras, que sigue vigente. ¿No lo cree? Vaya a consultar al neurólogo sobre una gripe, y lo verá. O vaya a reclamarle al maestro albañil pues no instaló el tendido eléctrico en la casa en construcción, y verá. En dos palabras, hemos cambiado en un aspecto y en otro no. ¿En cuál sí? Casi nada, hemos inventado las sociedades de clases regidas por la explotación de los más por los menos y, a la vez, hemos conservado la división del trabajo como mecanismo de funcionamiento de aquéllas. Correlativamente, dos disciplinas han hecho boom en estos años. La Etología y la Psicología Social, cada una desde su óptica, nos muestran cómo el animal es más humano de lo que se creía y cómo el humano es más animal de lo que se creía. La continuidad, sí, tiene la palabra.

Y bien, no nos avergoncemos si en el rechazo generalizado del socialismo ha primado la continuidad sobre la ruptura. Las dos están vivas, las dos se cobran victorias, la una sobre la otra. El socialismo, o la marcha hacia éste, nunca fueron ni medianamente logrados, se cometieron serios errores. Pero eran corregibles a condición de que yo tendiera la mano a mi vecino. Eso no sucedió, el hombre recurre a la solidaridad cuando se ve en situación personal de peligro. No sucedió y quizá ya no suceda, y los inevitables procesos donde será reivindicado el instinto gregario, se darán entonces por otras vías. La revolución tecnológica ha demostrado mayor vitalidad que la revolución social. De todos modos, la clase obrera hoy por hoy no está para barricadas ni para la dictadura del proletariado, sino para el desempleo y la dictadura de las computadoras.

De todos modos, cada quien hace lo suyo. El hombre se presenta con su heredada condición animal, la sociedad dicta nuevas normas de conducta que restringen aquélla. No matarás, está escrito en las tablas de Moisés. La sociedad se encuentra interesada en saber a quiénes; no matarás a los miembros de tu familia, de tu tribu, de tu pueblo. Pero si estás en guerra, al contrario, matarás. También en defensa propia cuando tu vida esté en juego, incluso si el agresor es miembro de tu familia, de tu tribu o de tu pueblo. De modo que la sociedad, de época en época, reglamenta la condición animal heredada, algunas veces prolonga un modelo ya vigente, otras lo reinventa.

Y bien, este hombre de la continuidad y de la ruptura dijo no al socialismo, y lo seguirá haciendo mientras la horda primitiva no cambie de rumbo y siga dirigiendo sus pasos al templo de Wall Street. Algo deberá encontrar en camino, algo que corrija su rumbo. Durante años muchos creímos que serían los partidos comunistas, pero no, no lo fueron. Y aquí estamos, armados de poderosos binoculares, mirando hacia delante. Enfocamos y de momento aparecen en el camino visiones borrosas, entre ellas se alcanza a divisar la de Wall Street. ¿De dónde venimos, adónde vamos? De la evolución venimos, a la evolución vamos. ¿La evolución? Sí, esa diosa cruel que se complace en el errar de la humanidad para tocarle a ella rectificar el rumbo.


Marcos Winocur
Escritor argentino, reside en México
marcoswinocur@yahoo.com.mx
 
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